Un articulista deja la Iglesia católica y abraza la ortodoxa
Eduardo García Serrano, articulista y una de las firmas más reconocibles del periodismo conservador español, ha anunciado que se da de baja de la Iglesia católica y que se pasa a la ortodoxa. El motivo que él mismo esgrime es la «traición» de la Conferencia Episcopal y del Vaticano a lo que considera el núcleo de la fe. La decisión ha caído como una piedra en un charco que llevaba tiempo revuelto: el del desgaste de la Iglesia católica española entre buena parte de su propio electorado natural.
No es un caso aislado ni una rabieta de verano. Es la punta de un malestar que lleva años cociéndose en voz baja y que ahora encuentra altavoz. La pregunta ya no es si García Serrano tiene razón, sino cuántos piensan como él y no lo dicen.
Quién es Eduardo García Serrano y por qué se va
García Serrano es hijo de
Serrano Suñer, el cuñadísimo de Franco y ministro de Exteriores, y trabajó toda su vida en una emisora de radio hoy desaparecida que fue de su padre. Es decir: no es un recién llegado a la cosa pública. Su biografía es la de alguien criado en el corazón del establishment del 18 de julio y que, con los años, ha ido girando hacia posiciones cada vez más críticas con lo que considera la degeneración del sistema del 78.
Su argumento es sencillo y tiene siglos de historia detrás. Sostiene que los ortodoxos son
católicos al 100%, que comparten dogma y sacramentos con Roma, y que la ruptura no fue una herejía sino una cuestión de poder: el papado quiso centralizar y los patriarcados orientales no se plegaron. El Gran Cisma, recuerdan quienes siguen el asunto, se fecha en el
siglo XI. Detalle curioso para legos: en la ortodoxia los sacerdotes —no los monjes— pueden estar casados.
El Valle de los Caídos y la gota que colma el vaso
Hay un detonante concreto que muchos señalan: la gestión del Valle de los Caídos. La idea que circula es que el conjunto nunca se diseñó como tumba de Franco, y que aprovechar la enfermedad del papa para cerrar el asunto fue una jugada calculada. La exhumación y el destino del complejo han sido durante años un símbolo de la batalla cultural española, y para una parte del electorado conservador representan la prueba de que la Iglesia institucional ha dejado de defender su propio terreno.
El malestar no es solo con el Valle. Es con la Conferencia Episcopal, a la que se acusa de funcionar como una
sacacuartos y de alinearse con el poder político de turno. La crítica va más allá de lo religioso: toca la financiación, la gestión patrimonial y la complicidad con lo que se percibe como un proyecto de demolición de la España heredada.
La ortodoxia como refugio: qué implica el cambio
Pasar de la Iglesia católica a la ortodoxa no es un trámite administrativo. Implica elegir patriarcado —griego, ruso, rumano, búlgaro, constantinopolitano— y aceptar una estructura descentralizada donde cada iglesia nacional manda en su territorio. Para quien viene del catolicismo romano, el atractivo es evidente: menos burocracia vaticana, más tradición y, sobre todo, un marco donde la autoridad no se concentra en una sola persona.
La discusión sobre los detalles técnicos ha sido intensa. Se ha aclarado que a los laicos no se les rebautiza, solo se les crisma, y que la abjuración pública se reserva a los sacerdotes que cambian de credo. También se ha recordado que la existencia de diaconisas está documentada en los Hechos de los Apóstoles y que su restauración se estudia incluso en Roma. Son matices que separan el gesto simbólico de la realidad canónica.
Las críticas: «salirse de una para meterse en otra»
No todos ven en la decisión un acto de coherencia. Una parte del análisis sostiene que las instituciones religiosas están podridas al 100% y que cambiar de una a otra no resuelve nada. Otra corriente señala que se trata de un calentón, un cabreo legítimo con la Iglesia actual que no debería confundirse con una conversión profunda. Y hay quien lo lee como una pose: el gesto de alguien con tiempo libre y rentas suficientes para dedicarse a estos debates.
La acusación más repetida es la de coherencia ideológica. Se recuerda que García Serrano ha sido señalado como falangista y que en su día criticó a dirigentes que luego votó. La política española está llena de estos giros, y la
religión no escapa a ellos. Para sus críticos, el cambio de iglesia es menos una búsqueda espiritual que un posicionamiento en la guerra cultural.
El trasfondo: una Iglesia católica española en crisis
Más allá del caso concreto, el episodio refleja una fractura real. La Iglesia católica española ha perdido peso social, financiero y político en las últimas décadas, y su jerarquía se percibe cada vez más alejada de la base. La Conferencia Episcopal, con sus pronunciamientos sobre migración y su gestión patrimonial, se ha convertido en blanco de críticas tanto desde la izquierda como desde la derecha más dura.
La paradoja es que el descontento no genera alternativas organizadas. Se habla de crear iglesias nacionales, de romper con Roma, de recuperar propiedades, pero nadie da el paso. El gesto individual de García Serrano es, por ahora, eso: individual. Y ahí está la clave de si esto es una anécdota o el principio de algo más grande.
Queda por ver si el anuncio se queda en un titular de temporada o si arrastra a otros. La ortodoxia española es minoritaria y dispersa, y no tiene infraestructura para absorber conversiones masivas. Pero el malestar está ahí, y los que se van rara vez vuelven. La predicción, con todas las reservas del mundo: esto no cambia la correlación de fuerzas, pero sí añade una grieta más al relato de una Iglesia que ya no puede dar por sentada la fidelidad de los suyos.