Casi mayo y en la meseta sigue haciendo un frío de pelotas
Hay una paradoja que se repite cada primavera y que este año vuelve a dejar a más de uno con la chaqueta puesta: entrados en la segunda quincena de abril, con el calendario casi en mayo, en buena parte de la meseta y del norte peninsular las temperaturas mínimas siguen desplomándose por la noche y el termómetro se niega a subir. El refranero, que lleva siglos avisando, lo resume en una frase que se repite estos días: hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo. Es decir, hasta el 10 de junio puede hacer frío y llover. Todo en orden, dicen los más templados. Otros, en cambio, sostienen que el patrón se ha roto: que los veranos ya no duran tres meses, que las borrascas entran una detrás de otra y que el famoso anticiclón de las Azores se ha esfumado del mapa.
El termómetro que no cuadra con el relato oficial
El punto de partida es una observación tan simple como incómoda: en zonas de la meseta y del norte, a finales de abril, sigue haciendo un frío que no corresponde a la época. En la Sierra Granadina se registraban
+4 ºC con la chimenea a tope, y en Sierra Nevada, nieve y
-1 ºC, con previsión de
-3 ºC esa misma noche. En Canarias, en zonas de medianías y en la parte norte de la isla mayor, frío, lluvia y viento nocturno para ser Canarias. En Mataró, agua a
15 grados. Y en un pueblo de la provincia de Toledo, máxima de
16 ºC y mínima de
8 ºC un 8 de mayo.
La comparación con otros puntos de Europa refuerza la sensación de desajuste. Un amigo en Suiza marcaba
+21 ºC el mismo día en que en la Sierra Granadina se estaba a +4 ºC. Diez grados de diferencia a favor del país alpino. «Desde hace dos meses hace más frío y lluvia en España que en Suiza», resume quien aporta el dato. La conclusión, en su versión más cruda: calentamiento global, mis huevos morenos.
¿Por qué se ha pasado de llamarlo calentamiento global a cambio climático?
La pregunta sobrevuela toda la conversación y tiene una respuesta que se repite con sorna: porque el primero hacía el ridículo. El argumento que circula es que el término «calentamiento global» se quedó corto o incómodo cuando los inviernos seguían siendo duros y las primaveras frías, así que se recicló la etiqueta a «cambio climático», más elástica y capaz de absorber cualquier anomalía, haga frío o calor. La ironía se afila: sufrimos un «incremento negativo de las temperaturas» a causa del cambio climático, o un «calentamiento asintomático», o un «calentamiento inverso».
No es solo una discusión nominal. Detrás hay una acusación política recurrente: que el problema se plantea como excusa para subir impuestos y financiar con ellos la estructura de la administración. La fórmula que se repite es que todo se arregla pagando más a los gobernantes para que lo gestionen a su manera. El escepticismo, aquí, no va contra la ciencia sino contra el uso político del relato.
El verano que dura quince días y el anticiclón desaparecido
La queja meteorológica se convierte en queja económica cuando se mira el calendario de los últimos años. El verano pasado, que otros años duraba dos meses y medio, duró
15 días. En el norte, el tiempo solo cambió el
15 de julio: calor un mes, dos semanas de julio y una de agosto, poco más. En Madrid, junio fue fresco y lluvioso, y en julio apenas hizo calor. Quien lo cuenta asegura haber estado con jersey en casa hasta junio, algo que no le había pasado nunca.
El patrón que se describe es el de una entrada continua de borrascas: sale una, entra otra. Y la pregunta que queda flotando es dónde está el anticiclón de las Azores. Antes, las olas de calor sahariano empezaban en mayo, muchas veces mayo era más caluroso que junio, y el calor veraniego duraba tres meses con semanas infernales, de dormir en la bañera. Ahora, en cambio, las piscinas que abrían por San Isidro se encuentran con que nadie va porque no hace tiempo de baños.
El refranero como fuente de datos
Frente al relato del verano más cálido de la historia, la hemeroteca personal y el refranero se erigen en prueba. Abril aguas mil. Hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo. Lluvias de abril y mayo son las mejores del año. El invierno no pasado hasta que abril no haya acabado. La lista de refranes es larga y todos apuntan en la misma dirección: que el frío tardío no es ninguna anomalía, sino la norma de un país con primaveras traicioneras.
La discusión se encona cuando se cruza con la política. Hay quien sostiene que los termómetros se han vuelto negacionistas, y quien responde que el negacionismo es creer que en abril se puede ir en gayumbos. La descalificación mutua ocupa varios tramos del intercambio. También aparece la teoría conspirativa de turno: profecías que anunciaban estaciones confundidas, cambios de polos magnéticos y erupciones volcánicas capaces de alterar el clima durante años. Nada de eso está respaldado por pruebas.
La apuesta: ¿cuándo se hablará de sequía?
Mientras unos discuten si el ciclo es nuevo o es el de siempre, otros ya miran al siguiente titular. La pregunta que se lanza es cuándo empezarán a hablar de sequía, ahora que los pantanos están llenos y las borrascas no dan tregua. La especulación inmobiliaria también asoma: hay quien dice que la costa del norte se vendía como el nuevo Mediterráneo y que más de uno está comprando pisos allí esperando el pelotazo. Que se lo coman con patatas, sentencia el comentario.
El fondo del asunto es una tensión que no se resuelve con un refrán ni con un titular: la diferencia entre lo que dicen los datos agregados y lo que siente el cuerpo en la calle. Un abril frío no refuta una tendencia global, y una tendencia global no explica por qué en la meseta todavía hay que encender la chimenea. Con el calendario casi en mayo y el termómetro desplomado, la única certeza es que el sayo sigue puesto. ¿Hasta cuándo?