España colapsa ya de forma acelerada.

Vías de tren agrietadas al atardecer, metáfora del colapso de las infraestructuras en España
RESUMEN DEL DEBATE · elaborado con IA

El nuevo accidente del AVE reabre la pregunta incómoda: ¿cuánto aguanta un país que aplaza reparaciones? Un tren que no llega. Un familiar que tenía que ir de Sevilla a Madrid y que, tras el último accidente del AVE, ya busca otra forma de viajar.

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CRÓNICA DEL DEBATE POR TRAMOS
  1. El hilo se llena de comparaciones con Roma y de reproches al Gobierno (28 Oct 2026 – 28 Oct 2026)

El Buho

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El pavor de este nuevo accidente del AVE, todavía con el dolor del anterior, es un aviso serio. Cuesta contemplarlo sin pensar en un país que se cae a pedazos, aplaza soluciones y acaba acostumbrándose a lo intolerable. La decadencia abstracta se concreta de forma cruel cuando su precio se cuenta ya en muchas vidas.

Este espanto nos recuerda de forma brutal que ya no podemos ignorar el colapso que nos rodea: una sanidad donde esperar meses para cualquier cosa es la norma, una educación convertida en adoctrinamiento que produce adultos infantilizados y semianalfabetos, un país donde encontrar un fontanero, un electricista o un albañil es misión imposible, donde no se construye nada porque entre otras cosas nos dicen que no hay quien lo haga, mientras el gobierno se jacta de tener millones cobrando el IMV, un país abierto de par en par a la inmi gración ilegal y a la intervención extranjera donde se nos presenta como un pequeño accidente que 80000 personas entren en una ciudad. Todo el país cayéndose a pedazos mientras el Gobierno y su equipo se justifican con consignas y propaganda mientras intentan destruir desde las cloacas lo que queda de pie del estado.

Y, debajo de todo, una juventud sin futuro, sin esperanza y sin ilusión. Jóvenes que trabajan sin poder emanciparse, que encadenan sueldos de miseria mientras la vivienda es una quimera inaccesible. Formamos a quienes terminan marchándose para encontrar fuera la dignidad que aquí es inalcanzable. Cada uno de ellos que se va deja un hueco que hace aún más profunda la miseria que nos rodea.

Y lo peor es que estamos acostumbrándonos a esto, como si fuera inevitable. En aceptar la desidia, el abandono, la avería y la precariedad como si fueran fenómenos naturales. Un país puede seguir funcionando durante años mientras consume sus reservas: las infraestructuras, la confianza, el esfuerzo de sus profesionales, la paciencia de sus ciudadanos. Hasta que esas reservas se agotan y lo que parecía aguantar se rompe de golpe de forma dramática.

La tormenta lleva tiempo formándose. Estas tragedias tienen el sonido del primer granizo contra los cristales: seco, brutal, imposible ya de ignorar. Si seguimos aplazando las reparaciones y confundiendo la propaganda con las soluciones, llegará el momento en que cada fallo arrastre al siguiente. Entonces comprenderemos lo que significa el colapso: descubrir, en mitad del temporal, que el techo bajo el que nos creíamos a salvo llevaba años pudriéndose.

El futuro de España no lo conozco, pero sé como va a ser: durísimo.
 
@burbubot el próximo lunes ya no se acuerda ni el tato del accidente, ahora viene Halloween.

Un deleite de relato, pero si me quedo con una sola frase me quedo con la que dices de pasada: "se está recogiendo lo que se ha plantado". Ahí está el fondo del asunto, el resto es la anécdota del Falcon y el Primavera Sound.

Y lo que hay plantado se ve en la primera mañana de pánico en cualquier oficina:

  • Autónomos bajando la persiana sin esperar a la resaca. La barrera no es un impuesto nuevo, es la acumulación de costes fijos sobre un margen que ya no da.
  • Alquiler comiéndose salarios enteros mientras la administración mira a otro lado esperando que el problema se resuelva solo por decreto.
  • Dependencia creciente de un turismo que funciona bien hasta que aprieta el frío o hay una huelga de azafatas.

El presupuesto siempre aparece cuando hace falta, pero para sostener la estructura, nunca para los que la sostienen a base de trabajar. A eso súmale las cientos de miles de llegadas que ya cuentan para la foto y que no traen infraestructura debajo.

La vida sigue siendo la misma de siempre: a la fila, no levantar la voz y no esperar otra cosa.

Del lunes ya nadie se acuerda, efectivamente. Hasta mediados de septiembre no se vuelve a hablar de este asunto en el telediario. Si en octubre no se ha terminado de corregir la situación, la próxima temporada viene peor.
 
El pavor de este nuevo accidente del AVE, todavía con el dolor del anterior, es un aviso serio. Cuesta contemplarlo sin pensar en un país que se cae a pedazos, aplaza soluciones y acaba acostumbrándose a lo intolerable. La decadencia abstracta se concreta de forma cruel cuando su precio se cuenta ya en muchas vidas.

Este espanto nos recuerda de forma brutal que ya no podemos ignorar el colapso que nos rodea: una sanidad donde esperar meses para cualquier cosa es la norma, una educación convertida en adoctrinamiento que produce adultos infantilizados y semianalfabetos, un país donde encontrar un fontanero, un electricista o un albañil es misión imposible, donde no se construye nada porque entre otras cosas nos dicen que no hay quien lo haga, mientras el gobierno se jacta de tener millones cobrando el IMV, un país abierto de par en par a la inmi gración ilegal y a la intervención extranjera donde se nos presenta como un pequeño accidente que 80000 personas entren en una ciudad. Todo el país cayéndose a pedazos mientras el Gobierno y su equipo se justifican con consignas y propaganda mientras intentan destruir desde las cloacas lo que queda de pie del estado.

Y, debajo de todo, una juventud sin futuro, sin esperanza y sin ilusión. Jóvenes que trabajan sin poder emanciparse, que encadenan sueldos de miseria mientras la vivienda es una quimera inaccesible. Formamos a quienes terminan marchándose para encontrar fuera la dignidad que aquí es inalcanzable. Cada uno de ellos que se va deja un hueco que hace aún más profunda la miseria que nos rodea.

Y lo peor es que estamos acostumbrándonos a esto, como si fuera inevitable. En aceptar la desidia, el abandono, la avería y la precariedad como si fueran fenómenos naturales. Un país puede seguir funcionando durante años mientras consume sus reservas: las infraestructuras, la confianza, el esfuerzo de sus profesionales, la paciencia de sus ciudadanos. Hasta que esas reservas se agotan y lo que parecía aguantar se rompe de golpe de forma dramática.

La tormenta lleva tiempo formándose. Estas tragedias tienen el sonido del primer granizo contra los cristales: seco, brutal, imposible ya de ignorar. Si seguimos aplazando las reparaciones y confundiendo la propaganda con las soluciones, llegará el momento en que cada fallo arrastre al siguiente. Entonces comprenderemos lo que significa el colapso: descubrir, en mitad del temporal, que el techo bajo el que nos creíamos a salvo llevaba años pudriéndose.

El futuro de España no lo conozco, pero sé como va a ser: durísimo.
España es un estado fallido.

Y no desde ayer por la mañana, lo es estructuralmente y cada vez habrá más y más tropiezos en su trayectoria.
 
El pavor de este nuevo accidente del AVE, todavía con el dolor del anterior, es un aviso serio. Cuesta contemplarlo sin pensar en un país que se cae a pedazos, aplaza soluciones y acaba acostumbrándose a lo intolerable. La decadencia abstracta se concreta de forma cruel cuando su precio se cuenta ya en muchas vidas.

Este espanto nos recuerda de forma brutal que ya no podemos ignorar el colapso que nos rodea: una sanidad donde esperar meses para cualquier cosa es la norma, una educación convertida en adoctrinamiento que produce adultos infantilizados y semianalfabetos, un país donde encontrar un fontanero, un electricista o un albañil es misión imposible, donde no se construye nada porque entre otras cosas nos dicen que no hay quien lo haga, mientras el gobierno se jacta de tener millones cobrando el IMV, un país abierto de par en par a la inmi gración ilegal y a la intervención extranjera donde se nos presenta como un pequeño accidente que 80000 personas entren en una ciudad. Todo el país cayéndose a pedazos mientras el Gobierno y su equipo se justifican con consignas y propaganda mientras intentan destruir desde las cloacas lo que queda de pie del estado.

Y, debajo de todo, una juventud sin futuro, sin esperanza y sin ilusión. Jóvenes que trabajan sin poder emanciparse, que encadenan sueldos de miseria mientras la vivienda es una quimera inaccesible. Formamos a quienes terminan marchándose para encontrar fuera la dignidad que aquí es inalcanzable. Cada uno de ellos que se va deja un hueco que hace aún más profunda la miseria que nos rodea.

Y lo peor es que estamos acostumbrándonos a esto, como si fuera inevitable. En aceptar la desidia, el abandono, la avería y la precariedad como si fueran fenómenos naturales. Un país puede seguir funcionando durante años mientras consume sus reservas: las infraestructuras, la confianza, el esfuerzo de sus profesionales, la paciencia de sus ciudadanos. Hasta que esas reservas se agotan y lo que parecía aguantar se rompe de golpe de forma dramática.

La tormenta lleva tiempo formándose. Estas tragedias tienen el sonido del primer granizo contra los cristales: seco, brutal, imposible ya de ignorar. Si seguimos aplazando las reparaciones y confundiendo la propaganda con las soluciones, llegará el momento en que cada fallo arrastre al siguiente. Entonces comprenderemos lo que significa el colapso: descubrir, en mitad del temporal, que el techo bajo el que nos creíamos a salvo llevaba años pudriéndose.

El futuro de España no lo conozco, pero sé como va a ser: durísimo.
¿Cómo era eso de que la Historia no se repite pero rima?

El mantenimiento centralizado y sistemático de las infraestructuras romanas en Hispania dejó de realizarse de forma pogre a lo largo del siglo V d. C., acelerándose drásticamente a partir del año 409 d. C. con la entrada de los pueblos germánicos (suevos, vándalos y alanos) y la subsecuente desintegración del Imperio Romano de Occidente. [1, 2, 3]
El colapso del mantenimiento no ocurrió de la noche a la mañana, sino a través de un proceso de decadencia institucional y económica:
    • La crisis del siglo III d. C.: El declive comenzó mucho antes de la caída definitiva. Las dificultades económicas, la devaluación de la moneda y la inestabilidad política redujeron drásticamente los presupuestos municipales que las élites locales (decuriones) destinaban al cuidado de los monumentos y servicios públicos. [1]
    • Las invasiones del siglo V d. C. (A partir de 409 d. C.): Con la pérdida del control administrativo por parte de Roma y la fragmentación del territorio, el sistema fiscal imperial colapsó. Sin impuestos centralizados, desaparecieron los fondos para la conservación de las grandes obras. [1, 2]
    • La ruralización de la sociedad: La población abandonó paulatinamente las grandes urbes para refugiarse en villas rurales autosuficientes. Esto provocó el desuso y abandono inmediato de las infraestructuras puramente urbanas, como las termas públicas, teatros, circos y complejos sistemas de alcantarillado. [1, 2]
    • Cambio de prioridades con los visigodos: Los reinos sucesores (principalmente el reino visigodo) heredaron la red de transportes, pero carecían de la capacidad técnica y financiera de Roma. Priorizaron la defensa militar. Por ello, elementos como los acueductos se deterioraron rápidamente al no limpiarse los canales, mientras que los materiales de muchos puentes y edificios públicos fueron expoliados para construir murallas y fortificaciones. [1]
    • La supervivencia de las calzadas: Las calzadas romanas fueron la excepción. Aunque su mantenimiento técnico (limpieza de cunetas, drenajes y reposición de losas) se volvió esporádico y puramente local, su sólida base estructural permitió que se siguieran utilizando durante toda la Edad Media como rutas comerciales y de peregrinación.
 
El pavor de este nuevo accidente del AVE, todavía con el dolor del anterior, es un aviso serio. Cuesta contemplarlo sin pensar en un país que se cae a pedazos, aplaza soluciones y acaba acostumbrándose a lo intolerable. La decadencia abstracta se concreta de forma cruel cuando su precio se cuenta ya en muchas vidas.

Este espanto nos recuerda de forma brutal que ya no podemos ignorar el colapso que nos rodea: una sanidad donde esperar meses para cualquier cosa es la norma, una educación convertida en adoctrinamiento que produce adultos infantilizados y semianalfabetos, un país donde encontrar un fontanero, un electricista o un albañil es misión imposible, donde no se construye nada porque entre otras cosas nos dicen que no hay quien lo haga, mientras el gobierno se jacta de tener millones cobrando el IMV, un país abierto de par en par a la inmi gración ilegal y a la intervención extranjera donde se nos presenta como un pequeño accidente que 80000 personas entren en una ciudad. Todo el país cayéndose a pedazos mientras el Gobierno y su equipo se justifican con consignas y propaganda mientras intentan destruir desde las cloacas lo que queda de pie del estado.

Y, debajo de todo, una juventud sin futuro, sin esperanza y sin ilusión. Jóvenes que trabajan sin poder emanciparse, que encadenan sueldos de miseria mientras la vivienda es una quimera inaccesible. Formamos a quienes terminan marchándose para encontrar fuera la dignidad que aquí es inalcanzable. Cada uno de ellos que se va deja un hueco que hace aún más profunda la miseria que nos rodea.

Y lo peor es que estamos acostumbrándonos a esto, como si fuera inevitable. En aceptar la desidia, el abandono, la avería y la precariedad como si fueran fenómenos naturales. Un país puede seguir funcionando durante años mientras consume sus reservas: las infraestructuras, la confianza, el esfuerzo de sus profesionales, la paciencia de sus ciudadanos. Hasta que esas reservas se agotan y lo que parecía aguantar se rompe de golpe de forma dramática.

La tormenta lleva tiempo formándose. Estas tragedias tienen el sonido del primer granizo contra los cristales: seco, brutal, imposible ya de ignorar. Si seguimos aplazando las reparaciones y confundiendo la propaganda con las soluciones, llegará el momento en que cada fallo arrastre al siguiente. Entonces comprenderemos lo que significa el colapso: descubrir, en mitad del temporal, que el techo bajo el que nos creíamos a salvo llevaba años pudriéndose.

El futuro de España no lo conozco, pero sé como va a ser: durísimo.
Así lo veo yo también. Es agotadora la desidia ante la situación del país. Y sigue la gente con el tema de reaccionarios, rojos, hombrista, indepes, intolerante. Es una discusión cansina y previsible. En fin... Creo que el gobierno actual debería rendir cuentas y el que venga tiene una oportunidad importante. Creo que estamos recogiendo lo que hemos sembrado. Y aún hemos visto poco de lo que se nos viene encima.
 
Los jubilados o próximos a jubilarse son los que lo tienen peor como no hayan hecho los deberes...

Ellos aceptaron pagar más impuestos para su futura jubilación, y también aceptaron que esos impuestos se los gastasen en otras cosas que les beneficiaban a cambio de su voto fiel.

Las pensiones suponen el 50% del gasto público, ¿hasta cuando van a aceptar los trabajadores pagarlas a cambio de nada?
 
Última edición:
Certero (y desolador) diagnóstico. Lo que estamos viviendo me recuerda a lo que dice Don Isaac Moreno sobre el abandono del mantenimiento de las obras públicas como el más grave indicio de la caída del Imperio Romano. Solo que esta vez será con mayor estrépito.
 

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