La matanza de los inocentes, un clásico del mal gusto y del mercado
La historia del arte no es un refugio para espíritus sensibles. Entre vírgenes y santos, las iglesias y museos cuelgan escenas de infanticidio con la naturalidad de quien muestra un bodegón. La matanza de los inocentes, ese episodio del Nuevo Testamento tan violento que la liturgia moderna prefiere mencionar de pasada, fue durante siglos un encargo habitual. Y hoy, además, un negocio redondo.
De Giotto a Rubens, pasando por Tintoretto, Poussin o Duccio, cada época le dio su vuelta al encargo. Pero la versión más cara hasta la fecha llegó en 2002: la de Rubens, vendida en Sotheby's por 49,5 millones de libras. Nada mal para un cuadro que muestra soldados degollando bebés mientras las madres forcejean inútilmente. El horror como activo financiero.
El poder mira desde la torre
Giotto, en la capilla de los Scrovegni, colocó a Herodes en lo alto, como un mirón de lujo mientras otros se manchan las manos. Esa imagen del poder que observa sin participar se repite en casi todas las versiones. En la de Duccio, Herodes y sus consejeros parecen una junta directiva aprobando despidos: el mismo esquema de siempre, solo que con menos presupuesto.
Hay quien sostiene que estas obras son una crítica implacable al poder; otros creen que son simple espectáculo. Lo cierto es que los artistas sabían vender el producto: violencia estilizada, mártires reconocibles, verdugos ampulosos. El manierismo de Tintoretto, según se mire, es perfecto para vender miedo con clase.
Cine y censura, antes de que existieran
Lo curioso es que algunos detalles de estos cuadros parecen sacados de un telediario moderno. En la versión de Cornelis van Haarlem, los soldados aparecen desnudos, pero un mechón de pelo tapa supuestamente las partes del cuerpo que no se debían mostrar. Ya en 1590, el pudor se aplicaba con criterio selectivo: la decencia sexual importaba más que la matanza. Una lógica que, siglos después, sigue vigente en los medios que pixelan una teta y emiten bombardeos en prime time.
El perro que huele la carroña
Rubens, en su versión de Múnich, introduce un detalle que no suele mencionarse en las guías: un perro negro olfateando cadáveres. Ese realismo sucio separa al gran pintor del simple efectismo. El artista sabía que después de la matanza llegan los buitres, ya sean perros o banqueros. Y la madre que muerde la espada del verdugo resume la desesperación llevada al absurdo: morder el acero, imposible, pero no queda otra.
Conclusión incómoda
La pregunta incómoda es por qué estas imágenes siguen fascinando. Si el mercado del arte sigue embelleciendo la matanza, no será extraño ver en una próxima década una versión digital por nueve cifras. Pero, como en los cuadros, los ángeles siempre acaban sonriendo desde el cielo mientras en la tierra el perro olfatea.