Lutero, Calvino y el capitalismo: cuando la teología justificó los negocios
La Reforma protestante no solo partió la cristiandad en dos, sino que reescribió las reglas morales de la economía. Quinientos años después, el debate sobre si Lutero y Calvino legalizaron la usura y desataron la codicia sigue abierto. Mientras unos ven en la ética protestante la semilla del capitalismo moderno, otros la señalan como la ruptura que permitió a los bancos y la usura expoliar a la sociedad.
La tesis de Weber bajo sospecha
Max Weber y Werner Sombart ya apuntaron en su día que el protestantismo, y en especial el calvinismo, creó el caldo de cultivo para el capitalismo: el éxito terrenal dejó de ser pecado para convertirse en señal de predestinación. Pero esta visión choca con otra corriente que sostiene que la Iglesia católica, pese a su condena oficial de la usura, ya había desarrollado mecanismos para sortearla —el «daño emergente» de Tomás de Aquino, las bulas, los préstamos encubiertos de los Médicis y los Fugger—. Lo que cambió no fue la práctica, sino el marco moral: lo que antes se hacía de tapadillo, los protestantes lo normalizaron.
La usura, según la crítica más dura, pasó a ser un instrumento de expropiación. Bancos que se alimentaron del robo y la codicia, amparados por una nueva teología que convertía el dinero en objeto de culto. Sin embargo, el comercio a larga distancia ya requería crédito en la Edad Media; la economía de subsistencia no era exactamente un paraíso de paz, sino pobreza estructural.
Iconoclastia: martillazos contra la imagen
La furia iconoclasta calvinista destruyó vitrales y estatuas en los Países Bajos y Suiza, en una oleada que algunos comparan con la del Estado Islámico en Bamiyán. Catedrales como las de La Rochelle, Lyon o Rouen aún muestras las huellas: estatuas decapitadas, nichos vacíos. No obstante, la violencia no fue exclusiva: los católicos arrasaron templos protestantes con la misma saña. «Escombros y sangre, da igual la excusa teológica», resumió un análisis. El caso del «Político de Gante», el retablo de Jan Van Eyck que sobrevivió escondido en un ático hasta que los calvinistas fueron expulsados, simboliza la fragilidad del arte frente al fanatismo.
Lutero, ¿un reformador devoto de María?
Una curiosidad apenas conocida: según el biógrafo Merezhkovski, Lutero conservó hasta el final de su vida un profundo afecto por la Virgen María, a la que recurrió en momentos de tentación. También le atribuyó la convicción de que la ruptura con Roma podría haberse evitado si el secretario papal von Miltitz hubiera gestionado mejor el conflicto. Este matiz humaniza a un personaje que, para unos, fue el heraldo de la libertad y, para otros, quien abrió la caja de Pandora del capitalismo sin alma.
El debate, lejos de cerrarse, refleja la tensión entre dos relatos: uno que ve en la Reforma el motor del progreso y otro que la acusa de haber legalizado la codicia. Lo que sí parece claro es que, sin el cisma, la Europa moderna —con sus bancos, sus guerras de religión y su ética del trabajo— habría sido muy distinta. Pero aventurar cómo sería es un ejercicio tan seductor como indemostrable.