Getxo descubre la inseguridad
¿Qué pasa cuando un municipio burgués del Gran Bilbao empieza a mirar por encima del hombro al salir de casa? Getxo ha visto cómo una preocupación que parecía cosa de barrios obreros se cuela en sus calles. La alarma la enciende una noticia:
«creciente preocupación de algunas familias por la inseguridad en el municipio», con una frase que resume el malestar: «Mamá, por favor, me quiero ir de Algorta». No es un titular de suceso, es el termómetro de un cambio social que muchos vecinos llevaban tiempo intuyendo.
El dato que lo respalda no es una impresión. La Policía Local de Getxo ha comparecido en comisión para actualizar las cifras de delincuencia. El jefe del cuerpo, Tomás Santín, desgranó una tasa de
49,53 delitos por cada 1.000 habitantes, un registro que, sumando las denuncias de la Ertzaintza,
triplica los delitos respecto a ejercicios anteriores, aunque baja ligeramente frente a 2023. La seguridad se ha convertido en el asunto que más preocupa en un municipio donde hasta ahora el debate público giraba en torno al aparcamiento o al precio del metro cuadrado.
¿Por qué un municipio rico nota la inseguridad más que otros?
La respuesta tiene que ver con la costumbre. Getxo, y en particular la zona de Neguri-Las Arenas, ha vivido durante décadas en una burbuja de tranquilidad. No ha tenido inseguridad de ningún tipo, y ahora cualquier incidente se percibe como una anomalía intolerable. Hay quien sostiene que esa percepción es precisamente el problema:
no es que Getxo sea peligroso, es que nunca lo fue, y el contraste con la realidad de otros barrios del Gran Bilbao hace que la alarma suene más fuerte.
El perfil demográfico del municipio agrava la sensación. Getxo es, en palabras de varios análisis, un
geriátrico al aire libre: la mayoría de familias con patrimonio de varias generaciones se marcharon a Madrid cuando los grandes negocios bilbaínos se deslocalizaron. Lo que queda son los abuelos paseando por Ereaga y tomando el vermú en el club náutico. De 50 años para abajo, muchos están fuera del País Vasco. Una población envejecida percibe el cambio social con más intensidad y tiene menos herramientas para adaptarse a él.
El relato del miedo: de la taberna al portal
La conversación sobre inseguridad no es nueva en Vizcaya, pero sí lo es en Getxo. Hay quien recuerda cómo, en otras localidades, el fenómeno empezó con incidentes aislados y acabó transformando la vida nocturna. Un hostelero relata que tuvo que cerrar su taberna en Vitoria tras varios intentos de atraco, uno de ellos con navaja, y que la situación se deterioró a partir de 2019. Es un testimonio, no una estadística, pero ilustra el clima que algunos asocian al cambio demográfico y social de la comunidad autónoma.
El debate, sin embargo, no es homogéneo. Frente a quienes vinculan la inseguridad con la inmigración, otros análisis señalan que el fenómeno es más complejo:
la desigualdad, el envejecimiento y la falta de relevo generacional explican mejor por qué ciertos barrios se vacían de noche y se llenan de actividades marginales. La inseguridad, en este marco, sería un síntoma, no una causa.
La política local, en el punto de mira
La gestión municipal también está sobre la mesa. La alcaldesa de Getxo,
nieta de un lehendakari en el exilio, ha visto cómo su bagaje familiar se convierte en argumento recurrente en las críticas. Hay quien sostiene que el municipio ha perdido parte de su esplendor en pocos años y que la corrupción local está fuera de control. Son acusaciones que circulan sin sentencia firme y que conviene tratar con cautela, pero que reflejan un descontento latente.
El mapa político de Getxo, tradicionalmente feudo del PNV, se ha fragmentado. El voto a Bildu ha crecido, y algunos análisis lo atribuyen al desencanto de una población que ya no se reconoce en el relato oficial. La seguridad, en este contexto, se convierte en un tema electoral de primer orden.
¿Qué se puede hacer?
Las respuestas que circulan son dispares. Desde quienes piden más presencia policial y mano dura, hasta quienes defienden políticas de integración y refuerzo de los servicios sociales. La comparación con otras ciudades europeas que han vivido procesos similares sugiere que no hay soluciones rápidas: la inseguridad percibida suele requerir años de intervención coordinada entre administraciones.
Mientras tanto, Getxo sigue siendo un municipio con una de las rentas más altas de Vizcaya. Y eso, paradójicamente, es lo que hace más llamativo que sus vecinos empiecen a plantearse si merece la pena pagar ese precio por vivir allí.
Al final, la pregunta no es si Getxo es peligroso, sino si sus habitantes están dispuestos a asumir que el paraíso también tiene grietas. Y eso, en un municipio donde el mayor problema era elegir terraza, es toda una revolución.