Ucrania admite 108 llegadas de misiles y solo 56 derribos
El dato más incómodo del último gran ataque ruso no salió de Moscú. Salió de Kiev. De las
108 llegadas contabilizadas el 10 de octubre por el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Ucrania, solo
56 fueron anuladas: 43 misiles de crucero, 10 drones Shahed y 3 aparatos no identificados. La otra mitad siguió su curso. Un escudo antiaéreo que funciona, literalmente, a cara o cruz.
¿Cuántos misiles intercepta de verdad la defensa antiaérea ucraniana?
Sobre ese 56 se ha montado un pulso de cifras. El Instituto para el Estudio de la Guerra y medios ucranianos sostienen que los ataques rusos alcanzaron
70 objetivos, 29 de ellos instalaciones de infraestructura crítica. Es decir: quienes anuncian el derribo de la mitad del arsenal admiten, a la vez, que la otra mitad llegó donde quería. Otra versión que circula entre los canales de seguimiento habla de
75 misiles lanzados y 40 interceptados, con el matiz de que, según ese mismo cálculo, quizá solo 15 fueran realmente interceptados; vaya usted a saber con qué criterio se cuenta un impacto. La comparación que más duele la lanzan desde el lado prorruso: Israel presume de una intercepción del
99,99% con su Iron Dome. Aquí pasa medio arsenal.
¿Por qué un misil de crucero no se intercepta como un cohete de Gaza?
Porque no vuela igual. El Iron Dome israelí está pensado para cohetes en trayectoria parabólica, de corto alcance y rumbo predecible: es muy bueno en eso y solo en eso. Un misil de crucero vuela bajo, maniobra, lleva contramedidas electrónicas y señuelos. Un balístico moderno reparte ojivas múltiples o suelta planeadores hipersónicos como el
Avangard. La conclusión que repiten los análisis más técnicos es incómoda para el marketing militar: la intercepción masiva de misiles es hoy inviable para cualquier ejército, el ruso y el estadounidense incluidos. Lo que se cuela, se cuela
de chiripa y en circunstancias muy concretas. De ahí que se cuestione el relato de los hipersónicos: si un misil normal, diez veces más barato, consigue lo mismo, la superarma es un folleto.
El coste de cada derribo, del Patriot al Scud
Hay un precedente que se rescata mucho y conviene recordar. En la primera guerra del Golfo, los Patriot se lanzaban contra Scud de fabricación soviética de los años cincuenta, con cada proyectil valorado en una fortuna. Llegó un punto en que casi todos despegaban contra señuelos sin carga explosiva: un derribo de papel
a precio de oro. Bastó que uno se colara para dejar entre 60 y 70 muertos. La defensa antiaérea no es gratis ni infalible, y el enemigo también hace cuentas.
¿Hay sistemas antiaéreos de la OTAN desplegados en Ucrania?
Aquí el terreno se mueve entre el matiz y la propaganda. Ucrania no es miembro de la Alianza, y hay quien va más allá y sostiene que en el país no opera ningún sistema de defensa antiaérea aliado. La contrarréplica es que no es Ucrania la que está en la OTAN, sino la OTAN la que está en Ucrania. Una cita difundida por el canal ruso RT lo dejó claro: una victoria de Putin sería una derrota para Occidente. Sobre el papel de supuestos operadores extranjeros conviene ser prudente, porque se afirma sin pruebas públicas y no pasa de acusación interesada. Hay quien apunta además que Alemania ha enviado a la zona lo más moderno de su inventario para intentar tapar el hueco. Sobre el terreno, con los resultados a la vista.
Defensa antiaérea a cañonazos y otras alternativas sobre la mesa
Fuera del misil hay vida. Se apunta a sistemas de cañones tipo Gatling en fuego cruzado guiados por radar, como los que montan los buques de guerra modernos. El problema no es técnico, es económico: la munición de tungsteno cuesta un riñón y por eso estos montajes solo se instalan en barcos. En paralelo, la corriente que reivindica la tecnología rusa recuerda que los estadounidenses llevan una década usando motores rusos en sus cohetes Atlas y Delta, y que los rusos se acoplan a la Estación Espacial Internacional sin dramas. El arsenal soviético no sería chatarra, viene a decir este lado; simplemente no tiene la campaña de imagen del otro.
El calendario que descolocó todos los pronósticos
Las piezas encajaron en pocas semanas. El 21, orden de movilización parcial. El 24, sabotaje del Nord Stream. Después, una ofensiva ucraniana que recupera terreno, la formalización de la anexión del Donbass el día 30, la voladura del puente y una campaña de ataques masivos con misiles contra infraestructura crítica. Quien esperaba un frente congelado se encontró con una escalada de manual en ambas direcciones.
Queda la pregunta de fondo, y no es técnica. Un escudo que promete reducir el daño a la mitad sigue siendo un escudo a medias, y sostenerlo exige un gasto que alguien tendrá que justificar cada invierno. ¿Durante cuánto tiempo más se puede vender como éxito una defensa antiaérea que, según sus propios números, deja pasar cada segundo misil?