El Ejército USA enseña a sus soldados a quedarse quietos ante un dron
Un zumbido en el cielo y el soldado se convierte en estatua. No es una figura retórica: es la primera instrucción del manual de defensa antidrón del Ejército de Estados Unidos, que ordena congelar la actividad y avisar en cuanto se detecte un aparato no identificado sobrevolando la unidad. El texto describe un escenario que ha dejado de parecer ciencia ficción: drones pequeños, baratos y silenciosos capaces de decidir una posición antes de que nadie los vea. Y sobre él se ha construido el análisis de cómo se combate hoy en Ucrania.
El punto de partida es incómodo.
Los drones de categorías 1, 2 y 3 son indetectables por radar, así que la sorpresa no es una posibilidad: es la norma. El propio manual admite que un aparato de este tipo resulta «muy difícil de observar en vuelo», incluso para un ojo entrenado, y que la luz, la meteorología y el cansancio del observador condicionan cualquier detección. Cuando el soldado lo ve, ya está en el punto de mira.
¿Por qué el soldado se queda quieto cuando aparece un dron?
Porque moverse, encender un motor o hacer fuego convierte a la unidad en un objetivo visible. La reacción doctrinal ante un aparato no identificado es la inmovilidad, y la lógica es la de quien sospecha que lleva tiempo siendo observado. A partir de ahí, se asume contacto inmediato.
A la vez, el manual prohíbe disparar a todo lo que vuele: el mismo modelo de dron puede estar en manos de los dos bandos y derribar uno propio sale caro. La alternativa es apuntar por delante, como quien caza patos, y mantener el punto sin corregir. Se propone incluso una regla de campo de fútbol para calcular ese adelanto según el tamaño del aparato. Y una idea que aparece en la conversación: hay quien apunta que el aparato capturado parecía un dron de juguete de 20 euros comprado en internet.
Trincheras, sacos terreros y camuflaje de espectro completo
El camuflaje deja de ser una cuestión visual. Las redes tipo ULCANS cubren todo el espectro electromagnético, no solo el visible, y su uso debe ser
obsesivo: el manual advierte de que un solo soldado descuidado compromete a toda su unidad. De ahí la vuelta a rutinas que parecían enterradas: nada de fuegos, nada de calefacción en los vehículos, nada de levantar el capó del motor, fuera relojes inteligentes, móviles y auriculares. En la nieve se añaden sensores ultravioleta.
La doctrina recupera dos principios viejos. El primero, la dispersión máxima, heredada de las divisiones pensadas para un campo de batalla nuclear en los años cincuenta, con la excepción de bosques densos y cascos urbanos, donde la cobertura vegetal o de los edificios permite agruparse más. El segundo, esconderse bajo la arboleda, exactamente lo que hacían los alemanes en Normandía en 1944 para no ser barridos desde el aire. La novedad es que ahora también lo practican los americanos.
Sobre el terreno, la protección se vuelve artesanal: capas de sacos terreros y planchas de acero en techos de vehículos y edificios ante la posibilidad de que caiga una granada desde arriba. Israel ha instalado estructuras de este tipo en sus carros Merkava y en otros blindados. El manual sugiere, si hay medios, una prueba incómoda: usar drones propios para comprobar cómo de visible es la propia posición.
Por qué la artillería vuelve a ser la reina de la guerra
Aquí está el argumento que cambia la lectura del conflicto. Un dron no solo mata: observa. Los datos de tiro que proporciona sobre cualquier posición enemiga son demoledores, hasta el punto de que el fuego indirecto de cualquier pieza se aproxima al fuego directo. Eso devuelve a la artillería al centro del tablero y explica por qué los frentes se han estancado otra vez como en 1914.
La comparación histórica no es un adorno. El dron kamikaze actual, con granada artesanal y espoleta de impacto, se parece al aviador de 1915 lanzando bombas a mano desde un biplano. Solo que aquello era una curiosidad y esto es la herramienta principal de una guerra de desgaste.
¿Funcionan los inhibidores de drones?
Funcionan a ratos, y esa es la conclusión que deja el material. Los equipos tipo Drone Buster obligan a mantener el apuntado sobre el aparato; otros inhibidores prometen dejar fuera de servicio a «muchos» drones con una autonomía que ni se especifica. La sospecha es razonable: se desconoce qué funcionará de verdad y qué no. Como apunta un participante, quien haya seguido cómo se compran y prueban los sistemas de armas sabe que lo prometido rara vez se cumple, y a su juicio el sistema de adquisición no es mucho más limpio aquí que en Rusia.
El problema técnico es de física, no de voluntad. Un dron de tipo FPV alcanza los 100 km/h antes de impactar, y en los vídeos se ve cómo la señal se pierde justo antes del golpe sin que el aparato deje de llegar. Salirse de las frecuencias comerciales, usar bandas poco habituales o enlaces ópticos deja al inhibidor de turno fuera de juego.
Enjambres, IA y el final de la infantería a pie
La carrera ya no va de aparatos aislados. El escenario que se dibuja es el de drones con capacidad de decidir a bordo, sin control desde tierra, y enjambres enfrentados entre sí antes de que aparezca un solo soldado. Hay quien calcula que diez aparatos con IA podrían acabar con la población de una ciudad de 80.000 personas en horas, y los especialistas antidrón ya forman parte de las plantillas de las unidades, igual que antes lo fue el tirador de precisión o el ametrallador. La Ciencia Ficción de los noventa ya avisaba: el zumbido de los insectos voladores de
Starship Troopers suena hoy sospechosamente parecido al de un cuadricóptero.
Un soldado que se descuida en el camuflaje compromete a toda su unidad. Y un aparato que cuesta como dos menús del día ya decide el resultado de una posición. Es difícil sostener que la guerra sea cosa de hombres cuando el que gana es el que no respira.