España ha perecido: el despertar que nunca llega
La gota fría que arrasó municipios valencianos dejó sobre el terreno una cifra que no admite discusión: según el relato que recorre el debate, el PSOE fue la fuerza más votada en buena parte de los 58 municipios valencianos devastados por la dana. No hubo revueltas. No hubo dimisiones. Hubo, según quienes siguieron el asunto de cerca, un goteo de manifestaciones pacíficas que ya iban por la décima sin que nadie abandonara el cargo. La conclusión que se impone en una parte del análisis es incómoda: si ni un desastre natural con víctimas mortales mueve el tablero, es que el tablero ya no existe.
De la covid a la dana: dos ensayos de lo mismo
El punto de partida del malestar no es la dana. Es una secuencia. La pandemia primero, con confinamientos que muchos consideraron inconstitucionales y que no provocaron ni una sola protesta masiva. La dana después, con municipios anegados, vecinos durmiendo en el suelo durante semanas y una gestión que, según las versiones que circulan, incluyó la apertura de una presa sin aviso previo. En medio, un rey y un presidente visitando la zona entre abucheos y una misa con presencia institucional que muchos leyeron como un acto de campaña.
La pregunta que sobrevuela todo el asunto es por qué no pasa nada.
La respuesta más repetida es que la sociedad española está anestesiada. Hay quien lo atribuye a décadas de endofobia y autoculpa, a una desconfianza mutua que impide cualquier acción colectiva. Otros apuntan a algo más prosaico: se vive lo suficientemente bien como para no arriesgar la libertad por una venganza contra un político concreto. La comodidad, sostienen, es el mejor calmante.
¿Por qué se vota igual después de una catástrofe?
Porque votar, dicen los más escépticos, se ha convertido en un gesto amortizado. Los partidos que se han alternado en el poder están, en palabras que se repiten, agotados. Y sin embargo, la gente sigue metiendo el papelito en la urna.
La paradoja es que el mismo electorado que se queja de la gestión es el que sostiene a los gestores. Hay quien ve en eso una prueba de que el sistema funciona como anestesia: permite descargar la frustración cada cuatro años sin cambiar nada estructural.
Frente a esa lectura, otra corriente sostiene que la abstención es la verdadera respuesta y que quienes la defienden son, en realidad, agentes desmoralizadores que benefician al adversario. El reproche es mutuo y no se resuelve: unos acusan a los votantes de borreguismo, otros a los abstencionistas de cobardía disfrazada de pureza.
El reemplazo demográfico y el negocio de la población
El foco se desplaza después a las cifras. España ganó más de medio millón de habitantes en 2023, según los datos europeos que se manejan en el debate. Alemania, en cambio, perdió más de 900.000. La lectura que se hace de ese contraste es doble: unos ven una sustitución de población autóctona por migrante; otros, una huida de los alemanes de su propio país.
El dato que nadie discute es el saldo: 525.000 personas más en un solo ejercicio.
La discusión derivó hacia territorios más ásperos. Hay quien sostiene que los recién llegados son atendidos en hoteles mientras los autóctonos se aprietan en pisos, y quien responde que si vinieran con armas la cosa sería distinta. La conversación se cruza con otra tesis: que los que llegan vienen a ocupar el hueco de una población envejecida y sin hijos, más ocupada en adoptar mascotas que en reproducirse. El intercambio se vuelve circular y no produce conclusiones.
Cataluña, el País Vasco y la tentación secesionista
En paralelo, una parte del análisis sostiene que el problema no es solo el Gobierno central, sino la existencia de territorios que considera desleales.
La única salida que se plantea desde esa óptica es la secesión, aunque nadie concreta cómo se materializaría ni con qué apoyos. La idea queda flotando como hipótesis de trabajo más que como programa.
Otros miran hacia atrás y sitúan el punto de no retorno mucho antes. Hay quien fija la fecha en 2004, con los atentados de Madrid, y quien la retrasa hasta 2009 o 2014. La coincidencia es que el deterioro lleva dos décadas en marcha y que la dana solo ha confirmado un diagnóstico previo.
El despertar que algunos creyeron ver en las calles valencianas se quedó, según los más críticos, en cuatro pancartas y una fase de aceptación: «es lo que nos ha tocado», repetían los entrevistados en sus casas destrozadas.
¿Hay salida política o ya es tarde?
La respuesta más extendida en el debate es que ninguna opción política actual sirve. El PP, se argumenta, ofrece una gestora con buen historial pero con un modelo que incluye llenar la Comunidad de Madrid de población extranjera y decirlo con orgullo. El PSOE, directamente, ni se considera.
La idea de que el sistema se arregla votando más fuerte se ha convertido en el chiste recurrente del asunto.
Queda la vía de la organización al margen del sistema, con referencias a grupos clandestinos y a revoluciones integrales que nunca se detallan. Y queda la vía de la salida individual: quien pudo, se fue. Desde fuera, con una bolsa de palomitas, se contempla cómo el país se descompone. La frase que cierra muchas intervenciones es la misma: cuando cierren el grifo de la deuda, toda España será Paiporta.
El dato que descoloca no es económico. Es que, según el propio relato del debate,
el partido más votado en los municipios arrasados por la dana fue el mismo que gestionaba la emergencia. Si eso no mueve nada, no hay catástrofe capaz de hacerlo.