«Nunca más aguas mil en abril»: una frase atribuida a un divulgador
Un divulgador ambiental ha asegurado —según el relato difundido en un foro a partir de una intervención en La Sexta— que España no volverá a vivir esas «aguas mil» de abril que promete el refranero. La sentencia es rotunda, casi de profecía, y choca de frente con una realidad incómoda: en España, que no llueva en primavera ha sido históricamente tan normal como la excepción. La afirmación, difundida a través de La Sexta, sirvió de detonante para una discusión que mezcla datos, negacionismo, teorías sin pruebas y un negocio —el de la sostenibilidad— que mueve dinero de verdad.
Qué dijo el divulgador y por qué incomoda
La tesis, atribuida a un divulgador ambiental que ejerce como asesor en sostenibilidad para empresas e instituciones, va mucho más allá de un pronóstico meteorológico: sostiene que el clima español ha cruzado un umbral del que no hay vuelta. No es un desconocido. Acumula premios, firma documentales como
Terra Verda y
Naturalmente para TVE y
Riu Avall para TV3, y trabaja asesorando a compañías en economía circular.
Ahí está el primer punto de fricción. Hay quien sostiene que quien advierte del colapso climático lo hace, en muchos casos, cobrando de las empresas que después aplican las recetas, y que el
negocio de la sostenibilidad mueve dinero sin que quien vive de él tenga incentivo para moderar el alarmismo. Ese reproche invalida el mensaje de raíz para sus críticos; el contraargumento también tiene recorrido: un médico cobra por curar y eso no desacredita la medicina. La diferencia es que aquí no hay cura, sino pronóstico, y los pronósticos absolutos envejecen mal.
La sequía pertinaz de 1943-1945: esto ya pasó antes
La historia desmiente la novedad del fenómeno. España sufrió entre
1943 y 1945 la llamada «
sequía pertinaz», documentada por la propia Biblioteca Nacional. Hubo
restricciones de consumo de agua en Madrid y otras ciudades, fábricas que pararon por falta de energía hidroeléctrica y un ferrocarril tocado. Muchos ríos y arroyos quedaron reducidos a un hilo de agua. Y ni siquiera existía el relato del coche y la calefacción como culpables.
Las sequías son recurrentes. Llevábamos mucho tiempo sin una y de ahí viene buena parte del asombro. El calendario hídrico español se ha movido siempre entre sequías severas y primaveras generosas, y de eso el refranero sabe más que cualquier telediario.
Aguas mil, en abril, nunca fue un derecho adquirido: era una aspiración meteorológica que se cumplía unas veces y otras no.
Chevrones en el cielo y otras teorías sin pruebas
Junto a las críticas con base —la sequía cíclica, el negocio del clima— convive un submundo de hipótesis que no resisten el menor análisis. Parte de la conversación ha recuperado los conocidos como
chemtrails, la idea de que alguien rocía el cielo desde aviones con fines ocultos. Un veterano meteorólogo andaluz,
Julio Marvizón, con tres décadas presentando el tiempo en Canal Sur, ha defendido en entrevistas que observa «nubes nuevas» en la estratosfera. No hay ningún estudio que respalde una fumigación global; es una sospecha sin evidencia, por mucha audiencia que arrastre.
Algo parecido ocurre con las imágenes apocalípticas del futuro —ciudades acotadas, alimento sintético, control de la movilidad— que se cuelan cada vez que se discute cómo repartir el agua. Y con las explicaciones de urgencia: una erupción volcánica registrada en
enero de 2022 y el Niño se han llegado a señalar como autores del último tren de borrascas. Actividad volcánica hubo, claro; elevarla a causa principal es otro viaje.
El consenso como argumento: ¿ciencia o política?
Aparece aquí la objeción más repetida: la ciencia no funciona por consenso, avanza a base de refutaciones. Es un argumento formalmente atractivo y algo tramposo. El consenso no es unanimidad de fe, es el estado de la evidencia tras décadas de revisión por pares. Que una amplia mayoría de especialistas coincida en una dirección no cierra la investigación; la orienta.
Conviene, eso sí, separar dos cosas que el relato oficial mezcla sin rubor. Una es el diagnóstico físico, medible y contrastable. Otra es la batería de medidas que se presentan como única respuesta posible: impuestos, restricciones de consumo en el hogar, cambios de dieta. Que lo primero sea sólido no obliga a tragarse lo segundo sin discutir el coste.
El negocio del carbono tiene tantos interesados en el diagnóstico como en la solución.
Y de mayo, ¿nada?
La evolución del asunto es elocuente. Cuando por fin llegaron las lluvias, la atención se desplazó al matiz: si no caían en abril, no servían; si caen de más, el culpable vuelve a ser el mismo.
El comodín que lo explica todo tiene un problema serio, y es que también explica lo contrario.
Queda un dato que nadie termina de cuadrar. España lleva años discutiendo recortes de consumo de agua en plena era de embalses conectados y economía circular, con la sequía como bandera y el campo como rehén. ¿Y si la pregunta correcta no fuera cuánto llueve, sino quién decide qué se hace con lo que cae?