Una ley contra el porno reabre el pulso por el anonimato en internet
No hay promesa electoral más barata que proteger a la infancia, y el Gobierno acaba de sacar la chequera. Pedro Sánchez ha anunciado que el Ejecutivo aprobará una ley para blindar a los menores del porno en internet y ha puesto el diagnóstico sobre la mesa: una «auténtica epidemia de menores que tienen acceso a contenidos pornográficos». El problema no admite discusión. La herramienta sí. Porque en cuanto alguien pregunta cómo se aplica esa ley,
el asunto deja de ir de niños y pasa a ir de quién está al otro lado del cable.
Qué ha anunciado el Gobierno
El anuncio llega sin texto legal publicado: hay compromiso, hay titular y hay advertencia, pero no hay mecanismo conocido. Sobre el papel, la norma busca cortar el acceso de los menores a un contenido que hoy está a un clic de distancia y que se consume sin fricción alguna. En la práctica, el cómo sigue en blanco.
De ahí que las lecturas se bifurquen. Una es la literal: alguien pone por fin un muro a algo que preocupa a cualquier padre. La otra, muy repetida en el debate, sospecha que la infancia es el argumento con el que se vende lo que en realidad se quiere hacer. Y lo que se quiere hacer, sostiene esta segunda lectura, es
meterle mano al anonimato en la red.
¿Cómo se verificaría la edad para ver porno?
Con documento de identidad o con tarjeta de crédito. Es la horquilla que se maneja cuando se habla de verificación de edad, y ninguna de las dos opciones es inocua. Un carné en una web de contenido adulto es un carné en un sitio que puede filtrarse; una tarjeta de crédito deja rastro de pago. Ninguna de las dos verifica nada si el chaval coge el móvil de su padre.
Circula además la hipótesis de que la vía real pasa por las operadoras de internet, obligadas a bloquear determinadas páginas salvo que el cliente instale una aplicación de control de acceso. Ese diseño choca con un detalle elemental:
el usuario mínimamente espabilado salta el muro con un navegador de VPN integrada, y existen alternativas de código abierto que no pasan por caja. Poner puertas al campo funciona hasta que el campo se reduce a un solar rodeado de puertas. Ese es, en esencia, el aviso que se repite: nadie sabe cuánto de lo que hoy es gratis y accesible quedará intocable mañana.
¿Protección del menor o control de la red?
Aquí está el eje real del asunto. Filtrar el porno a los menores es una cosa; exigir identificación para todo internet es otra, y las dos viajan en el mismo paquete. La sospecha de que se use una causa legítima para avanzar hacia un control general no es nueva: se apunta a normas previas pensadas para regular el contenido que se genera en redes y plataformas, aplicadas pasito a pasito, como pequeños cierres de un mismo grifo.
El argumento contrario tiene su propia lógica: durante años se dijo que no se podían poner puertas al campo, y las puertas se han ido poniendo una tras otra hasta dejar el campo bastante más pequeño. Quien defiende la medida responde con lo de siempre: si no haces nada, el problema crece. Quien desconfía responde con otra pregunta incómoda: por qué ahora, por qué así y por qué con la excusa más fácil de vender.
La otra mitad: el porno que sí hace daño
Sería un error despachar todo esto como pura censura. Hay quien describe el consumo compulsivo de pornografía en términos muy duros: no como un vicio menor, sino como algo que
reconfigura el circuito del placer y exige dosis cada vez más extremas para producir el mismo efecto. La adicción, la desensibilización y el desplome de la atención son el vocabulario que se repite.
Enfrente está la tesis de que nada de eso se ha demostrado. Se recuerda que el acceso masivo, gratuito y sin registro existe desde hace más de dos décadas con tarifa plana, que una generación entera creció con ello y que las predicciones apocalípticas siguen sin cumplirse. La pornografía, se dice, es como el vino: cuestión de cantidad y de calidad, no de prohibición. Y mientras se debate esto, en cualquier centro comercial se venden dispositivos de estimulación sexual para adultos que nadie pretende retirar del escaparate.
La doble vara: educación sexual, series y gore
Hay un dato de contexto que se repite y que descoloca: en el mismo sistema educativo donde, según sostienen varios participantes, se imparte educación sexual desde edades tempranas se quiere ahora blindar al menor del porno. O se le enseña o se le protege, pero sostener las dos cosas a la vez exige una coherencia argumental que nadie ha puesto encima de la mesa.
A eso se suma que el porno no es el único contenido duro que está a un clic. El gore o los vídeos de extrema violencia son igual de accesibles y no han generado ninguna ley, probablemente porque el abuelo medio no sabe que existen y el porno sí. Y luego está el catálogo de plataformas: ficciones con contenido sexual explícito, realities, series que, según se señala en el hilo, se financian con dinero público. Si el criterio es proteger la psique del menor, el filtro tendría que empezar antes.
Los dos bandos van a seguir sin ceder. La ley saldrá probablemente con verificación de edad, con algún bloqueo por operadora y con el voto del miedo a cuestas. Y lo más probable, a juzgar por cómo se ha movido siempre este terreno, es que el menor que hoy entra a una web acabe aprendiendo en dos tardes a instalar un navegador con VPN integrada.
La epidemia seguirá igual y el rastro digital del adulto, un poco más cerca. Habrá entonces que inventarse la siguiente lacra.