Wilders abre el pulso del Nexit y el foco cae en Rotterdam
Geert Wilders no ha venido a repartir abrazos. Su mensaje a los socios del sur de la eurozona vuelve a ser el de siempre: menos transferencias y más exigencia a quien pide, y la respuesta en España ha sido volver a mirar hacia La Haya con la ceja levantada. Porque detrás del pulso por el Nexit asoma una pregunta incómoda: ¿qué es Países Bajos, además de un socio que pone dinero?
La paradoja recorre todo el asunto. El país figura entre los mayores contribuyentes netos por habitante de la Unión Europea. También, según una parte del análisis, es una economía que factura por intermediar, por alojar sociedades y por reexportar mercancía que no fabrica. Esa doble condición explica por qué el enfado neerlandés con el sur molesta tanto como el enfado del sur con Países Bajos.
¿Vive Holanda de Rotterdam y de la intermediación?
El puerto de Rotterdam funciona como el embudo por el que entra buena parte del comercio que después se reparte por Europa. Sobre esa posición se ha construido una tesis que aparece repetida: sin ese papel de intermediario, sostiene un tramo del análisis, el país no tendría el peso económico que tiene. La pieza que suele citarse como prueba es el traslado de la sede de
Ferrovial a Países Bajos, leído como señal de a qué dedica el país buena parte de su esfuerzo.
El otro frente es fiscal. Hay quien distingue entre lo que ofrecen los países bálticos o Rumanía, sobre todo en el impuesto de sociedades, y lo que venden Países Bajos o Irlanda, con otro tipo de ingeniería. La frase que resume la incomodidad es que la competencia desleal en materia impositiva es un
problema conjunto, no de un solo contribuyente. Cerrar ese grifo, apuntan, exige acuerdo entre todos. Sobre el fondo —si pesa más el prejuicio cultural del norte hacia el sur o la pura aritmética de los contribuyentes netos— las lecturas se dividen.
El rescate que costó 6.700 millones a los holandeses
El relato del pagador ejemplar choca con al menos un episodio. El rescate del banco
ABN Amro durante la crisis financiera costó, según las cifras que se manejan,
6.700 millones de euros a los contribuyentes neerlandeses. No es el único dato que se lanza contra la imagen de gestión impoluta, pero sí el más repetido cuando se pone en duda el papel de vigilante fiscal que el país reclama para sí.
El argumento de fondo es doble: Países Bajos no solo aporta, también capta actividad que otros países pierden por la vía de la fiscalidad y de la logística. Poner coto a eso, se insiste, no se resuelve con una salida unilateral, sino con una regla común que nadie parece dispuesto a firmar.
¿Derrotó Holanda alguna vez al imperio español?
Ni existía como Estado tal y como lo entendemos hoy ni fue un combate de uno contra uno. Varias voces recuerdan que la revuelta de los Países Bajos fue una guerra de religión dentro de una herencia territorial, con una parte de la población a favor del rey y otra partidaria de la casa de Orange. Lo que sí hubo fue una coalición de potencias —ingleses, franceses, holandeses y alemanes— desgastando a España durante décadas.
Los episodios que se citan como victorias españolas van de Filipinas al Caribe, pasando por Brasil, y el único golpe verdaderamente sonado que se les reconoce fue la
captura de la flota de Indias. El mito funciona en sentido contrario: para una parte de la historiografía neerlandesa la independencia es un relato fundacional y España ocupa ahí el papel de enemigo. De ahí que un mensaje como el de Wilders conecte con un público que no necesita datos, solo memoria.
La nostalgia de Franco y la convergencia que sí ocurrió
Aquí el asunto deriva hacia otro terreno. No es la primera vez que se repite que España era la octava potencia mundial con un
36% de industria y que la entrada en la Unión Europea lo estropeó todo. El dato que desmonta ese relato es otro: la renta española quedó por debajo del
45% de la media de Europa occidental a finales de los cincuenta y llegó a rozar el
90% justo antes de la crisis de 2008.
Entre medias, el despegue se atribuye al FMI primero y a la CEE después. Quien vivió la otra cara recuerda que con tipos de interés del
11% se pagaba una hipoteca en quince años con un solo sueldo, mientras que con el
4,5% hay parejas que no llegan ni con dos nóminas. La letra pequeña es que aquella inflación, que llegó a ir al 15% anual en los setenta, se comía el sueldo por el otro lado. Los dos recuerdos son ciertos y no encajan.
¿Se vive mejor fuera de la Unión Europea?
El espejo del Brexit aparece una y otra vez. La pregunta que se lanza es sencilla: quienes no tenían casa antes de salir, ¿la tienen ahora? Nadie ha respondido con datos, y esa ausencia es en sí misma la respuesta. Lo que sí puede sostenerse es que el modelo español basado en turismo y ladrillo deja el acceso a la vivienda en manos de precios que no dependen solo de Bruselas.
Una parte del análisis añade un matiz incómodo: el suelo es el componente que dispara el precio de la vivienda, y quien lo controla son administraciones y ayuntamientos. Dicho de otro modo, el problema es tanto de política local como de tratado europeo.
Si Wilders convierte el discurso del Nexit en programa, lo probable es que el pulso acabe en un regateo por los fondos y no en una salida real. Los que se marchan suelen tardar una década en saber si acertaron, y Países Bajos no parece tener prisa por averiguarlo. La factura del enfado, mientras tanto, la paga quien mira la nómina a fin de mes.