¿Provocó Europa su propia guerra?
El 12 de noviembre de 2024, el Ministerio de Defensa ruso denunció un ataque ucraniano con misiles de largo alcance contra la región de Briansk. La respuesta de Moscú fue inmediata: «Occidente quiere una escalada». Dos años antes, en un foro de economía, decenas de analistas ya lo vaticinaban: Europa buscaba el conflicto armado y lo iba a tener. Ahora, con la guerra en curso y las economías europeas tambaleándose, la pregunta es si los datos dan la razón a los que alertaron de que las élites bruselenses estaban empujando al continente al abismo.
La lógica económica de la escalada
Detrás de la retórica belicista hay una corriente de análisis que sitúa los intereses de las grandes corporaciones financieras como el verdadero motor. BlackRock, el mayor gestor de activos del mundo, había estado presionando para que se incrementara el gasto en defensa. El razonamiento: una guerra prolongada en Ucrania dispararía los contratos de las armamentísticas estadounidenses y, una vez finalizada, las constructoras norteamericanas se encargarían de la reconstrucción de media Europa, endeudando al continente durante décadas. «Nos quieren esclavizados a base de deuda», resumía un análisis compartido en el debate original. Y los números acompañan: los países de la OTAN se comprometieron a destinar al menos el 2% del PIB a defensa, y algunos como Polonia ya superan el 4%. El gasto militar europeo creció un 13% en 2023, según datos del SIPRI.
Los líderes señalados
La responsabilidad política se concentra en dos nombres propios: el Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores, Josep Borrell, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Ambos han mantenido una línea dura contra Rusia desde el inicio de la invasión, impulsando sanciones y el envío de armas a Ucrania. En el debate se les acusa de actuar como «marionetas» de los intereses anglosajones, y se recuerda que Von der Leyen, siendo ministra de Defensa alemana, ya había mostrado su inclinación por una política exterior agresiva. La ironía es que mientras Bruselas promete «apoyar a Ucrania el tiempo que sea necesario», los costes energéticos y la inflación golpean con dureza a los hogares europeos.
¿Quién llora al final?
Otro dato relevante: las pérdidas rusas ya superaban las 100.000 vidas cuando el debate aún estaba activo, y las ucranianas, aunque no oficiales, se estiman igual de elevadas. Pero el costo para Europa va más allá de los muertos indirectos: la desindustrialización provocada por los precios del gas, la fuga de capitales hacia Estados Unidos y la pérdida de competitividad son factores que pesarán durante años. La pregunta que dejó el análisis original sigue abierta: «Con estos costes, ¿estaba Europa preparada para asumir las consecuencias de su propia provocación?»