Pedro Varela vuelve a prisión y sus libros acaban destruidos
La Sección 6 de la Audiencia Provincial de Barcelona condenó a Pedro Varela, dueño de la Librería Europa —cerrada de forma cautelar—, a un año y medio de prisión y a una multa de siete meses a razón de 15 euros diarios por un delito de negación, trivialización grave o enaltecimiento de crímenes contra la humanidad. La sentencia, notificada el 10 de septiembre de 2024, añade algo menos habitual que la pena de cárcel: la destrucción de todos los libros y ordenadores incautados, la inhabilitación para ejercer profesiones educativas durante tres años y la prohibición de dedicarse a la edición, distribución o venta de libros, en sede física o virtual, durante el tiempo de la condena. El tribunal absolvió a los otros cuatro acusados.
La reacción no tardó en llegar, y no precisamente en tono menor. «En España no hay nadie preso por sus ideas», repite el mensaje que abre la conversación, con un enfado que se contagia al resto. La cifra que más incomoda no es la de los 18 meses, sino la del fuego: la quema de libros como parte del fallo. Hay quien lo resume con dos palabras que se explican solas:
Fahrenheit 451.
Qué se le imputa y qué dice la sentencia
El fallo llega por negación, trivialización grave o enaltecimiento de crímenes contra la humanidad, una figura que en la práctica se aplica al discurso sobre el Holocausto. La fiscalía pedía bastante más: hasta 12 años de prisión, según se recoge en la conversación. La condena final, 18 meses, queda lejos de esa petición y aun así incluye la destrucción del material incautado, la inhabilitación docente y el cierre de facto de cualquier actividad editorial o librera.
La pregunta que sobrevuela el asunto es de manual: en qué artículo del Código Penal se tipifica exactamente eso. La respuesta no aparece en el material, pero el hecho de que se plantee da una pista de por dónde va el malestar. No es tanto la condena como la sensación de que la frontera entre lo que se puede publicar y lo que no la fija alguien que no se sienta en el banquillo.
La quema de libros como pena accesoria
La destrucción de los ejemplares incautados es el punto que más comentarios arrastra. Hay quien recuerda que eso mismo, quemar libros, es lo que hicieron los regímenes que Varela defiende en sus publicaciones. La ironía no es sutil, pero es difícil de rebatir. Otros van más lejos y sostienen que ningún libro debería estar prohibido, ni su distribución tampoco, en un país que se dice respetuoso con la libertad de expresión.
El argumento se completa con una comparación incómoda: si el manifiesto comunista o los textos de esa cuerda circulan sin problema, la criba entre ideas buenas y malas ya está hecha, y no precisamente por un tribunal. La discusión deriva hacia si el criterio es jurídico o político, y ahí es donde el consenso se rompe.
El doble rasero que señalan las críticas
El reproche más repetido apunta a la asimetría. Se mencionan casos de condenas por amenazas a agentes de la autoridad o por enaltecimiento del terrorismo, y se pregunta por qué el rasero no es el mismo para todos. La respuesta que se da desde el otro lado es simple: el Holocausto es el único hecho histórico cuya negación está castigada, y eso, se argumente como se argumente, es una excepción.
Hay una corriente que va más allá del caso concreto y pide ampliar la persecución a todas las ideologías por igual, o mejor, no perseguir a ninguna. Es la posición más citada y también la más cómoda: si se persigue a uno, los demás también.
El problema de fondo: quién decide qué es odio
La conversación se desliza hacia un terreno más resbaladizo. Si el odio lo define el Ministerio del Amor, como se ironiza en algún mensaje, la libertad de expresión queda supeditada a la interpretación de turno. No es una tesis jurídica, es un estado de ánimo, pero explica por qué el caso Varela se lee como un aviso y no como una anécdota.
La pregunta que nadie responde del todo es dónde queda el límite. La sentencia fija uno concreto: 18 meses, una multa de siete meses a 15 euros diarios, tres años de inhabilitación docente y la destrucción de todo lo incautado. Con esos números, el margen para el debate se estrecha.
El dato que descoloca no es la condena. Es que, en 2024, un tribunal español haya ordenado destruir libros. Se puede discutir si Varela debía entrar en prisión; lo que cuesta más es explicar que la solución pase por el fuego.