Eric Finch
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El Frente Amplio es la enésima marca de la izquierda radical española, que según el análisis de Antonio R. Naranjo en El Debate ya tiene su espacio ocupado por Pedro Sánchez. La operación, con Ada Colau como posible cabeza, evidencia una batalla entre facciones más que un proyecto nuevo.
El Frente Amplio es la enésima marca de la izquierda radical española, que según el análisis de Antonio R. Naranjo en El Debate ya tiene su espacio ocupado por Pedro Sánchez. La operación, con Ada Colau como posible cabeza, evidencia una batalla entre facciones más que un proyecto nuevo.
El nombre suena a novedad, pero tiene medio siglo largo y origen uruguayo. El Frente Amplio es la enésima denominación de un artefacto político que en España ya respondió por Marea, Confluencia, Comunes y Círculos, según el análisis que Antonio R. Naranjo publica en El Debate. La etiqueta cambia, el alma no: izquierda radical de retórico verbo, intereses gremiales y efectos perversos. Y ahora, una vez desechados Sumar y Podemos, se encarna en los movimientos populistas latinos para hacer lo de siempre con otro nombre.
El término Frente Amplio no es un invento de laboratorio. Tiene medio siglo largo y origen uruguayo, y responde a la fórmula que en España se vio antes de la Guerra Civil y en media Hispanoamérica desde los años 70. Naranjo lo compara con el Frente de Judea de la sátira de La vida de Brian: un conjunto de formaciones que atienden al viejo axioma de Huxley y empeoran sus más siniestras intenciones cuanto más elevan su pomposa retórica.
La cosa no es nueva, insiste el texto. Es la misma película con otro cartel. Y en esa película, la batalla entre facciones es lo único seguro. Pondrán a Ada Colau al frente, lo que denota desesperación, y detrás lo que quepa para contentar a todas las familias de un espacio con más indios que caballos y más caballos que votantes.
Aquí está el nudo del asunto. En España la extrema izquierda ya está ocupada por Pedro Sánchez, que ha vampirizado a la original para convertir al PSOE en un eco radical del partido socialdemócrata que fue indispensable desde la Transición hasta la llegada de Zapatero. El PSOE, dice Naranjo, ya no es un partido sino una religión, con un gurú de saldo que no permite a la feligresía salirse de su catecismo frentista, empobrecedor e incompetente.
El único afán, según esta lectura, es fabricar pobres e ignorantes en la certeza de que solo ellos pueden ser sus clientes electorales. La consecuencia es que el Frente Amplio se come todos los perjuicios de estar al lado de un Atila de la democracia, el sentido común y la legalidad, pero ninguno de los beneficios. Quizá uno personal para Yolanda Díaz si asciende a la cosa esa del trabajo a cambio de que el gobierno se gaste un dineral en el chiringuito, pero ni uno más.
Hay una excepción a esa regla de perjuicios sin beneficios. Solo Batasuna 2.0 ha sacado partido de poner a Sánchez en la Moncloa: se ha blanqueado sin condenar el terrorismo, ha sacado a casi todos los etarras de la cárcel y a no mucho tardar mandará al PNV a la oposición con la ayuda del PSOE como primera fuerza política del País Vasco, según sostiene el artículo.
El resto del ecosistema no corre mejor suerte. Si la novedad a la izquierda de la extrema izquierda es Colau, con su pizca de Mónica García, la sombra de Yolanda Díaz y el hueco para la sociedad limitada de Montero e Iglesias, no es de extrañar que hasta miren con añoranza a Gabriel Rufián, el independentista que vive en Madrid, quiere ser presidente en España y no le dejan del todo en ERC ni se atreve a encabezar el nuevo Frente Popular. Al que, dice Naranjo, solo faltan un par de consignas para ser como su antecesor.
La operación de rebranding tiene un problema de fondo que el texto subraya: el espacio está lleno. La izquierda radical de siempre ha ido de rompedora pero al final ha ejercido el trabajo más antiguo en política, el de tonta útil de Sánchez. Y ese papel no admite competencia. El resultado es un frente que nace dividido, con más familias que votantes y una dirección que se disputa a navajazos mientras el verdadero ocupante del espacio, Pedro Sánchez, mira desde la Moncloa.
Naranjo cierra con una ironía amarga: ya imagina el lema electoral, «Arderéis como en el 36», siempre y cuando no lo tenga ya cogido Pedro, que va a ser que sí. La conclusión, si es que hay alguna, es que cambiar el nombre no cambia la función. Y la función, en este caso, ya está cubierta.
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