El País Vasco roza los 40.000 euros de renta y aun así se le discute el motor
El País Vasco luce una de las rentas por habitante más altas de España —cerca de 40.000 euros en paridad de poder adquisitivo, según la cifra que maneja uno de los participantes— y, aun así, la sospecha de que se ha quedado quieta lleva años instalada. El estancamiento económico del País Vasco no se discute por un mal dato, sino porque la foto macro no cuadra con la calle. Cuanto mejores son las cifras, más gente levanta la ceja. La comunidad que fue uno de los tres grandes focos industriales del país compite hoy, en el relato, con Málaga, Baleares o incluso Madrid. Esa es la paradoja que sostiene el pulso.
¿Es el País Vasco tan rico como dice el PIB per cápita?
El número que esgrimen quienes defienden la comunidad en el hilo es el PIB per cápita en paridad de poder adquisitivo, que uno de los participantes cifra cerca de los 40.000 euros y por encima de la media española. Hay quien afina al detalle local: el PIB por habitante de
Hernani estaría cerca de los 40.000 euros, un 40% por encima de la media nacional y prácticamente igual al de San Sebastián. Con esas cifras, sostener que la comunidad se desangra parece, como mínimo, exagerado para quienes las defienden.
Contra eso pesa el argumento clásico del coste de vida. Tener más renta no equivale a ser más rico si los precios, y sobre todo la vivienda, no se miden igual: un participante lo resume señalando que en Baleares se ven más coches caros y más millonarios que en el País Vasco. El matiz técnico, que se apunta de refilón en el hilo, es que
el poder adquisitivo en paridad no se calcula región a región, de modo que la comparación tiene trampa en ambos sentidos.
El empleo público como locomotora: Osakidetza, Ertzaintza y la RGI
El reproche más repetido apunta a una economía sostenida por la administración. Un desglose que circula reparte a la población entre
un 30% en Osakidetza, un 20% en la Ertzaintza, otro 20% en el resto de la administración y un 10% en la RGI, dejando un margen estrecho para el sector privado. La consecuencia que se señala: la gente se mata por aprobar una oposición de enfermería o de policía, y la industria que queda aguanta pero resulta inaccesible sin contactos.
El paralelismo con el PER extremeño o con las pensiones asturianas aparece una y otra vez. La idea de fondo es que cuando la principal salida laboral es una plaza pública, el dinamismo se apaga solo.
La herencia industrial y el cupo foral
Buena parte del diagnóstico mira al pasado. Se habla de dos generaciones que trabajaron como mulos y dejaron un tejido industrial de primer nivel, y de una caída en los años 80 seguida de una recuperación de la posición relativa de la comunidad. El sistema foral se lee en dos direcciones opuestas. Para unos es una ventaja que fuerza la disciplina: si tus empresas quiebran, recaudas menos y te aprietas. Según uno de los participantes, cuando
Fagor cayó nadie fue a pedir socorro al ministerio, porque no había a quién pedir. Para otros, el cupo es precisamente el dopaje que impide saber si la fortaleza es real o prestada.
Una demografía que no arranca
El dato que más incomoda no es el dinero: son las personas. Según se sostiene en el hilo, la comunidad mantiene
prácticamente la misma población que en 1980, mientras Madrid ha sumado dos millones de habitantes. La explicación más repetida es de manual: sin empleo no hay nacimientos, y sin nacimientos no hay relevo generacional. La industria resiste; la demografía, no. Sobre el idioma se aporta otro dato: un participante cifra en unos 2,5 millones las personas que saben euskera en todo el mundo, y se discute si eso es mercado o argumento.
El espejo incómodo de Baleares, Málaga e Ibiza
Aquí el pulso se vuelve tenso. Hay quien sostiene que
Baleares y Málaga han adelantado a la comunidad por mucho, y quien responde reivindicando el paisaje y la gastronomía. La anécdota recurrente, contada por uno de los participantes, es la de una isla que planifica un tranvía y hasta una segunda piscina olímpica mientras Donosti no puede ni soñarla. Asturias, que se reconoce en declive por goleada pero reivindica su naturaleza y su gente, funciona como espejo amable.
¿Por qué se compara al País Vasco con Extremadura o Asturias?
Porque el aviso lo repiten varios participantes: sin iniciativa privada rentable, el futuro se parece demasiado al de las regiones que viven de la subvención. La advertencia no es que la comunidad sea pobre, sino que su motor público puede acabar pareciéndose al modelo que ya lastra a otras. Ahí está el nudo del asunto.
Todo esto deja una pregunta en el aire: si la renta per cápita sigue arriba y el malestar también, ¿qué se está midiendo de verdad?