Le perseguía una ominosa sensación…
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El fragmento narra la salida de dos amigos, Levi y Sebastian, de una sesión nocturna en el teatro Destayes, construido dos décadas atrás por un acaudalado noble búlgaro. La obra termina y una carta recibida ese mismo día, con «cosas terribles», queda sin explicar.
La ciudad tiene un teatro que abre hasta tarde y un noble que casi no se deja ver. El teatro Destayes es el único de la ciudad que ofrece sesiones a horas en que el resto de las salas ya han echado el cierre. El edificio que lo alberga y la propia sala fueron mandados construir dos décadas atrás por un acaudalado noble búlgaro que vive allí pero apenas se deja ver por el lugar. De él dicen quienes alguna vez conversaron que es un hombre de «pocas palabras y nula expresividad». La combinación llama la atención: alguien con esa fama sostiene un negocio de tablas, un oficio de voz y gesto.
Levi y Sebastian han asistido a una representación larga. Cuando cae el telón, media hora después de una conversación incómoda en el palco, ambos se levantan al unísono y se adelantan al resto de los espectadores, que todavía aplauden, para salir precipitadamente del edificio. Envueltos en sus abrigos se alejan con prisa de la entrada y caminan tres calles más hasta detenerse en una esquina, frente al escaparate de una vieja tienda con un cartel de «Cerrado» en la puerta.
La luz que los alumbra es la de un farol débil, de un vigor menor que el color de una flor mustia. Pasan dos o tres minutos de silencio. Sebastian se mesa los bigotes con gesto de preocupación; Levi da prudentes vueltas en círculos. La escena no tiene nada de teatral y todo de espera.
Durante la función, Levi ha creído reconocer a una mujer en uno de los palcos más distantes de la sala. La ha identificado como Madame Denouise. Sebastian lo corta en seco: eso es imposible, murió hace ya cuatro años. Le pide que no vuelva a mencionar su nombre, que bastante penoso le resulta no poder olvidar su atroz recuerdo. Levi insiste en voz baja, sin apartar los ojos del palco: es ella, fíjate bien. Sebastian zanja el asunto por la memoria de Marie, quien tanto tuvo que sufrir, y pide que los Cielos y los Infiernos no escuchen a su lengua pronunciar una sola palabra más al respecto.
Levi guarda silencio y desvía la mirada. Ya no se atreve a mirar. La discrepancia entre lo que ve y lo que su amigo le ordena creer queda flotando en el palco, sin resolverse.
Minutos después, Levi dice que tiene que contarle algo. Hoy ha recibido una carta. Sebastian pregunta qué ponía en ella. La respuesta es breve y no aclara nada: cosas terribles, innombrables. Se forma una quietud que ninguno de los dos interrumpe hasta que, media hora más tarde, finaliza la representación. La carta queda así, sin contenido conocido, como una pieza más de una noche que no termina de encajar.
El texto no dice quién la firma, ni de dónde procede, ni qué relación guarda con la mujer del palco. Tampoco aclara si la misiva y la aparición tienen algo que ver entre sí. Solo deja constancia de que Levi la recibió hoy y de que lo que pone no se puede repetir.
Antes de llegar al teatro, el trayecto tiene su propia carga. Levin —el nombre aparece así en el relato— camina de noche con la sensación de que alguien lo sigue. Se vuelve dos, tres, hasta cuatro veces. Siempre encuentra la misma callejuela vacía o el mismo bulevar despejado por el que viene haciendo el camino a casa, tan ordinarios como desde que los enfiló. Esa discrepancia entre sospecha y conclusión lo inquieta más que la propia persecución, porque permanece inalterable por muchas vueltas que dé.
El relato lo compara con el pasajero de un barco que se ha abierto por debajo y empieza a llenarse de agua. Los tripulantes reclaman calma para evitar el pánico, pero él sabe que el agua fría acabará irrumpiendo en su camarote. Que se haya asomado cuatro o cinco veces al pasillo sin encontrar restos de agua no altera lo que se gesta bajo sus pies. En los callejones desiertos, a la salida del teatro, la sospecha y la certeza conviven sin resolverse.
La noche deja a Levi y Sebastian en una esquina, junto a un escaparate cerrado, con una pregunta seca: se trata, pues, de aquello de que creo que se trata, ¿verdad? La respuesta es un «así es» que no explica nada. El fragmento se cierra ahí, con la carta sin leer en voz alta y la mujer del palco sin confirmar. Quien quiera saber qué contiene el sobre tendrá que seguir leyendo.
Le perseguía una ominosa sensación…