Un vecino de Paiporta, expulsado de la manifestación en Valencia
«No soy de izquierdas ni de derechas; soy de Paiporta». Un vecino de la localidad levantó esa frase en la manifestación convocada en Valencia y, según el relato que se difundió, la policía lo sacó de la movilización. El momento quedó grabado y se convirtió en el símbolo involuntario de un malestar que no encaja en el eje izquierda-derecha. Paiporta, epicentro de las inundaciones de finales de octubre, es hoy la palabra que resume la catástrofe y, también, la que estorba dentro de la propia protesta.
La discusión posterior no fue sobre el agua ni sobre las ayudas. Fue sobre quién tiene derecho a gritar y qué se puede exigir en una concentración nacida al calor de la tragedia. Bajo ese ruido hay un pulso más concreto: el reparto de responsabilidades entre el Gobierno central y la Generalitat, y el uso político de una catástrofe que dejó decenas de fallecidos y daños cuantiosos.
Dos manifestaciones y un recuento que no cuadra
Los números que circularon tras las concentraciones no ayudaron a calmar los ánimos. Una convocatoria contra el presidente del Gobierno y el president de la Generalitat reunió, según la versión que se difundió,
300 personas. La manifestación centrada solo en la Generalitat, en cambio, se cifró en
más de 130.000 asistentes. La comparación se usó como argumento: si la protesta mayoritaria señala a un único responsable, el relato de la culpa compartida se tambalea.
Nadie discute que las dos cifras salen de fuentes interesadas y que los recuentos en manifestaciones son siempre materia opinable. Pero el contraste, difundido a los pocos días, marcó el tono. A partir de ahí, la pregunta dejó de ser cuánta gente salió a la calle y pasó a ser a quién señalaba esa gente.
Quién convoca y quién financia las protestas
Una parte de los intervinientes sostuvo que la movilización no era espontánea. Se afirmó que detrás de la convocatoria estaban organizaciones de perfil catalanista, subvencionadas por la Generalitat, y que el objetivo era hacer el trabajo político que otros no quieren firmar. Es una acusación
sin respaldo documental en la propia discusión y debe tomarse como lo que es: una hipótesis lanzada al calor del enfado.
En el otro extremo, hay quien recuerda que exigir responsabilidades a la Generalitat es ejercicio de libertad de expresión, y que solo resulta incómodo cuando el destinatario es el Gobierno central. La doble vara, sostienen, convirtió una reivindicación vecinal en un campo de batalla partidista donde el ciudadano sin carné sobra. El propio protagonista de la expulsión lo dejó claro en su frase: no quería bando, quería explicaciones.
El policía que no apareció de noche
El reproche más repetido no fue contra un partido, sino contra el despliegue de seguridad. Durante las noches posteriores a la riada, varios comercios —un restaurante de Paiporta arrasado y luego saqueado, según el relato que circula— denunciaron robos y falta de presencia policial. Y, según ese mismo reproche, la policía que no apareció entonces sí estaba en la manifestación. La coincidencia enfureció a más de uno.
También se discutió el calendario institucional. Se puso sobre la mesa que el organismo de cuenca no habría hecho nada en
veinte años, que las ayudas no llegaron hasta
un mes después y que el Ejército tardó
cinco días en desplegarse. Cada cifra se usa como prueba de una dejación distinta, según a quién se quiera señalar.
El enfado que no cabe en una pancarta
La conversación derivó hacia terrenos más ásperos. Se habló de un hartazgo acumulado, de una tensión social que «va a explotar» y de la sensación de que las instituciones fallaron precisamente cuando más se las necesitaba. Entre los afectados, la gestión de las ayudas —y no el color del gobierno— sigue siendo la queja central: que un mes después el dinero no llegue es, se dijo, algo más grave que pagar impuestos.
Lo que queda claro es que la catástrofe abrió una grieta que ninguna sigla recoge del todo. El vecino que se definió solo por su pueblo no representa a un partido. Representa a los que ya no se fían de ninguno. Y mientras los recuentos se pelean, en Paiporta el barro se retira más despacio que las consignas.