El "turismo" de hoy en día es una auténtica vergüenza: millones de movimientos de auténticas masas de personas para sacarse unas fotos para decir que han estado allí, sin hablar con la gente autóctona y por supuesto sin conocer absolutamente nada del país o zona, ni cómo funciona ni a qué se dedica ni nada de nada (tampoco lo saben de su propia zona así que...); esas masas que se juntan y se apelotonan y que no se distancian ni un milímetro ni una calle que esté fuera de su "zona turística" (no vaya a ser que vean cosas que no quieren (pobreza, suciedad, delincuencia...), esas masas que gastan dinero y dinero y más dinero empobreciendo la sociedad en su conjunto (porque no nos olvidemos de que no pertenece a la economía productiva y tampoco nos engañemos que, la gran mayoría del turismo de hoy en día tampoco aporta ningún tipo de riqueza cultural).
El que defienda el turismo de hoy en día es porque es un ignorante o porque es un empresario hotelero, un camarero desesperado o alguien a quien le conviene a título individual, no como sociedad.
Al igual que el turismo digo lo mismo con el fútbol y más deportes de masas, puros negocios improductivos que mueven unas cantidades ingentes de dinero.
Y no estoy de acuerdo que las necesidades básicas están cubiertas, en absoluto. ¿Cuánta gente hay que no tiene casa en propiedad? porque yo considero la vivienda necesidad básica y no tener que hipotecarse a 30 años por un pisito tacaño.
En mi opinión habría que hacer un reajuste muy serio entre el negocio del ocio y las necesidades básicas. Esto es el mundo al revés, mis abuelos me decían que primero había que ahorrar y luego con lo ahorrado me compraba lo que necesitaba (y sin gastármelo todo ojo, teniendo algo por si acaso). Hoy en día el ahorro está penalizado y el consumismo extendido como un potente bicho.
La lectura que yo hago es más o menos la siguiente
Vivimos en un mundo que no crece (al menos el mundo desarrollado). Nos pueden hablar los políticos de crecimiento, todo mentiras (bastante keynesianas, crecimiento del empleo basado en gasto público innecesario). La población envejece, no hay natalidad, no hay "futuros pardillos" a los que vender los pisos a precios desorbitados ni los planes de pensiones cuya gráfica histórica (la que te venden los comerciales, explicándote que como siempre ha sido así el futuro también va a ser así) parece prometer un crecimiento imparable.
La historia ha tenido altibajos, algunos muy largos. Épocas oscuras. Pero como venimos de un crecimiento sin precedentes en la historia de la humanidad (el Siglo XX) seguimos con la pauta equivocada de que nuestro ahorro vale algo. El ahorro vale en tanto hay actividades productivas que demandan inversión. Lo mismo que el factor trabajo depende de actividades productivas que lo demanden. Ahora no hay inflación, ni falta dinero (hay de sobra y si no lo fabrican los bancos centrales) y por la informatización y robotización el factor trabajo cada vez vale menos.
Penalizan el ahorro porque el gasto privado es imprescindible para mantener con vida a muchísimos negocios que de lo contrario generarían parados que irían a aumentar el gasto social. Quieren inflación porque así se diluyen las deudas estatales. Y si hay deflación de un producto aumentarán la carga impositiva del mismo para satisfacer su voracidad keynesiana de hacer nuevas aceras (¿recordáis el Plan E de Zapatero? estimular la economía y el empleo mediante el gasto en pequeñas obras) o aeropuertos innecesarios, yendo a gastos más faraónicos.
Pero no lo van a conseguir. La demografía manda. Está estudiado que desde la gran crisis USA 2008-2009 (llegó retardada a Europa y se vio prolongada por la cabezonería de Trichet de no bajar tipos hasta que salió Draghi (*) al terreno de juego) el consumidor gasta con mucha menos alegría que antes en cosas superfluas. Ha aumentado la propensión al ahorro por el miedo a perder el empleo (ojo, dentro de que los países del sur de Europa siguen invadidos de cigarras) y a medida que la población envejece, siendo consciente de la incapacidad de muchos estados (sobre todo España) de sostener los sistemas de pensiones públicas, ahorrará más y más. Incluso si sus ahorros pierden poder adquisitivo.
Las pensiones en España están en una de las peores situaciones del mundo para llegar a ser sostenibles
¿Por qué creéis que han puesto una RBU? dado que la gente no gasta no puede financiar la gran capa de actividades improductivas que evitan el colapso social (restaurantes caros, tiendas de cupcakes, coches de 50.000 pavos, turismo...) en la misma medida que antes. Y como España se ha quedado en tierra de nadie en Economía (no tiene productos de alto valor añadido como Suiza y Alemania, y para fábricas de bajo valor añadido no es competitiva frente a los países emergentes, te llevas la fábrica de España a Jovenlandia y ya está) la solución es la RBU, que es meter la mano en el bolsillo del que aún conserva el empleo para repartirlo. Robin Hood o Curro Jiménez hacían algo similar.
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(*) como curiosidad, la mujer de Draghi es descendiente de la familia Medici, las élites, como decía en el post anterior, siempre eligen los negocios seguros.
Mario Draghi, el italiano impasible
Mario Draghi no es de los que se arrugan fácilmente. Salvada la sorpresa inicial por la atlética irrupción de una antigua activista de Femen con el amenazador mensaje, al presidente del Banco Central Europeo (BCE) no se le borró su permanente y enigmática media sonrisa y continuó, imperturbable, la rueda de prensa que el pasado miércoles daba en Fráncfort.
Su firma estampada en los billetes de euro circula diariamente por nuestras manos. Sin embargo, más allá de su cometido público de gran banquero europeo, poco sabemos lo que esconde aquella letra de buen colegial, tan limpia y clara. Draghi es un italiano atípico. No solo no gesticula, apenas mueve los músculos de la cara. Es extremadamente celoso de su vida privada. Rehúye los focos de la vanidad y concede entrevistas con cuentagotas.
Draghi (Roma, 1947), el mayor de tres hermanos, nació en una familia acomodada.
El padre era banquero y la progenitora, farmacéutica. La desgracia le convirtió con solo 15 años en el jefe de la familia. Perdió a sus padres con pocos meses de diferencia. Y esa debe ser de las experiencias que marcan una vida.
Disfrutó de una formación excelente, primero en el Instituto Massimo, un prestigioso centro educativo de los jesuitas, y después en la universidad romana de La Sapienza y en el Massachusetts Institute of Technology, el célebre MIT, donde fue el primer italiano en doctorarse. Que Draghi prometía lo demuestran los padrinos que tuvo en su vida académica. Primero, Federico Caffé, gran divulgador del keynesianismo en Italia, y después el Nobel Franco Modigliani.
Tras unos años de docencia en universidades italianas e instituciones de EEUU, aterrizó en la Administración pública. Entre 1991 y el 2001, fue director general del ministerio del Tesoro, desde donde dirigió una de las mayores transformaciones del sistema económico italiano.
El privatizador
Puso fin al enorme entramado de empresas públicas privatizando bancos, petroleras, telecomunicaciones, autopistas o empresas de alimentación. Allí curtió, más si cabe, su impasibilidad y determinación enfrentándose a toda una élite de
barones y ejecutivos de Estado reacios a perder sus privilegios. Su trabajo fue tan apreciado que en aquellos 10 años los nueve gobiernos de distinto tonalidad político que se sucedieron le confirmaron en el cargo.
Poco después fue gobernador del Banco de Italia tras una salida precipitada de su antecesor. Entonces hizo algo poco habitual. Vendió sus acciones y depositó las ganancias en un
blind trust, un fondo que no puede controlar, y colocó los bienes inmuebles de la familia en otro fondo, este sin ánimo de lucro, llamado
Serena, el nombre de su mujer con la que lleva casado toda una vida.
Se conocieron cuando Mario tenía 19 años y se casaron tras siete años de noviazgo. Experta en literatura inglesa,
Serena tiene orígenes nobles como descendiente de Bianca Cappello, esposa de Francesco I de Medici. Son padres de dos descendientes y abuelos de un nieto.
Como presidente del BCE ejerce una gran autoridad. También con su rostro imperturbable en el 2012 soltó una frase salvadora en un momento en que las primas de riesgo, entre ellas la de España, amenazaban desastre: «Haré todo lo que haga falta para salvar el euro. Créanme, lo que haga falta». Y le creyeron.
Su último golpe ha sido el plan de expansión cuantitativa (QE), la compra de bonos que no gusta en Alemania, y que ha merecido el calificativo de heroico. A Draghi le duele no ser querido por los alemanes. Cuando su nombre sonaba para la presidencia del BCE, el sensacionalista
Bild le atacó así: «Para un italiano la inflación es algo tan normal como el tomate sobre los espaguetis».
Víctima de la inflación
Pocos días antes de anunciar el QE el pasado enero quiso desmentir este prejuicio en una de sus raras entrevistas, concedida en este caso al semanario
Die Zeit, y lo hizo con una experiencia personal, cuando la inflación se comió la herencia de su padre que debía ser suficiente para pagar los estudios a los tres hermanos: «La primera vez que volví a Italia en 1976 me encontré con que todo lo que quedaba era apenas el equivalente a unos pocos cientos de euros». El juez de Familia había ordenado al tutor de los pequeños que invirtiera el dinero en bonos del Tesoro a plazo fijo y aquella decisión hizo evaporar el dinero.
Austero, determinado, imperturbable, Draghi es el italiano de mayor proyección internacional, pero en toda carrera, por brillante que sea, hay siempre algo que rechina. En su caso es el paso por Goldman Sachs International para dirigir la estrategia europea del banco. Se le considera responsable de una operación de venta de derivados a Grecia que permitió a este país entrar en el euro sin reunir las condiciones. El presidente del BCE siempre lo ha negado.