Volver de China y encontrar una España «una década por detrás»
Cuatro años bastan para que la vuelta a casa se convierta en un inventario de agravios. Un arquitecto gallego que residía en China regresó, y en lugar de guardar silencio publicó catorce puntos sobre lo que se encontró:
infraestructuras envejecidas, precios desanclados de los salarios, atención al público desganada y la impresión de que el país funciona como decorado para visitantes. El ejemplo que más ha circulado es la estación de Chamartín, hoy en reforma, y la terminal T1 del aeropuerto. El resultado fue un
charco de respuestas encendidas: unos firman el diagnóstico entero, otros rebaten que quien lleva cuatro años fuera pierde el derecho a opinar.
Qué dice el español que vuelve de China sobre España
El primer bloque es material: buena parte de la infraestructura se ha quedado atrás respecto a la Asia desarrollada, «como una década», y hay instalaciones directamente tercermundistas. Sobre el coste de vida, el resumen es que todo es
absurdamente caro y que no existe relación entre salarios y precios. El segundo bloque es humano: trabajadores de cara al público con desgana y malas caras, hasta el punto de que hubo quien se le encaró por pedir un servicio.
El tercero es demográfico y sorprendió a más de uno. El autor llama la atención sobre la ausencia de adolescentes de entre
13 y 18 años en las calles gallegas, que contrasta con lo que veía en China, donde a esa edad se estudia. Cierra con dos matices que sus críticos suelen ignorar: el país, dice, sigue siendo un buen sitio para vivir, aunque con problemas evidentes en la relación capital-trabajo y un coste de vida demasiado alto.
Por qué comparar España con China dispara el rechazo
La refutación más repetida tiene que ver con la escala. China es un país reconstruido en tres décadas y con enormes recursos, así que tener infraestructuras nuevas no sería mérito, sino consecuencia aritmética de partir de cero. Se añade que el desarrollo chino va por zonas y que siguen existiendo cientos de millones de personas en la agricultura de subsistencia o en barrios precarios de las ciudades.
Hay incluso quien va más lejos y sostiene que el retrato responde a una agenda: que el autor actúa como altavoz de un relato interesado, que no ha pisado el país o que simplemente presume de haber vivido fuera. Del otro lado, la defensa es que
se puede ser crítico con China y con España a la vez, y que descalificar al mensajero no rebate ni uno de los catorce puntos.
Va en una dirección parecida otro argumento recurrente: quien echa de menos mejoras visibles debería mirar cuánto se ha hecho en los últimos veinte años y no cuánto queda por hacer. Y un tercero, más incómodo: la ventaja china en obra pública se financia con un modelo que nadie aquí quiere importar.
Bumercracia, turismo masivo y lentitud: los puntos con más réplica
La descripción de España como una
bumercracia ha hecho fortuna. La idea es que el país está gobernado de facto por una generación que compró
vivienda a precios de otra época y que defiende sus rentas por encima de cualquier otra consideración. En el terreno turístico, el diagnóstico es que hay ciudades convertidas en escenario para visitantes, con mención expresa a Santiago de Compostela y A Coruña y la advertencia de lo que ocurre en Mallorca, Alicante o Málaga.
El conformismo y la lentitud completan la lista. El autor sostiene que apenas se perciben cambios relevantes en casi un lustro, mientras en otras latitudes se acumulan transformaciones. La respuesta desde el otro lado es la resignación bien argumentada: se vive razonablemente bien, existe una base sólida y no hay catástrofe que justifique el tono apocalíptico.
Lo curioso es que casi nadie discute los puntos concretos. Se discute el derecho a formularlos.
¿Es más libre un ciudadano chino en su día a día?
Aquí el debate gira por completo. Se afirma que en China un extranjero no percibe la presión que soporta un nacional de por vida y que el grado de control social, con denegación de salidas del país incluidas, no tiene comparación con lo que hay aquí. La contrarréplica es que la libertad cotidiana se mide en otras cosas: abrir un negocio, circular, comprar o vender una vivienda sin cargas fiscales desmedidas.
Es decir, la discusión no es sobre el sistema político, que ambas partes dan por conocido, sino sobre qué entiende cada uno por libertad. No hay acuerdo posible con ese punto de partida. Y el detalle que descoloca lo pone la propia legislación china: obtener la nacionalidad allí es, se argumenta, prácticamente imposible, lo que convierte el retorno en la única salida disponible para quien se instala. Porque el gran tema del fondo no es China. Es qué se encuentra quien vuelve.