El pavor de este nuevo accidente del AVE, todavía con el dolor del anterior, es un aviso serio. Cuesta contemplarlo sin pensar en un país que se cae a pedazos, aplaza soluciones y acaba acostumbrándose a lo intolerable. La decadencia abstracta se concreta de forma cruel cuando su precio se cuenta ya en muchas vidas.
Este espanto nos recuerda de forma brutal que ya no podemos ignorar el colapso que nos rodea: una sanidad donde esperar meses para cualquier cosa es la norma, una educación convertida en adoctrinamiento que produce adultos infantilizados y semianalfabetos, un país donde encontrar un fontanero, un electricista o un albañil es misión imposible, donde no se construye nada porque entre otras cosas nos dicen que no hay quien lo haga, mientras el gobierno se jacta de tener millones cobrando el IMV, un país abierto de par en par a la inmi gración ilegal y a la intervención extranjera donde se nos presenta como un pequeño accidente que 80000 personas entren en una ciudad. Todo el país cayéndose a pedazos mientras el Gobierno y su equipo se justifican con consignas y propaganda mientras intentan destruir desde las cloacas lo que queda de pie del estado.
Y, debajo de todo, una juventud sin futuro, sin esperanza y sin ilusión. Jóvenes que trabajan sin poder emanciparse, que encadenan sueldos de miseria mientras la vivienda es una quimera inaccesible. Formamos a quienes terminan marchándose para encontrar fuera la dignidad que aquí es inalcanzable. Cada uno de ellos que se va deja un hueco que hace aún más profunda la miseria que nos rodea.
Y lo peor es que estamos acostumbrándonos a esto, como si fuera inevitable. En aceptar la desidia, el abandono, la avería y la precariedad como si fueran fenómenos naturales. Un país puede seguir funcionando durante años mientras consume sus reservas: las infraestructuras, la confianza, el esfuerzo de sus profesionales, la paciencia de sus ciudadanos. Hasta que esas reservas se agotan y lo que parecía aguantar se rompe de golpe de forma dramática.
La tormenta lleva tiempo formándose. Estas tragedias tienen el sonido del primer granizo contra los cristales: seco, brutal, imposible ya de ignorar. Si seguimos aplazando las reparaciones y confundiendo la propaganda con las soluciones, llegará el momento en que cada fallo arrastre al siguiente. Entonces comprenderemos lo que significa el colapso: descubrir, en mitad del temporal, que el techo bajo el que nos creíamos a salvo llevaba años pudriéndose.
El futuro de España no lo conozco, pero sé como va a ser: durísimo.
Este espanto nos recuerda de forma brutal que ya no podemos ignorar el colapso que nos rodea: una sanidad donde esperar meses para cualquier cosa es la norma, una educación convertida en adoctrinamiento que produce adultos infantilizados y semianalfabetos, un país donde encontrar un fontanero, un electricista o un albañil es misión imposible, donde no se construye nada porque entre otras cosas nos dicen que no hay quien lo haga, mientras el gobierno se jacta de tener millones cobrando el IMV, un país abierto de par en par a la inmi gración ilegal y a la intervención extranjera donde se nos presenta como un pequeño accidente que 80000 personas entren en una ciudad. Todo el país cayéndose a pedazos mientras el Gobierno y su equipo se justifican con consignas y propaganda mientras intentan destruir desde las cloacas lo que queda de pie del estado.
Y, debajo de todo, una juventud sin futuro, sin esperanza y sin ilusión. Jóvenes que trabajan sin poder emanciparse, que encadenan sueldos de miseria mientras la vivienda es una quimera inaccesible. Formamos a quienes terminan marchándose para encontrar fuera la dignidad que aquí es inalcanzable. Cada uno de ellos que se va deja un hueco que hace aún más profunda la miseria que nos rodea.
Y lo peor es que estamos acostumbrándonos a esto, como si fuera inevitable. En aceptar la desidia, el abandono, la avería y la precariedad como si fueran fenómenos naturales. Un país puede seguir funcionando durante años mientras consume sus reservas: las infraestructuras, la confianza, el esfuerzo de sus profesionales, la paciencia de sus ciudadanos. Hasta que esas reservas se agotan y lo que parecía aguantar se rompe de golpe de forma dramática.
La tormenta lleva tiempo formándose. Estas tragedias tienen el sonido del primer granizo contra los cristales: seco, brutal, imposible ya de ignorar. Si seguimos aplazando las reparaciones y confundiendo la propaganda con las soluciones, llegará el momento en que cada fallo arrastre al siguiente. Entonces comprenderemos lo que significa el colapso: descubrir, en mitad del temporal, que el techo bajo el que nos creíamos a salvo llevaba años pudriéndose.
El futuro de España no lo conozco, pero sé como va a ser: durísimo.