Incendios: la coartada climática no explica el desastre
Cada verano, España arde. Y cada verano el Gobierno repite el mismo mantra: cambio climático. Pero el análisis de Antonio R. Naranjo en El Debate (27/07/2026) apunta a que la emergencia climática se usa como coartada para ocultar la inutilidad y el sectarismo en la gestión forestal. No es una causa única, sino un cóctel de abandono rural, plantaciones sin gestión y falta de prevención.
El monte que arde no es bosque salvaje
Un dato que rompe el relato: cada año hay más masa forestal, no menos. Lo que arde no son bosques primarios, sino plantaciones de árboles para uso comercial –eucaliptos, pinos– que crecen descontroladas. Sin desbroce ni cortafuegos, se convierten en yesca. La paradoja es que la acumulación de biomasa, lejos de ser un sumidero de carbono, alimenta los incendios.
El campo vacío: la otra variable olvidada
La población rural se ha evaporado. Sin pastores ni ganado que limpien el monte, la maleza se acumula. Quienes defienden el modelo tradicional de ovejas y cabras como cortafuegos naturales se topan con una realidad: la gente prefiere la ciudad. Y el Gobierno no ha diseñado incentivos para revertirlo.
En el centro del debate subyace una pregunta incómoda: ¿es la emergencia climática un comodín político para esquivar responsabilidades? El dato de la expansión de la masa forestal sugiere que la gestión –o su ausencia– pesa tanto o más que el termómetro. España arde, sí, pero no solo por el calor: arde porque se ha abandonado el monte a su suerte.