¿Importaba la raza en el imperio español?
¿Es cierto que en el imperio español la raza no importaba? La pregunta, que suena a disquisición académica, lleva 676 días abierta y ha generado 137 respuestas sin que nadie haya conseguido cerrarla. El detonante fue un canal de YouTube en el que una conferencia de historiadores aseguraba que el tema racial era irrelevante en la América hispánica y que había gente de gran estatus en todas las etnias. A partir de ahí, el asunto derivó en un pulso entre quienes defienden que el imperio se articulaba sobre el linaje y la religión, y quienes sostienen que la pigmentación de la piel marcaba la posición social desde el primer día.
Qué decía la conferencia que abrió el melón
El punto de partida es una tesis que circula con fuerza en ciertos círculos: el imperio español no se cimentó sobre una base etnocéntrica, a diferencia de otros imperios europeos. Se argumenta que un negro podía llegar a ser bachiller en una universidad o convertirse en conquistador en igualdad con sus pares españoles, y que para los españoles de la época la religión pesaba mucho más que la raza. Las teorías racistas tal como las entendemos hoy, se dice, son un invento anglosajón del siglo XIX.
El argumento tiene munición. Los estatutos de limpieza de sangre, que excluían a judíos y moriscos de puestos de poder, se presentan como una cuestión religiosa y económica, no racial. Y se recuerda que los británicos llegaron a declarar a los nativos americanos súbditos de la corona inglesa, prohibiendo a los colonos ocupar territorio indio más allá de los Apalaches. La comparación con el trato español, sostienen, no resistiría un examen honesto.
Los que sostienen que la raza sí importaba
La réplica llega con nombres y jerarquías. Se argumenta que los españoles peninsulares, especialmente los cristianos viejos, gozaban de mayores ventajas y beneficios en la pirámide social. En América, las mujeres españolas eran apreciadas muy por encima de las indígenas por cuestiones de prestigio. Hernán Cortés abandonó a la Malinche para desposar a una mujer española. Y en Europa, los soldados españoles tenían el sentimiento de pertenecer a una sociedad superior a la de sus vecinos italianos, franceses, alemanes, ingleses y holandeses.
El dato más incómodo para la tesis igualitaria es la propia terminología virreinal: criollos, cuarterones, mestizos, ochavones. Si la raza no importaba, ¿por qué la administración española desarrolló un vocabulario tan preciso para clasificar el mestizaje? Hay quien responde que eso demuestra justo lo contrario: los españoles fueron los primeros en describir las diferencias físicas y en nombrarlas, lo que no implica discriminación. La objeción se cae por su propio peso cuando se comprueba que esas categorías determinaban derechos, tributos y acceso a cargos.
El linaje como eje: ni raza ni igualdad
Una tercera vía, quizá la más matizada, sostiene que lo que importaba no era la raza sino el linaje. En España, un negro podía llegar a ser bachiller o conquistador, pero lo que contaba era quiénes eran tus padres y abuelos. Ya podías ser bajo y morenito y más feo que un mico, que si tu ascendencia era limpia, la posición social venía dada. Los estatutos de limpieza de sangre no discriminaban por pigmentación sino por ascendencia judía o morisca, y eso era una mancha en los orígenes.
El problema de esta tesis es que el linaje y la raza se solapaban constantemente en América. La genealogía de Máxima de Holanda, por ejemplo, traza su linaje como nieta en decimocuarta generación de la princesa inca Tupac Yupanqui, a través de Catalina Paucar Ocllo Yupanqui, quien contrajo matrimonio con el encomendero Francisco de Grado y Maldonado. Los hermanos Alvarado se casaron con sendas princesas indígenas. Cuando se trataba de una rica heredera de exóticos rasgos, los pantones dérmicos salían por la ventana: se la bautizaba, se españolizaba el nombre y los hijos y nietos pasaban a ser criollos de pura cepa, fueran morenuzcos o rubicundos.
El mestizaje: ¿amor o lujuria?
Aquí el debate se vuelve áspero. Una parte sostiene que hubo mestizaje y matrimonios desde el minuto uno, no fruto de la lujuria sino de la carencia de mujeres españolas. Los hijos ilegítimos no eran algo vergonzante: el hijo de Cortés y la Malinche fue enviado a la corte de España a educarse. Descendientes de incas mezclados con españoles formaron parte del ejército español y lucharon en la guerra de la independencia contra los franceses.
La réplica es contundente: solo se las follaron consentido o no consentido y nunca aceptaron a sus vástagos, que eran criados por sus madres a la manera indígena. Los testimonios de frailes, se dice, muestran el desprecio que había hacia los bastardos. Ser mestizo estaba tan mal visto en la sociedad virreinal, por indios y españoles, porque era signo casi inequívoco de un origen extramatrimonial.
La raza como fenómeno moderno: el argumento que descoloca
Una de las intervenciones más sólidas apunta a que difícilmente se puede ser algo que no existía. No puede haber
racismo sin teoría de las razas, y no hay teoría de las razas sin una doctrina científica más o menos elaborada que la avale. Los intentos racistas antes del XIX tiraban de explicaciones bíblicas peregrinas, como que los negros estaban malditos a ojos de Dios por llevar impresa la marca de Caín.
En España, y en casi toda Europa, lo que contaba era el linaje. Pero eso no exime: la ley española no se aplicaba en las repúblicas de los indios y la Inquisición no los podía juzgar, lo que implica distinciones claras. Los propios españoles escribieron sobre los indios como seres inferiores. Juan Ginés de Sepúlveda, en la controversia de Valladolid de 1550, soltó que los indios en virtudes eran tan inferiores a los españoles como los negros a los blancos, los niños a los adultos y las mujeres a los hombres. Ese fue el primer debate sobre derechos humanos celebrado en el mundo, más de 200 años antes de la declaración francesa.
El racismo que persiste hoy
El hilo deriva hacia el presente. Se argumenta que en América es común utilizar indio como insulto y que la sociedad se dividía y se divide en castas raciales que siguen existiendo. En Perú o la República Dominicana, toda la gente rica y los políticos con poder son blancos o asiáticos, mientras que la población es mayoritariamente amerindia o mulata. Entre los mestizos, se dice, el complejo de inferioridad es instintivo, visceral y gigantesco.
La conclusión que se impone es incómoda para ambos bandos. El imperio español no fue una sociedad igualitaria, pero tampoco aplicó un racismo biológico al estilo anglosajón. Fue una sociedad clasista antes que racista, donde el linaje, la religión y el origen determinaban el acceso a derechos y privilegios. Que hubiera un negro mercenario en un ejército o que los jesuitas educaran a nobles indios no convierte el imperio en un paraíso mestizo. Y que existieran castas no lo convierte en la Sudáfrica del XVII. La pregunta inicial, 676 días después, sigue sin una respuesta que contente a todos. Lo cual, tratándose de historia, es probablemente la respuesta más honesta.