Conductores ignoran las señales y meten el coche en túneles anegados
Meter un turismo en un túnel con metro y medio de agua no es un accidente: es una decisión. Eso es lo que muestra el vídeo que ha hecho arder las redes: un conductor avanza hacia un paso inferior anegado en Alicante mientras el agua le cubre el capó. A su derecha, una valla con una señal de prohibido y una flecha que le indica que debe seguir por la izquierda. El coche, según los mensajes, es un Mercedes. El conductor, según todos, no debió llegar hasta ahí.
El asunto no es una anécdota aislada. Es el patrón que se repite cada vez que llueve con fuerza: desagües que no tragan, túneles que se convierten en piscinas y conductores que, viendo el agua, aceleran. En el centro del debate está la pregunta incómoda: ¿es estupidez individual o hay algo en el diseño de las ciudades y en la gestión de los avisos que empuja a la gente al agua?
Qué pasó exactamente en el túnel
El vídeo muestra un turismo entrando en un paso inferior completamente inundado. La señal de prohibido está ahí, a la vista. La flecha que marca el desvío obligatorio, también. No hay trampa: el conductor tenía toda la información para no meterse. Y se metió.
La reacción mayoritaria apunta a una mezcla de distracción y exceso de confianza. Se apunta al GPS como posible causa: hay quien sostiene que la gente va mirando la pantalla y no la carretera. También se menciona el efecto del coche como cápsula: dentro del habitáculo, con la calefacción puesta y la música, el agua de fuera parece menos real de lo que es. Hasta que deja de parecerlo.
El detalle del Mercedes no es menor. En el imaginario de una parte del público, el coche caro añade una capa de «a mí no me va a pasar». La misma lógica que lleva a alguien a cruzar un río crecido con un todoterreno. El vehículo no flota mejor por costar más.
¿Quién paga el coche hundido? El Consorcio, no tu aseguradora
Aquí viene el dato que muchos conductores desconocen: los daños por fenómenos naturales extraordinarios —inundaciones incluidas— no los cubre la aseguradora privada, sino el Consorcio de Compensación de Seguros. Es un organismo público que se nutre de una parte de la prima que pagas cada año. No es una póliza, no funciona como una póliza, pero sí paga.
Eso desmonta el lugar común de que «el seguro no cubre desastres naturales». Lo cubre el Consorcio, con matices según el contrato. La discusión derivó hacia si el seguro debería negarse a pagar cuando hay negligencia flagrante. La respuesta técnica es que el sistema no está diseñado para hacer ese juicio caso por caso, y la respuesta emocional es que debería estarlo.
Hay un cálculo que circula sobre lo que esto supone para el conjunto de los asegurados: cuando el Consorcio paga, lo hace con el fondo común. Es decir, con el dinero de todos. El año siguiente, las primas suben. El conductor del Mercedes no paga solo su error.
El aviso rojo que ya no asusta a nadie
Una parte del debate apunta a la inflación de alertas. Se argumenta que la AEMET emite avisos rojos con una frecuencia que ha vaciado de significado la palabra «rojo». Si cada agosto hay alerta por calor y cada tormenta de verano genera aviso, el ciudadano aprende a ignorarlos. Es el cuento de Pedro y el lobo aplicado a la meteorología.
La objeción es obvia: cuando el aviso es real, ignorarlo mata. Y aquí entra el otro factor que se discute: la pérdida de instinto de supervivencia. Se sostiene que una parte de la población ha delegado su criterio en la pantalla del móvil, en el GPS o en la administración. Si el ayuntamiento no cierra el túnel, será que se puede pasar.
Ese razonamiento tiene un fallo lógico que el vídeo expone sin necesidad de explicación: la señal de prohibido estaba puesta. La administración hizo su parte. El conductor decidió que no.
Los garajes: el otro escenario de la tragedia
El patrón se repite en los sótanos. Cuando el agua empieza a entrar, mucha gente baja a sacar el coche. Es el instinto de proteger el patrimonio. Y es, en muchos casos, la decisión que les mata. El agua en un garaje sube rápido y no da segundos para rectificar.
Se apunta que la mayoría de las víctimas mortales en episodios de inundación se concentran en garajes y sótanos. No es el coche lo que se pierde: es la vida. La comparación con las playas con bandera roja es inevitable: hay quien se mete igual, y luego se cuenta en los ahogados del verano.
La pregunta que queda abierta es si esto se arregla con más información, con más señales o con algo que no se puede legislar: el sentido común. La evidencia disponible apunta a que ninguna de las tres cosas funciona del todo.
Con estos mimbres, lo razonable es esperar que el patrón se repita en la próxima tormenta. Los túneles seguirán inundándose, las señales seguirán ahí y una parte de los conductores seguirá mirando el GPS en lugar del agua. La única duda es cuántos coches más habrá que sacar con grúa antes de que alguien decida que el problema no es solo del conductor.