La humanidad tiene, por fin, la física resuelta. O eso afirman quienes impulsan el nuevo salto del motor warp: cerradas las ecuaciones, toca diseñar y probar. La noticia es tan reciente como difícil de verificar, pero no surge de la nada. En 1994, el físico mexicano Miguel Alcubierre propuso un modelo de deformación del espacio-tiempo que, sobre el papel, permitiría viajar a varios múltiplos de la velocidad de la luz sin violar la relatividad. De ahí a una nave hay un trecho, y los propios defensores reconocen que el plazo puede medirse en décadas o siglos.
¿Hay algo detrás del anuncio?
Lo que circula como prueba es, principalmente, un vídeo que los escépticos describen como generado por inteligencia artificial y con un doblaje poco fiable. Las reacciones han ido de la sátira a la burla: la comparación con la eterna vacuna contra el cáncer en ratones, la broma sobre la «junta de la trócola» o los «warp tricilíndricos» para aparcar en el centro resumen el estado de ánimo general. Los partidarios del avance citan como apoyo un laboratorio de física y una revista de divulgación, pero ninguna institución científica ha mostrado un prototipo ni ha validado las ecuaciones en una revisión por pares.
La distancia entre el papel y la nave
Que se hayan resuelto unas ecuaciones no significa que exista una máquina. El salto de un modelo matemático elegante a un motor capaz de curvar el espacio-tiempo es enorme, y la comunidad científica no ha visto nada que se acerque a una prueba. La historia de la ciencia está llena de anuncios grandiosos que se desinflaron. También está llena de ideas que parecían disparatadas y funcionaron. A corto plazo, lo único que se curvará será el precio de las acciones de cualquier firma que se autodeclare interestelar. A largo plazo, quién sabe. Si alguien tiene un taller para soldar el continuo espacio-tiempo, que levante la mano.