Trump eleva el fentanilo a arma comercial contra China
El fentanilo ha dejado de ser un problema de salud pública para convertirse en un capítulo más de la guerra comercial entre Estados Unidos y China. La acusación es directa: el gigante asiático estaría subvencionando la producción de precursores químicos que alimentan la crisis de opioides en suelo estadounidense. Un informe de un comité especial de la Cámara de Representantes, difundido en abril de 2024, sostiene que investigadores accedieron a una web gubernamental donde aparecían
devoluciones fiscales para la fabricación de precursores de fentanilo y otras drogas sintéticas. La tesis que circula es que Washington no tiene otro mecanismo de coerción que cortar el comercio para forzar a Pekín a dejar de surtir esos químicos.
¿Qué dice el informe sobre los precursores chinos?
El documento, presentado por un comité enfocado en contrarrestar al gobierno chino, apunta a que las autoridades habrían estado
subvencionando directamente la fabricación de materiales empleados por los traficantes para producir el opioide fuera de sus fronteras. La acusación no es menor: sitúa a Pekín en el centro de la cadena de suministro químico que termina en las calles estadounidenses.
La respuesta desde el otro lado no se hizo esperar. Hay quien sostiene que el fentanilo es
facilísimo de fabricar y que se produce en México e incluso dentro de Estados Unidos, por lo que la conexión china sería una excusa más. El contraataque tiene su propia munición: China ya habría cortado exportaciones de minerales y materiales críticos, lo que convierte la disputa en un intercambio de golpes comerciales donde el opioide es solo el pretexto visible.
La tesis de la venganza histórica: del opio al fentanilo
La comparación con las guerras del opio del siglo XIX recorre buena parte del análisis. La secuencia es conocida: la Compañía de las Indias Orientales introdujo opio de contrabando en China, y para la década de 1830
la adicción se hizo visible con fumaderos en todos los barrios y moribundos por las calles. El emperador reaccionó prohibiendo el tráfico, espantado por el efecto social y la sangría de plata. Ahora, la lectura que se hace desde ciertos sectores es que Pekín aplica la misma técnica a la inversa: usar la droga como instrumento de desgaste contra Occidente.
La hipótesis de la represalia química encaja con el resentimiento histórico. Se argumenta que China no olvida lo que le hicieron y que, sabiendo que tarde o temprano habría otro choque, estaría devolviendo la jugada con los mismos métodos. Es una tesis que no se puede probar, pero que ordena el relato de forma tentadora.
El origen real del fentanilo: recetas médicas y farmacéuticas
Antes de culpar a Pekín, conviene recordar cómo entró el fentanilo en Estados Unidos. La versión que más peso tiene en el análisis apunta a la sanidad estadounidense: el opioide se recetaba para el dolor, y detrás hay toda una industria farmacéutica con un magnate condenado. El fentanilo es un
analgésico mayor que solo se administra en hospitales o en parches para dolor crónico, con una dosificación mínima pero constante que no genera adicción si se usa correctamente. El problema surge cuando se desvía hacia el mercado negro.
La adictividad del fentanilo es superior a la de la heroína, aunque su poder euforizante sea menor. Eso explica que los cárteles lo hayan introducido en la heroína y la cocaína para provocar una dependencia más rápida y pertinaz. La teoría de que todo es culpa de las farmacéuticas se queda corta: el opioide también se receta en España y en Europa, y su presencia en las calles españolas ya se considera un hecho.
¿Quién lava el dinero del fentanilo?
La dimensión financiera del negocio es la que menos se discute. Se sostiene que hay miles de ciudadanos chinos en suelo mexicano, con laboratorios de elaboración, y que muchos colaboran en el lavado del dinero obtenido del tráfico. El destino de esos fondos serían
bancos exclusivamente chinos. Si eso es cierto, el rastro del opioide no termina en el laboratorio: acaba en el sistema financiero.
La contraargumentación es igual de contundente: si el dinero de la droga se lava en la City londinense, la responsabilidad occidental es tan grande como la asiática. La discusión sobre quién blanquea qué se convierte en un intercambio de acusaciones donde nadie sale limpio.
La decadencia estadounidense como causa primera
Hay una corriente que desplaza el foco por completo. Sostiene que el gobierno estadounidense es el
principal causante de su propia drogadicción, igual que en España ocurrió con la heroína en los ochenta. La droga que aparece por toneladas no surge de la nada: requiere complicidades, cajas opacas y una élite que mira hacia otro lado. La comparación con los contras nicaragüenses y el auge del narco mexicano se usa como precedente.
Desde esta óptica, el problema no es chino sino doméstico: una parte de la población joven ha perdido los valores y se embarca en un viaje hacia la muerte. Acusar a Pekín sería una forma de eludir la responsabilidad propia. Las mafias estarían dentro de Estados Unidos, ocultas tras bufetes de abogados de Chicago.
El pulso comercial: aranceles, yuan y minerales críticos
El fentanilo es la excusa visible de un conflicto más amplio. China ya habría cortado exportaciones de minerales y materiales críticos, y la guerra arancelaria sigue escalando. La caída del yuan abarata las exportaciones chinas y tensa aún más la relación. La pregunta que sobrevuela es si Washington puede permitirse abrir un frente químico cuando ya tiene uno comercial y otro tecnológico.
La tesis de que Trump busca proteger a su país choca con la evidencia de que es un millonario de Nueva York y BlackRock. ¿Se preocupa de verdad por la población más miserable o usa el fentanilo como coartada para justificar nuevas medidas? El análisis se atasca exactamente aquí: en la imposibilidad de separar la crisis de opioides de la geopolítica que la envuelve.