Franco no odiaba a los protestantes: la represión tampoco lo necesitaba
Franco no odiaba a los protestantes. El odio es un lujo pasional y el franquismo no se permitía lujos cuando podía usar la maquinaria institucional. Cierres de templos, multas, hostilidad social y algún infiltrado en las comunidades evangélicas fueron la herramienta cotidiana de un régimen que veía en la unicidad religiosa la columna de su relato de cruzada. El protestantismo, extranjero y disidente, ponía en cuestión el orden público teológico.
La Inquisición no lo explica todo
La cosa viene de lejos. La Inquisición fue el brazo armado del monopolio católico, pero solo explica parte del fracaso protestante en España. Sin burguesía urbana ni un príncipe alemán que financiara la Reforma, el terreno no estaba abonado. Casiodoro de Reina, el protestante español más famoso, lo vivió en carne propia: condenado al exilio por hereje, llegó a Ginebra y vio que la ciudad de Calvino olía a chamusquina. Criticó la ejecución de Servet y la bautizó como «nueva Roma». Acabó en Frankfurt, donde murió.
Reformas que devoran a sus hijos
La parábola no queda ahí. Lutero llamaba bestias a los anabaptistas y Calvino asaba herejes mientras Reina huía. Toda reforma acaba fundando su propia Roma, con menos florituras pero la misma capacidad de excomulgar. Eso de que la Iglesia católica se quedó pegada a los Evangelios es un relato que ni el vino de misa sustenta.
¿Qué habría pasado sin la doble intolerancia de España y Ginebra? La pregunta sigue abierta, como la sospecha de que el «odio» franquista no era una emoción, sino el negocio político-religioso más rentable del siglo XX.