¿Qué dejamos de comprar por ética y qué conseguimos con ello?
Hay una pregunta que muchos compradores se hacen en silencio: si dejo de comprar X, ¿sirve de algo? La respuesta que da la experiencia es incómoda. Cada persona tiene su lista negra, y casi ninguna coincide con la del vecino. Unos evitan ropa fabricada en Bangladesh tras el incendio que mató a más de mil personas en una fábrica textil, otros no pisan Mango por las declaraciones de su fundador sobre los funcionarios, y hay quien ha dejado de entrar en Zara por la calidad de sus prendas y por lo de Bangladesh. La suma de todos esos vetos no ha tumbado ninguna cuenta de resultados, pero dibuja un mapa bastante preciso de las prioridades morales de una clase media española que ya no se cree el relato de la responsabilidad corporativa.
El consumo responsable, en la práctica, se parece menos a un movimiento organizado y más a una colección de manías personales con coartada ética. Y eso, lejos de restarle valor, lo convierte en un termómetro bastante fiable de lo que le molesta a la gente.
Del incendio de Bangladesh al cuero: la ropa como campo de batalla
El detonante más repetido es el textil. El incendio en una fábrica de Bangladesh que causó más de mil muertos marcó un antes y un después para muchos compradores, que empezaron a mirar la etiqueta de origen antes que el precio. La reacción de las grandes cadenas —Inditex, El Corte Inglés y Mango se comprometieron a aportar hasta medio millón de dólares para seguridad en el país— no bastó para recomponer la confianza. Hay quien directamente ha dejado de comprar ropa: revisar el país de fabricación le ha quitado las ganas.
El criterio no es uniforme. Algunos consideran admisible el producto de Turquía, Marruecos o incluso China, pero rechazan de plano los países sin derechos laborales efectivos. Otros extienden el veto al calzado: no compran zapatos fabricados en China porque consideran que España tiene tradición de buen calzado a precio razonable y no tiene sentido financiar plástico importado. La lista de vetos textiles se completa con nombres propios: Mango, Zara y Adolfo Domínguez aparecen por motivos que van de lo laboral a lo personal.
Atún, foie y carne: la ética entra en la nevera
La
alimentación concentra los vetos más viscerales. El atún en lata es uno de los productos más señalados: se argumenta que casi todo se pesca en el Índico con artes de arrastre que han esquilmado la pesca en Somalia, y que la inestabilidad del país ha convertido sus costas en vertedero de residuos tóxicos. El reportaje
Toxic Somalia, emitido en La Noche Temática, se cita como prueba de las malformaciones que sufren los habitantes de la zona. El veto, en este caso, mezcla ética y salud propia.
El foie y el atún rojo aparecen entre los productos que se evitan aunque gusten. También la carne halal, los transgénicos —con el maíz como único cultivo autorizado en España— y los huevos de gallinas enjauladas, aunque aquí la relajación es visible: hay quien reconoce que desde que las normas obligan a dar más espacio a las gallinas, compra con menos remordimiento. La leche gallega, la fruta de temporada y el aceite de oliva marroquí completan una lista de preferencias y rechazos que dice tanto de la despensa como de la política.
Multinacionales, banca y energía: el boicot de bolsillo
El rechazo a las grandes corporaciones es el hilo conductor más estable. Coca-Cola y Pepsi aparecen repetidamente, en algunos casos por solidaridad con los trabajadores despedidos tras los ERE, en otros por motivos personales que no se molestan en justificar. Nestlé arrastra el estigma de su política de privatización del agua. Bankia se lleva el veto por las preferentes, Rato y Blesa; hay quien cerró sus cuentas y reconoce que no le pusieron ninguna pega. Telefónica, Orange y el BBVA completan la lista de entidades financieras y telecos con clientes que se han ido por decisiones concretas.
El cálculo que subyace a muchos de estos vetos es simple: si el margen de beneficio supera el 100%, el producto no merece la pena. Apple, Samsung de gama alta y los smartphones en general entran en esa categoría para algunos, que además alargan la vida de sus dispositivos —hay quien lleva casi seis años con el mismo móvil— para no financiar la extracción de minerales en zonas en conflicto. La ropa de marca y los artículos tecnológicos comprados a crédito para aparentar se llevan una buena ración de desprecio.
El veto ideológico: productos catalanes, israelíes y alemanes
Hay vetos que responden a posicionamientos políticos explícitos. Los productos catalanes se evitan, según se argumenta, porque comprarlos genera riqueza en un territorio cuyos líderes llaman ladrones a los compradores. Los productos israelíes se rechazan por solidaridad con la causa palestina, aunque se reconoce que es difícil llevarlo a la práctica. Los alemanes —coches, electrodomésticos— han perdido clientes fieles que durante años compraron AEG, Liebherr y Miele y que ahora optan por reparar o sustituir por marcas no germanas.
El boicot también alcanza a medios y creadores. Hay quien no consume productos audiovisuales de autores vinculados a la SGAE, ni cine español subvencionado, ni prensa, ni tertulias. La lista de vetos culturales es tan larga como la de productos de consumo, y en ambos casos el criterio es el mismo: no financiar a quien no respeta al que paga.
Lo que el boicot no logra: la paradoja del consumidor aislado
El problema de fondo es que ningún veto individual mueve una cuenta de resultados. Los propios participantes lo admiten: una conducta personal no sirve para nada. La coordinación es imposible cuando cada uno tiene su propia lista de prioridades. Hay quien propone que los consumidores de un producto se asocien para encargar una fabricación alternativa, pero la idea se queda en el aire. La fuerza del consumidor es la más potente del mercado, se argumenta, pero no hay acuerdo sobre hacia dónde empujar.
Mientras tanto, el consumo selectivo sigue funcionando como una declaración de intenciones más que como una estrategia. Se evita la ropa de Bangladesh, el atún del Índico, la Coca-Cola, el banco rescatado y el móvil de gama alta. El mercado no tiembla. El comprador, en cambio, duerme mejor.