España no encuentra mano de obra disponible con millones de parados
Un desempleado cuenta que la última oferta que le llegó por el canal oficial era de camarero y que no ha recibido ninguna más en meses. En paralelo, el relato empresarial insiste en que falta mano de obra y reclama trabajadores de fuera. Los dos hechos conviven sin estorbarse, y ahí está el problema. Con
cuatro millones de parados y uno de los desempleos más altos del mundo desarrollado, la pregunta ya no es cuánta gente falta, sino cuánta gente está dispuesta a trabajar por lo que se paga.
¿Cuántos brazos faltan si hay cuatro millones de parados?
Un participante afirma que el país figura en el top diez mundial de paro y
triplica la media de la OCDE en desempleo, según los datos oficiales que maneja. Ese es el punto que rompe el argumento de la escasez: no puede faltar gente cuando sobran candidatos inscritos.
El cálculo más repetido apunta a que los puestos que no se cubren tienen algo en común, y no es la falta de manos. Se sostiene que esos empleos no se llenarían
ni trayendo a toda la población de una gran capital africana, porque el problema es el sueldo y las condiciones, no la oferta de trabajadores. La contra replica con la caída de la natalidad durante décadas y la falta de relevo generacional.
Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez. Y ese es el nudo del asunto: una economía con paro estructural alto y vacantes que nadie acepta suele indicar un desajuste de precios, no un desierto de personas.
Nóminas de 1.300 euros y convenios que se incumplen
Los testimonios del sector industrial y de la construcción dibujan un patrón. Fábricas donde, según uno de esos relatos, un solo ingeniero asume producción, calidad y laboratorio,
quemado en menos de dos meses. Obras y hostelería donde, según esos mismos testimonios, los convenios no se respetan sin consecuencias visibles. Jóvenes que aguantan unos meses cobrando
1.200 euros y se marchan en cuanto pueden.
Hay quien lo resume en una idea incómoda: antes el incentivo era sostener una casa, ahora con ese salario no se sostiene nada. Y hay quien responde que un empleo de
1.300 euros sigue siendo mejor que una prestación, aunque el cuerpo diga lo contrario.
El resultado es una espiral conocida: si nadie acepta el puesto, la empresa presiona para importar trabajadores más baratos; si llegan, el salario se estanca y el puesto se vuelve todavía menos atractivo para el de aquí.
El argumento demográfico: falta relevo en los oficios
El diagnóstico más citado no culpa a los que buscan empleo, sino a la estructura de edades. Según relata uno de los participantes, los profesionales de oficios manuales con los que coincidió están entre los
50 y los 60 años y ya trabajan solos: tuvieron empleados que duraron una semana y decidieron no repetir. Ganan lo mismo o más sin complicaciones.
En paralelo se describe una generación joven con la espalda cubierta. Padres entre los 50 y los 60, con vivienda pagada y buenos ingresos, financian que sus hijos estudien, opositen o se certifiquen en lugar de picar piedra. No es vagancia necesariamente: es que nadie necesita el sueldo para comer hoy.
¿Empresarios o políticos? Quién decide la política migratoria
Aquí la conversación se parte. Un sector sostiene que la patronal no diseña visados ni cupos, y que la responsabilidad última es de quien legisla: la política migratoria depende del Gobierno. Otro sector responde que el poder económico condiciona esa legislación y que se habla de
100.000 inmigrantes más sin discutir los sueldos que les esperan.
Aparece también el viejo argumento de la competitividad: ya en los noventa se repetía que había que moderar salarios para competir con Europa, cuando en el resto del continente se pagaba más. Si el ajuste siempre se hace por abajo, la llegada de trabajadores de fuera funciona como freno, no como solución.
El SEPE aprieta a quien cobra el paro
Mientras se debate la escasez, el Servicio Público de Empleo Estatal ha recordado a los perceptores de prestación que
no tienen derecho a vacaciones y que pueden perder el cobro si se ausentan. La advertencia se lee como un intento de apretar a los desempleados para que acepten ofertas.
El problema es que la oferta disponible no siempre existe o no encaja. Quien busca trabajo cualificado se encuentra con que el servicio público le ofrece lo que hay, y lo que hay suele ser hostelería y poco más.
Un último dato descoloca todo el marco. La generación de
25 a 35 años es corta, cierto: nació en los años de natalidad mínima. Pero la cohorte de los nacidos en los años diez es sensiblemente más numerosa y está entrando ahora en edad de trabajar. Si el cálculo se sostiene, el relevo no es el problema. El problema será qué pasa cuando esa gente llegue al mercado y descubra a qué se paga el trabajo que nadie quiere hacer.