Nieve en San Isidro el 16 de abril: cuando el termómetro no cuadra con el relato
El 16 de abril de 2025, la estación de esquí de San Isidro amaneció con nieve. No es un fenómeno inédito —en abril de 2022 nevó en Madrid capital y en los alrededores—, pero sirvió para reabrir una discusión que lleva años enquistada: ¿cómo se compagina un episodio de frío tardío con el aumento documentado de las temperaturas medias? La respuesta corta es que una cosa no invalida la otra. La respuesta larga es la que se pelea en cada conversación sobre el clima.
En el fondo del asunto late una pregunta más incómoda: si las proyecciones que se hacían a finales de los noventa auguraban para España un clima tipo Córdoba, ¿por qué seguimos viendo nevadas en primavera? La respuesta que dan los datos es que el clima es una media de treinta años, no un día concreto. Pero eso no consuela a quien mira por la ventana y ve caer nieve en manga corta.
El episodio de San Isidro y la memoria selectiva
La estación de esquí de San Isidro, en la cordillera Cantábrica, registró nieve el 16 de abril. No es la primera vez que ocurre: hay quien recuerda que hace más de treinta años nevó en abril en el interior de Alicante, y quien cruza la península en coche a principios de junio y se encuentra con nevadas en Pancorbo, zonas altas del País Vasco, La Rioja y Burgos. La memoria del clima es frágil: recordamos lo que nos sorprende, no lo que se repite.
Lo que sí es cierto es que la primavera de 2025 está siendo fresca en buena parte del sur. Hay quien relata viajes por la zona montañosa de Granada con nevadas que no llegaron a cuajar, a cero grados. Y quien, desde Sevilla, apunta que este año aún no ha sacado los polos de manga corta. Son experiencias locales, no series climáticas, pero alimentan la sensación de que algo no encaja.
¿Por qué nieva en abril si el planeta se calienta?
La respuesta técnica es que el calentamiento global se mide en medias de décadas, no en episodios puntuales. Un día de nieve en abril no contradice una tendencia de fondo, del mismo modo que un día de calor en enero no la confirma. Pero esa explicación, repetida hasta la saciedad, no termina de calar.
El problema es que las proyecciones que se hacían a finales de los noventa —un clima tipo Córdoba para toda España— no se han cumplido en los plazos que se anunciaban. Eso genera un descrédito que luego se extiende a todo el campo de la climatología. Hay quien sostiene que los modelos fallan porque son modelos, y quien responde que la incertidumbre es inherente a la ciencia del clima y no la invalida.
La batalla de los datos: gráficas, series y cherry picking
En la discusión se cruzan gráficas de temperaturas medias, máximas y mínimas, con escalas que van de diez en diez grados. Quien las presenta sostiene que la subida es evidente; quien las recibe responde que la escala exagera la tendencia y que no se explican los cálculos. Es el clásico problema de la visualización de datos: una gráfica mal hecha puede convencer a quien ya está convencido y enervar a quien no lo está.
El debate sobre la temperatura media global es especialmente enconado. Hay quien argumenta que el concepto mismo es indefinido y que no se puede calcular; hay quien responde que existen series homogéneas y que la subida superior a grado y medio en España es un hecho documentado. La discusión se enreda cuando se mezclan temperaturas máximas —que son meteorología— con medias climáticas.
El papel de AEMET y la desconfianza institucional
La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) aparece en la conversación como ejemplo de institución que ha perdido credibilidad para una parte del público. Se le reprocha que sus mapas de colores rojos no concuerden con la experiencia cotidiana, y se ironiza con que cualquier episodio de frío será reinterpretado como prueba del cambio climático.
La desconfianza no es exclusiva de este tema. Se extiende a cualquier organismo oficial que emita proyecciones a largo plazo, especialmente si implican cambios en la vida cotidiana. El problema de fondo es que la ciencia del clima se ha convertido en un campo minado donde cada dato se lee en clave ideológica.
Financiación, intereses y el argumento de las petroleras
Uno de los argumentos más repetidos es que la investigación climática está financiada por gobiernos y organizaciones supranacionales con intereses propios. Se mencionan la NASA, la NOAA y el programa Earth Science Division como ejemplos de instituciones que financian estudios sobre cambio climático, hielo polar y temperaturas globales. La respuesta habitual es que eso no invalida los datos, del mismo modo que el hecho de que las petroleras financien estudios no invalida sus conclusiones.
El argumento simétrico —que las petroleras también financian estudios escépticos— se usa para desactivar la acusación de sesgo. El resultado es un empate técnico en el que nadie convence a nadie y todos salen convencidos de que el otro está comprado.
El cierre: una pregunta sin respuesta
Si el clima es una media de treinta años y la memoria humana es una media de lo que nos llamó la atención, ¿cómo se supone que vamos a entendernos? La nieve en abril no refuta el calentamiento global, pero tampoco lo confirma. Lo único que hace es recordarnos que el clima es más complejo que un titular.
Mientras tanto, en San Isidro, la nieve se derrite y la discusión continúa. Como siempre.