Jarra a 4 euros: el mapa real del precio de la cerveza en el bar
Hay una escena que cuenta el asunto mejor que cualquier estadística. Un vecino de la periferia de Alcalá de Henares recorre varios locales un miércoles por la noche y a las 22:20 se encuentra tres bares pasando la fregona. Sin partido, sin clientela y sin motivo para aguantar abierto. En la pizarra, la jarra a 3,70. O a 4. O a 4,50.
Esa horquilla es el meollo. En los bares de barrio de Alcalá, San Fernando y Torrejón, dar con una
jarra a 2,30 o 2,50 euros se ha vuelto una rareza: quedan unos pocos en la periferia de Alcalá, en el barrio de Venecia y en Meco. Lo habitual son
3,70 o 3,80. Y cada vez más locales cobran
4 euros, o incluso 4,50, por una jarra de Mahou o Amstel sin pestañear. Casi 750 de las antiguas pesetas.
¿Cuánto cuesta de verdad poner una jarra de cerveza?
Aquí el relato se rompe. Quien ha estado al otro lado de la barra sostiene que el margen es mucho más estrecho de lo que parece desde fuera. La cuenta que circula es esta: para cubrir una cuota de autónomos de 450 euros, con el IVA ya incluido, hay que facturar
3.630 euros en jarras a 4 euros, o sea vender 900 jarras. Solo para eso. Y para pagar a un camarero con 1.200 euros netos, el coste bruto se acerca a los 2.000 euros mensuales: hacen falta
16.000 euros de ingresos, o 4.000 jarras más.
El desglose completo, partida a partida, da cifras que a más de uno le van a sorprender. Alquiler, seguridad social, convenio, mermas, suministros. La conclusión de esta corriente es que la jarra a 4 euros no es un pelotazo, sino la consecuencia de una estructura de costes que se ha comido el negocio. Otros replican que si el negocio no da, el problema no es del cliente.
¿Por qué sube el precio y no la calidad?
Al margen del coste, hay una queja transversal: la cerveza de barril que se sirve es mediocre. La mayoría de marcas no llegan al 100% de malta de cebada, sustituida en parte por maíz y arroz, y el resultado deja que desear. A eso se suma el ritual de la jarra a 4 euros en locales donde nadie atiende en la mesa: en muchos casos, el cliente ejerce de camarero.
El círculo se cierra solo. Si el producto es flojo y el servicio es mínimo, ¿qué se está pagando exactamente? La respuesta más repetida es una palabra que no aparece en la carta:
socializar.
El bar de barrio que apaga a las 22:00
Hace apenas diez años, un miércoles cualquiera había más bares abiertos que ahora. El recuento nocturno de la periferia de Alcalá apunta en la misma dirección: locales cerrados, persianas bajadas y fregonas antes de las diez y media. La caída no es solo de precios, es de horas de actividad.
Y esa reducción tiene un efecto colateral que casi nadie calcula. Menos bares abiertos significa menos competencia, y menos competencia significa que los que aguantan tienen menos presión para bajar precios. A la vez, la distancia entre el bar de barrio y el local céntrico o de moda se ha acortado hasta casi desaparecer: ya no hay dos escalones de precio, hay uno solo.
La respuesta del cliente: litronas, latas y casa
La reacción del consumidor ha sido la más previsible de todas. Doce latas de cerveza de marca blanca por
6 o 7 euros. Doce unidades de Franziskaner de 35 cl a
0,85 euros cada una en un supermercado de descuento. Botellín a
0,35 euros en el salón de casa. Por el precio de una sola jarra en la barra se compra una tarde entera de cerveza en el sofá.
Hay quien ha llevado el razonamiento más lejos y ha dejado de pedir vino en los restaurantes: descorchar una botella en casa ahorra ocho o diez euros de un plumazo. La liturgia social, eso sí, tiene un coste que no sale en ninguna factura.
¿Cuánto se lleva Hacienda de cada jarra?
El alcohol paga IVA y un impuesto especial propio, regulado por la
Ley 38/1992, de 28 de diciembre, de Impuestos Especiales. Ahí es donde varios análisis ponen el foco: de cada euro que circula, una parte se la queda el Estado cuando se gana y otra cuando se gasta.
La comparación con otras épocas también se ha traído a colación. En anuncios de supermercado de los años ochenta, el alcohol aparecía sensiblemente más barato en términos relativos que hoy, mientras el resto de la cesta resultaba proporcionalmente más caro frente al sueldo de cada momento. Atribuir todo a la inflación, sostienen, es quedarse en la superficie.
¿Hay demasiados bares en España?
La última pata del problema es estructural. El país sostiene alrededor de
270.000 bares, un negocio que funciona como refugio para quien se queda sin empleo a los cincuenta y tantos: el traspaso de un local modesto se cierra por unas decenas de miles de euros. Se compra aquí y allá, se pone trabajo propio y se tira para adelante.
El problema es que muchos de esos negocios no son viables con las cuentas en la mano. Cuando el margen desaparece solo queda una palanca: subir el precio de la consumición pequeña. Y el café no da para tanto. En Madrid, encontrar uno por menos de 1,50 euros se ha convertido en una excepción, casi siempre en locales de gestión migrante donde la taza pesa más que el precio.
Con estos números, lo lógico sería un desplome del consumo en barra. Y sin embargo los locales siguen llenos, incluso entre semana, en un país donde cada dos pasos hay un bar. Alguien cuadra esas cuentas. De dónde sale el dinero sigue sin respuesta oficial.