Récord de participación a las 14:00 con caída en Cataluña y País Vasco
Michavila pronosticó un récord de participación a las dos de la tarde. El dato no batió la marca con holgura —se quedó en el entorno de los máximos de la serie— pero la dirección era la que él anticipaba. Y ahí empezaba lo interesante: mientras el conjunto aguantaba, Cataluña y el País Vasco se descolgaban a la baja, Madrid perdía un 5% y el voto por correo se convertía en el gran agujero de la jornada.
PP y Vox sumaban 190 diputados en la primera proyección conocida; el escrutinio, horas después, dejaba esa cifra en el aire.
¿Por qué el dato de las 14:00 no es un récord tan claro?
Porque la serie histórica admite comparaciones incómodas. En la misma franja horaria ha habido
cuatro elecciones con más participación y una adicional con un dato prácticamente idéntico, de un total de catorce convocatorias. Es decir: el porcentaje es alto, no excepcional. Quien sostiene que el dato certifica una marea imparable se apoya en una lectura generosa; quien lo despacha como irrelevante olvida que en 2019 la abstención marcó su récord histórico y que bajar dos puntos sobre ese suelo no es poca cosa. El matiz importa, porque de él depende la tesis central del día: si la participación no se dispara, el vuelco depende de dónde sube y dónde baja, no de cuántos acuden a votar.
El mapa de la participación: sube donde gobierna la derecha y cae en Cataluña y País Vasco
El patrón se repitió con pocas excepciones:
la participación creció en los territorios donde gobierna la derecha, con Castilla-La Mancha y Navarra como contraejemplos, y cayó en los feudos donde el PSOE necesitaba distancia sobre el PP. Los dos grandes hundimientos fueron Cataluña y el País Vasco. La conclusión que se extraía de ese cruce, en el análisis que circuló durante la jornada, era que de no cambiar la tendencia
habría hecatombe socialista. La caída catalana tenía además un componente anticipado: varios observadores daban por hecho que sería la comunidad donde más se notara, con Girona a la cabeza. Sobre el motivo hay más especulación que dato: se apunta a una desmovilización del votante más nacionalista —un boicot, en el lenguaje de algunos—, hipótesis que ninguna cifra recogida hasta ahora permite confirmar.
El voto por correo: 2,5 millones de papeletas y una cuenta sin cerrar
El porcentaje que se manejó durante la jornada no incluía el voto por correo. Ese es el detalle que muchos señalaron como la trampa del día:
se distribuyeron 2,5 millones de papeletas por Correo, el doble que en 2019, y ese volumen puede mover el reparto final en las provincias ajustadas. Falta por saber qué peso relativo tiene sobre el total y cómo se reparte. Con ese agujero abierto, cualquier lectura del escrutinio es provisional. El cálculo que se hacía a pie de urna convertía cada punto de participación en números gruesos: una caída de cuatro puntos
equivaldría a alrededor de 1,4 millones de votantes menos respecto a la convocatoria anterior. A la espera del recuento definitivo, todo apuntaba a unos pocos cientos de miles de votantes menos.
De los 190 diputados a los 152: las proyecciones de la noche
Las cifras de escaños se movieron más que la participación. La primera estimación conocida daba PP y Vox en 190 diputados. Ya de madrugada, otra lectura dejaba al PP en torno a 152 y a Vox en torno a 30. El sondeo previsto para la noche televisiva manejaba 152 y 32. Y la encuesta de cierre, difundida con las urnas ya cerradas, bajaba al PP a 144 y a Vox a 29, 173 en total. Cada ajuste tenía su propia explicación y ninguno cerraba el asunto. En la parte final de la jornada ya circulaban reproches hacia la figura de Michavila, señalado por algunos como responsable del exceso de optimismo que arrastró el PP durante toda la campaña.
Queda el dato que descoloca: una jornada con la participación en el entorno de sus máximos, el doble de voto por correo que cuatro años antes y, aun así, la sensación de que el resultado no lo decidió quién fue a votar, sino quién dejó de ir. ¿Dónde estaba el elector que faltaba?