León nunca fue Castilla, ni en 910 ni en 1230
León no es Castilla. Suena a boutade, pero el escudo de España lo deja en evidencia: cuatro cuarteles, y el del Reino de León ocupa uno propio, con Galicia, Asturias, la Extremadura leonesa y las actuales provincias de Salamanca, Zamora y León dentro. Justo a su izquierda, el cuartel de Castilla. Dos reinos, dos símbolos, dos historias que corrieron en paralelo durante siglos. La pregunta, entonces, no es si León es Castilla, sino por qué demonios medio país lo cree. Y la respuesta abre una caja de truenos que tiene que ver menos con la historia medieval que con una reforma administrativa de hace cuatro décadas.
El reino de León existía antes que Castilla
El
Reino de León se funda en el año 910, fecha que la historiografía fija por convención, no por decreto. Cuando los reyes asturleoneses trasladan la corte de Oviedo a la ciudad de León, el reino ya llevaba moviéndose entre Cangas de Onís, Pravia y San Martín del Rey Aurelio. De ese tronco común nacen, por evolución y no por generación espontánea, el
condado de Castilla y el de
Portucale. Los reinos de Castilla (1065-1072, luego 1157-1230) y Portugal (1143) brotan del leonés. La paradoja histórica cae por su propio peso: ¿cómo se mete a León dentro de un ente que él mismo engendró?
Lo que ocurre en
1230 es lo que suele citarse como la «unión». A la muerte de
Alfonso IX, su hijo
Fernando III el Santo hereda ambos reinos y los junta bajo una misma corona. Unión dinástica, no fusión. León mantiene sus símbolos, su
Adelantamiento, su
Hermandad, su
Merindad Mayor y su sistema concejil. Las Cortes de Valladolid de 1293 son el ejemplo más socorrido: leoneses y castellanos parlamentaron sus asuntos por separado, aunque compartieran ciudad y fecha. La tesis de la desaparición legal del reino no se sostiene.
¿Por qué se identifica a León con Castilla si mantuvo su identidad?
Porque el sello se lo puso algo tan poco épico como la cartografía y la burocracia. En la Edad Moderna, el Reino de León aparece perfectamente perfilado dentro de la
Corona de Castilla (y de León). El
Atlas Nacional de España de Tomás López, del siglo XVIII, dibuja las provincias de León, Zamora y Salamanca con fronteras claras dentro de ese espacio. El Viejo Reino no se había evaporado: simplemente estaba incrustado en una estructura superior, algo que cualquier mapa de la época deja ver sin discusión.
El golpe definitivo llega en
1833. El
decreto de Javier de Burgos parte España en provincias bajo un esquema centralista. Las actuales provincias de León, Salamanca y Zamora quedan encajadas dentro de la
región histórica de León, con esa función casi decorativa que entonces tenían las regiones. La reforma sigue vigente en lo provincial, pero no borró la huella leonesa en el terreno identitario.
El salto al presente tiene fecha:
1983. Castilla y León nace como autonomía uniendo dos realidades que la historia había distinguido. La división de la región castellana en varias comunidades (con Santander y La Rioja separadas, entre otras piezas) y la negativa a una autonomía leonesa separada alimentaron un agravio que, según varias de las versiones que circulan, se venía gestando desde la Transición entre protestas que entonces no eran patrimonio de ningún partido: había manifestaciones con votantes de uno y otro signo antes de que los aparatos de las formaciones dieran la orden de parar en 1983. Valladolid se transformó a partir de 1984 en lo que hoy muchos describen como el gran polo administrativo tirando de la comunidad.
¿Por qué se reabre el debate sobre León y Castilla ahora?
La sospecha dominante entre quienes llevan tiempo siguiéndolo es que el asunto se ha reavivado en un momento concreto y de la mano de un partido con mayorías suficientes para haberlo movido antes. Durante décadas, la reivindicación leonesa ha estado tan dormida como la de Andalucía Oriental, y los picos de interés coinciden con ventanas políticas, no con aniversarios medievales. La lectura cínica: rédito de odios y disensiones para un nuevo filón autonómico. La lectura territorial: una identidad que se siente atropellada por un reparto de poder pensado en otras ciudades. Las dos conviven.
Hay incluso una capa más honda. La reivindicación tal como la cuenta una parte del debate no va por los derroteros de un independentismo, ni leonés ni castellano: quienes la sostienen insisten en que la ruptura con Castilla no implica ruptura con España. Que a un político le encaje o no es otro cantar.
Argumentos genéticos, de paisaje y de apellidos
Los contrafuegos son de lo más variopinto. Que la genética no entiende de fronteras administrativas, que los apellidos castellanos son mayoría en León y que eso demuestra mezcla desde siempre. Que la lengua castellana se habla en La Coruña y nadie llama castellana a Galicia. Que las diferencias culturales entre León y Valladolid o Palencia son nulas y que todo esto es un pretexto económico. La contestación tiene un filo simple: los reinos los inventan los políticos, las regiones también, y que un territorio comparta apellidos con otro no lo convierte en el mismo.
José Sánchez Rojas, escritor salmantino de entreguerras, ya dejaba caer en sus textos el
espíritu leonés de Salamanca, un matiz que la polémica actual sigue discutiendo con igual acritud.
Buena parte del desencuentro termina, como suele pasar, comparando paisajes y provincias vecinas. Es el ruido de fondo de un asunto que en realidad va de otra cosa.
La predicción que se puede hacer sin mojarse demasiado
Si el patrón se repite, la reivindicación leonesa volverá a apagarse en cuanto el calendario electoral deje de necesitarla, exactamente igual que las veces anteriores. Pero conviene marcar una diferencia con el pasado: ahora existe una masa crítica de documentación que sostiene el argumento histórico sin apoyarse en sentimentalismos. Y ese material no depende de quién gane en Valladolid. Mientras siga circulando, el fuego no se apaga del todo.