Solo el 6,2% se declara libre en España
«Creo que vivimos peor que una dictadura». Con ese diagnóstico arranca una discusión que se ha prolongado casi tres años y que acabó cuajando en un sondeo abierto, sin filtros ni control de participantes:
256 respuestas (93,8%) negativas frente a
17 afirmativas (6,2%). El desequilibrio es tan grande que la pregunta deja de ser retórica. La queja dominante no es la de una tiranía con tanques, sino la de un goteo constante:
normas, obligaciones y papeleo comiéndose el terreno día a día.
¿Qué libertad falta en España? Las quejas que más se repiten
Primero, el bolsillo. Un contribuyente lo resume con una cifra: el Estado «me roba más de la mitad de lo que gano». Otro pone precio al símbolo del día a día:
12 euros por un desayuno procesado en un hotel para ilustrar que pagar no equivale a vivir mejor. Y una tercera veta, más técnica, apunta a la inseguridad jurídica: según un cálculo que circula, en España se puede ser multado «media docena de veces al día por cualquier cosa» y resulta más previsible pactar con un narcotraficante que recibir una subvención, porque el boletín oficial rectifica después y la indefensión la acaba pagando el administrado.
El reparto entre quien paga y quien cobra del presupuesto
Una línea vertebra buena parte del enfado: el reparto entre sector privado y sector público. Se sostiene que quien trabaja y tributa —
los remeros, en la jerga— mantiene a una capa de empleo público y pensiones a la que se atribuye vivir «a todo tren». La cifra que se repite es que hay quien percibe
entre 2.000 y 3.000 euros al mes sin trabajar. Es un número lanzado al aire, sin fuente ni desglose, y que mete en el mismo saco la pensión contributiva de quien cotizó cuarenta años y el estereotipo del vividor. La etiqueta se aplica en bloque. Ahí el análisis pierde toda la finura.
¿Se está peor en España que en el resto de Europa?
No todos compran el relato. Una corriente defiende justo lo contrario: «cualquier Paco con casa pagada y ahorros es mucho más libre en España que en cualquier punto de Europa». El argumento es que fuera los mecanismos de nivelación social son más perversos y que la igualdad se logra limitando las opciones del individuo. Se pone un ejemplo concreto: por encima de cierto nivel de renta anual no se tendría derecho ni a una plaza de parking pagada, ni a levantar un techo sobre el coche, ni a comprar un terreno. Lo firma alguien que emigró, sigue pagando impuestos fuera y admite que el asunto daría para una tesis doctoral. La réplica llega rápido: compararse con el continente no absuelve nada.
China, Corea del Norte y el juego de las comparaciones
Otra línea, minoritaria y discutida, lleva la comparación al extremo: que en China hay «más libertad que en España, al menos en el día a día». Es una afirmación difícil de sostener y que el resto de la conversación no respalda con un solo dato. Lo mismo ocurre con el recurso a los regímenes cerrados, empleados aquí como espejo irónico más que como término de comparación serio.
El miedo a hablar y a la denuncia
Aparece también el temor a expresarse. Hay quien sostiene que no se es libre «ni para decir lo que pensamos» y que antes se podía hablar sin filtros. Junto a eso, una parte de la conversación pone el foco en la legislación de igualdad y en el miedo a que una acusación sin pruebas arruine a alguien de por vida. No es un dato verificable. Es una percepción que se repite y que, repetida, acaba pesando tanto como un hecho.
¿Por qué se repite la nostalgia de la etapa anterior a 2020?
Buena parte del descontento mira atrás. Hay quien afirma que «antes del 2020 había mucha más libertad» y describe una adolescencia de quedadas espontáneas y meriendas compartidas que hoy no podría repetirse. Otro recuerda haber crecido «haciendo lo que queríamos» y da por hecho que eso «ya no volverá a ser más». La evocación tiene algo de mito dorado, pero funciona como vara de medir: el presente siempre pierde frente a una memoria sin normas.
Vacunas, televisión y malestar difuso
No todo el descontento tiene forma de ley. También cuela el rechazo a la televisión como fábrica de relato, el deseo de apagar el ruido y vivir al margen —
la mayor libertad es no ver la tele— o cifras sueltas sobre porcentajes de vacunación que se sueltan sin contexto. Una parte del malestar se proyecta además sobre la inmigración, con cifras redondas sin respaldo y sin distinguir situaciones. Es el tramo donde menos datos circulan y más etiquetas se reparten.
El marcador que no se mueve
Al reabrirse el recuento, el marcador no mejoró:
20 frente a 264. Casi tres años de discusión y el porcentaje apenas se ha movido. Ese es el dato incómodo. No es el cabreo de un día.