Natalidad en mínimos: el «baby boom» que solo ven algunos
¿Está España viviendo un baby boom 2.0? La percepción de un repunte de nacimientos recorre conversaciones de oficina, grupos de amigos y celebraciones familiares. El punto de partida de este asunto es una observación doméstica: un forero de 38 años, residente en Madrid, describe que su mujer está embarazada y tiene a dos compañeras de trabajo, una a cada lado, igualmente embarazadas, más otras dos a punto de dar a luz y varias amigas en la misma situación. En su pueblo, añade, conoce a otras tres. Todas, subraya, de pareja española. La anécdota sirve para abrir un asunto que va mucho más allá de un círculo concreto: si esa acumulación de embarazos es un fenómeno real o un espejismo estadístico.
Cuántos nacimientos hay realmente en España
La respuesta corta es que no. El dato que circula en la conversación, aportado por un participante, sitúa los nacimientos ligeramente por encima de
300.000 al año, la cifra más baja de la historia reciente. De ese total, según ese mismo cálculo, en torno a un tercio —unos
100.000— corresponden a padre o madre extranjero. En comunidades como Madrid o Cataluña, esa proporción se acercaría al
50%. Y, sin embargo, el país gana cerca de medio millón de habitantes al año por otras vías. La conclusión que se extrae de esos números es incómoda: la población crece, pero no por los nacimientos.
El desfase entre percepción y estadística tiene una explicación sencilla que se repite en la conversación: la coincidencia de edad. Quien tiene entre 30 y 40 años ve embarazos por todas partes porque su entorno entero ha llegado a la edad en que se plantea tener hijos. La comparación que se hace es la de las bodas: hace unos años parecía que todo el mundo se casaba y dentro de unos años parecerá que todo el mundo se muere. No es un boom, es una cohorte atravesando la misma etapa vital al mismo tiempo.
La edad del primer hijo: 38 años y embarazo geriátrico
El asunto deriva rápido hacia la edad. El autor del mensaje inicial tiene 38 años y espera su primer hijo. En términos clínicos, un embarazo a partir de los 35 se considera geriátrico, con riesgos asociados que la propia conversación reconoce: quien va a ser madre tiene 35. La discusión se divide entre quienes ven ahí una temeridad y quienes defienden que es simplemente la edad a la que hoy se tienen hijos.
El argumento de los primeros es biológico: la ventana óptima para tener hijos estaría entre los 18 y los 25, como mucho hasta los 30, y a partir de ahí aumentarían los problemas. El argumento de los segundos es económico y vital: a los 38 se tiene casa pagada, estabilidad y capacidad para dar a un hijo una vida en condiciones. Se añade un matiz generacional: los 50 de ahora se parecen más a los 40 de antes, y la gente de 65 años del futuro llegará más joven al final de su vida laboral.
Hay incluso quien reivindica haber tenido hijos tarde como una ventaja: haber viajado, conocido mundo y vivido sin cargas antes de la paternidad. La réplica es que ese razonamiento oculta una realidad: quien los tuvo con 29 no ha salido de su casa en años, salvo escapadas de proximidad. Ninguna de las dos partes cede.
El argumento demográfico y la tensión social
La conversación se enrarece cuando entra el factor migratorio. Una parte de los intervinientes sostiene que el crecimiento poblacional no viene de los nacimientos, sino de la llegada de personas de otros países, y lo hace con un tono que este artículo no reproduce. El dato que manejan es el ya citado: un tercio de los nacimientos serían de padre o madre extranjero, y en Madrid o Cataluña cerca del 50%. La proyección que lanzan es que en 30 años el país será irreconocible.
Frente a eso, otra corriente señala que el problema no es quién nace, sino cuántos nacen. La discusión sobre vacunas y salud infantil que aparece en el intercambio no está respaldada por evidencia científica y se deja aquí como lo que es: una opinión sin sustento.
Qué dicen quienes ya han sido padres tarde
La experiencia de quienes han tenido hijos a edades similares aporta matices. Un padre de 39 años con dos hijas, nacidas en 2019 y 2022, sostiene que las tuvo demasiado tarde y que debería haberlas tenido diez años antes, aunque no considera que hacerlo a los 35 sea un desfase grave. Su abuelo tuvo a su primogénito a los 34. Otro caso: un abuelo que tuvo a su hijo en 1955 con 41 años. La conclusión que se extrae es que tener hijos después de los 40 no es ninguna novedad histórica, aunque hoy se perciba como excepcional.
El contraargumento es que la esperanza de vida y la estructura familiar han cambiado. A los 65 años, un padre de un hijo nacido a los 38 tendrá un hijo de 27; si lo tuvo a los 27, tendrá un hijo de 38. La diferencia no es solo de edad: es de tipo de relación, de energía disponible y de tiempo compartido.
El dato que descoloca: la natalidad no repunta
Con
300.000 nacimientos anuales —la cifra más baja registrada, según el cálculo que circula en la conversación— y un tercio de ellos de padres extranjeros, el baby boom 2.0 no aparece por ningún lado en los datos. Lo que hay es una cohorte de treintañeros y cuarentones teniendo hijos a la vez, en un contexto de natalidad en mínimos. La percepción es real. El fenómeno, no. Y mientras tanto, el país sigue ganando habitantes por la puerta de atrás. Ironía fina: el único boom que se sostiene es el de la estadística que nadie mira.