Séneca amasó 30.000 millones mientras predicaba el desapego
¿Cómo se acumulan 30.000 millones de euros sin traicionar una filosofía que desprecia la riqueza? La respuesta corta: naciendo rico y sabiendo gestionarlo. Séneca, el estoico romano por excelencia, acumuló una fortuna estimada en 300 millones de denarios, lo que equivaldría a unos 30.000 millones de euros actuales. Sus propiedades se extendían por Egipto, Grecia, Roma y otros puntos del Imperio. La paradoja no pasó desapercibida en su época, y tampoco ahora: sus contemporáneos ya le señalaron la contradicción entre el discurso y la cuenta corriente.
¿Cuánto vale realmente un denario en dinero actual?
Establecer una equivalencia exacta es un ejercicio de funambulismo económico. Un cálculo recurrente parte de que un denario cubría el gasto diario de una persona: comida, alojamiento, vestimenta y servicios básicos. Trasladado a precios corrientes, eso sitúa cada denario en una horquilla de entre
75 y 120 euros, con un punto medio estimado de 100 euros. Aplicada a los 300 millones, la cifra resultante es mareante, pero conviene cogerla con pinzas.
El problema es que la comparación directa entre economías separadas por dos milenios es tramposa. El trigo, por ejemplo, se cotiza hoy en el entorno de los
200-220 dólares por tonelada gracias a la mecanización, los fertilizantes y el transporte abaratado. A principios del siglo XX, con una mecanización incipiente, rondaba los 500-600 dólares equivalentes. En Roma, sin agricultura intensiva ni cadenas de frío, el poder adquisitivo real de un denario dependía de la cosecha, la región y la estación.
La paradoja estoica que sus contemporáneos ya señalaron
Séneca fue uno de los máximos exponentes del estoicismo, una escuela que predica la indiferencia hacia los bienes materiales y la paz con las propias pasiones. Sus
Cartas a Lucilio siguen vendiéndose como manual de vida austera. La contradicción entre ese ideal y sus propiedades no es un descubrimiento contemporáneo: Publio Suilio Rufo, un político que aspiraba al puesto de consejero de Nerón, lo acusó de usura y de mantener relaciones con Agripina. Nada de eso está probado.
Hay quien sostiene que el estoicismo clásico funcionaba como ideología de élite: permitía a los ricos desconectarse de las contradicciones del sistema sin cuestionarlo. La esclavitud, institución sobre la que se sostenía la economía romana, apenas aparece problematizada en los textos estoicos. Enfrente pesa otro argumento: el estoicismo no exige pobreza, sino gestionar lo que uno tiene sin dejar que lo domine.
¿De dónde salió el dinero de Séneca?
El detalle que desmonta muchas fantasías: Séneca no se hizo rico predicando.
Nació millonario. Su padre, retórico de prestigio, manejaba un patrimonio considerable, y su madre pertenecía a una familia acomodada. A eso sumó una carrera política y financiera que le permitió multiplicar lo heredado. Sus enemigos lo acusaron de usura, el negocio de prestar dinero con intereses, habitual entre la élite senatorial.
Casos como el de Craso ilustran hasta qué punto la acumulación romana podía ser depredadora: se cuenta que disponía de un equipo privado de bomberos. Cuando ardía un edificio, acudía a ofrecer la compra a precio de saldo de las ínsulas a punto de arder. Una vez adquiridas, ordenaba extinguir el fuego. Los antiguos propietarios pasaban a ser inquilinos de su propia casa.
¿Se vivía mejor en Roma que ahora?
La discusión derivó hacia una pregunta incómoda: ¿un mileurista actual tiene mejor vida que el emperador más rico? Hay argumentos para ambos lados. El más obvio: analgésicos, antibióticos, fruta fresca todo el año, pescado en perfecto estado, colchones que ningún romano soñó, calefacción, aire acondicionado, información universal a un clic. Un chaval de barrio periférico supera en confort material al cónsul mejor instalado de la Antigüedad.
En contra pesa que Roma no era un estercolero medieval. La ciudad superó el
millón de habitantes, con un sistema de abastecimiento de agua y una red de alcantarillado que no volvió a verse hasta hace dos siglos. Las termas de Caracalla siguen en pie como recordatorio de la ingeniería disponible. Y la élite romana disponía de villas, esclavos, médicos personales, entretenimiento y viajes que la mayoría de los mortales actuales no verá jamás. Plinio el Viejo tenía cuatro villas fabulosas repartidas por Italia, cada una con sirvientes manteniéndolas a punto para cuando al señor le diera por visitarlas.
El estoicismo de Séneca y la esclavitud romana
Un punto donde la conversación se vuelve incómoda es la esclavitud. Hacia el siglo II, los esclavos romanos disfrutaban de una protección jurídica considerable: no podían ser golpeados sin motivo, ni matarlos, ni separar a las familias. Paradójicamente, algunos análisis señalan que la progresiva prohibición de la esclavitud supuso una pérdida de derechos para los trabajadores: un esclavo inválido no podía ser despedido sin más; un hombre libre, sí.
Séneca escribió sobre la clemencia y la dignidad, pero jamás cuestionó el sistema esclavista. No era un abolicionista avant la lettre. Era un romano rico del siglo I.
Al final, la pregunta que subyace no es cuánto valía un denario. Es si acaso existe un filósofo que haya vivido sin contradicciones. Osho predicaba el desapego y acumuló
93 Rolls Royce, argumentando que era tan absurdo acumular coches como billetes en el banco. Diógenes, el original, vivía en un tonel y le dijo a Alejandro Magno que se apartara, que le tapaba el sol. Ese sí que no tenía acciones en el puerto de Gades.