77 alcaldes de PNV y Bildu alzan la makila ante el Palacio de Justicia
Setenta y siete alcaldes de PNV y Bildu con la makila en alto, plantados delante del Palacio de Justicia de Bilbao. En el centro de la imagen,
Juan Mari Aburto, alcalde de la capital vizcaína. La foto admite varias lecturas y ninguna es inocente: para unos es un gesto protocolario de identidad municipal; para otros es un poder del Estado enseñando el palo a otro poder del Estado.
Lo que se señala como motivo de fondo es el desacuerdo con resoluciones judiciales relacionadas con el uso obligatorio del euskera. Y lo que incomoda no es la protesta en sí, sino que se trata de un acto con peso institucional, no de una ocurrencia de cuatro espontáneos. Un alcalde puede discrepar de una sentencia; la duda es si puede exhibir el símbolo de su cargo como argumento.
¿Es un arma la makila de un alcalde?
Aquí está el nudo. La makila es el bastón de mando del alcalde vasco, la vara que se entrega con el cargo. Y es, además, un palo: el mismo objeto que en otras tradiciones se llama
hanbo y que en las artes marciales filipinas de eskrima se emplea como arma corta. En Euskadi existe el
makil borroka, la pelea de makilas, con técnicas codificadas y escuelas propias, según las crónicas recogidas en la Corografía de Guipúzcoa de Aita Larramendi, en Gipuzkoako dantzak de Iztueta y en El Basojaun de Etumeta de Arakistain.
Se cita el Reglamento de Armas y su artículo 4, el listado de armas prohibidas, para argumentar que un palo con pincho en un extremo y emplomado en otro no es un simple adorno. La objeción contraria no niega la materialidad del objeto, niega la categoría:
el bastón de mando no es un arma, es un símbolo de poder político, y quien lo porta no lo porta para golpear. Con ese criterio, se añade, todo sería un arma: una camisa sirve para estrangular y nadie la mete en esa lista.
Hay un ejercicio que se repite en la discusión y que conviene leer con distancia: imaginar una agresión real con makila en una zona no vital y preguntar cuántos golpes hacen falta para admitir que duele. Es retórica, no jurisprudencia, pero explica por qué el asunto no se cierra.
Un poder levanta el palo delante de otro poder
El reproche de fondo no es marcial, es institucional. La comparación que se repite es la del juez que sale a la calle con la toga a poner multas de tráfico porque no le gustan los límites de velocidad. Desde esa óptica, el cauce para impugnar una resolución es el recurso y, si acaso, la explicación pública del desacuerdo. Lo demás se sitúa, se dice, en el terreno de lo predelincuente. La palabra que se usa es amenaza, y el razonamiento es simétrico: si 77 personas organizadas levantan palos delante de tu portal, tú no lees un símbolo.
No hay consenso ni de lejos. Frente a eso se responde que las comisarías estarían llenas de ancianos con bastón y de practicantes de marcha nórdica, y que confundir un bastón de mando con un arma es confundir el cargo con la herramienta. También se apunta, en clave de calendario, que el acto busca escenificar pulso ante una cita electoral.
La vara como liturgia política tiene precedente
El gesto no es nuevo. Unos
200 alcaldes independentistas viajaron a Bruselas con sus varas para apoyar a un expresidente catalán que permanecía fuera de España, y entonces el bastón se leyó igual: como símbolo de autoridad arrebatada. La vara municipal funciona ya como atrezzo de escenificación política en varios territorios, no solo en Euskadi.
Eso empuja una parte del análisis a la comparación entre nacionalismos: bastones, palos y puesta en escena compartidos, con diferencias de grado. La discusión escala rápido hacia el «todos son iguales», que es cómodo y no explica gran cosa.
Debajo del bastón, el euskera
El asunto institucional tapa el lingüístico. Las cifras que manejan los críticos con la política de promoción del euskera son incómodas para las dos partes:
el 17,5% de los vascos hablan vascuence en casa en su día a día, mientras que alrededor del
60% de los votantes respaldan a partidos que quieren mantener y ampliar su presencia pública. Esa distancia entre uso doméstico y respaldo electoral está en el corazón del conflicto.
Circula asimismo el caso, señalado desde el propio ecosistema mediático afín, de un consejero de Sanidad que ocupa el cargo desde 2002 y no ha aprendido euskera, con titulares de prensa como
Desprecio al euskera. Y aparece una discusión de fondo sobre qué variedad se impulsa: hay quien sostiene que lo que se promueve no es la lengua heredada sino el batúa, la estandarización, y que esa distancia ayuda a explicar el rechazo.
Con las cifras sobre la mesa, el desajuste no se explica por los bastones ni por las alcaldías. Y queda un detalle suelto: no aparece ni una sola de las sentencias concretas que supuestamente motivaron la concentración. Setenta y siete makilas en alto son una imagen potente; el motivo exacto sigue sin nombrarse.