La nueva Yalta se firma en Moscú y Occidente se queda mirando
Un ejército de dos millones de soldados incapaz de cruzar sus fronteras para imponer nada. Un gigante industrial al que Occidente compra buena parte de la tecnología que luego presume de dominar. Esa paradoja recorre la cumbre de Xi Jinping y Vladimir Putin en Moscú, leída por unos como el certificado de defunción de la
Pax Americana y por otros como un simple cambio de decorado con las sillas muy bien colocadas. El relato que la acompaña ya la ha bautizado como una
nueva Yalta. Una foto, por sí sola, no mueve el equilibrio de fuerzas. Pero hay algo en el tono que ha cambiado y no es solo protocolo.
Qué se ha escenificado en la cumbre de Moscú
El mensaje de fondo es que el escenario multilateral ha cambiado de maestros de ceremonia: son el presidente chino y el ruso quienes marcan el ritmo, mientras el excepcionalismo occidental despliega sus quejas sin alterar, dicen, la sustancia del nuevo orden. Para el
Sur Global esa puesta en escena pesa tanto como las decisiones concretas. La tesis se repite con insistencia: el desplazamiento del eje mundial hacia Asia-Pacífico está ya completado y esta cita funciona como su certificación definitiva. La objeción llega de inmediato. Una cumbre no reordena el mundo por sí misma, y confundir la alfombra roja con un tratado es el error clásico de cada época.
¿Es China un enano militar y tecnológico?
No, y la etiqueta se cae sola en cuanto se miran los números.
Dos millones de soldados bajo bandera y una base fabril que Occidente no replica a esa escala bastan para descartar la broma. Otra cosa es proyectar poder: Estados Unidos llega donde quiere y actúa, mientras China no ha recuperado Taiwán, el territorio que reclama bajo el principio de
una sola China, y su ejército no ha demostrado capacidad de operar lejos de casa. En tecnología, el matiz divide. Un estudio del
ASPI sitúa a China por delante de Estados Unidos en 37 de 44 tecnologías clave, de la robótica a la computación cuántica. Quien rebate echa mano del caso Huawei cuando tuvo que prescindir de Google, y sostiene que el producto chino se fabrica para vender, no para dominar.
El espejo de Roma: potente y en decadencia a la vez
Hay una comparación que se repite. El Imperio Romano de Occidente, en plena decadencia, seguía siendo temible: frenó a Atila en los Campos Cataláunicos y el caudillo no llegó a entrar en Roma, y aun así su final estaba próximo. La imagen que se proyecta de Estados Unidos es la de un imperio en el
año 400: mucho músculo heredado, cada vez menos margen. Otra analogía ahonda en lo mismo: los gobernantes de Constantinopla también creían vivir dentro de un sistema seguro y el único posible, mientras a sus puertas crecía un mundo nuevo al que llamaban de otra manera y que acabó entrando, con o sin permiso, siglos después. Y no falta quien recuerda que hubo un imperio español que seguía siendo enorme cuando ya nadie lo tomaba en serio.
Quien controla el dólar sostiene el ejército
Aquí está el argumento más material de todos. Si China empieza a exigir yuanes en lugar de dólares en el comercio con terceros países, el billete verde pierde su función de reserva y, con ella, la capacidad de financiar una maquinaria militar descomunal. La conclusión que se extrae es tajante:
mata al dólar y matarás a Estados Unidos. El corolario incómodo para Europa es que ese ejército no lo paga solo Washington, sino también los países de su órbita, bases incluidas. El cálculo detallado de qué costaría a una economía media salirse de esa estructura es, probablemente, la parte que nadie pone por escrito.
Europa, de socio a colonia olvidada
Gana peso la lectura de que el Viejo Continente lleva un siglo funcionando como provincia del imperio y que, con el tablero girando hacia Asia, acabará como esas colonias remotas que nadie recuerda. Cuanto más poder tenga el eje Pekín-Moscú, sostienen algunos, mejor le irá a una Europa hoy reducida a comparsa. Otros ven ahí un brindis al sol: cambiar de amo no es emanciparse. En medio, la sospecha de que las élites europeas defienden un orden que ya no controlan y que la ciudadanía paga la factura sin votar el diseño.
Y España, ¿qué?
Circula un diagnóstico inquietante: que España puede quedarse como bastión del orden saliente en Europa, con una clase política que mantiene un discurso llamativamente uniforme sobre la realidad. Es una advertencia atribuida, no un hecho probado, y la advertencia contraria también existe: quien espere que una ayuda exterior resuelva el problema interno se llevará una sorpresa desagradable. Nadie ha puesto todavía encima de la mesa cómo se traduce eso en empleo, energía o deuda.
¿Y si el problema no fuera quién gana la cumbre, sino que Occidente no tiene ya nada que ofrecer además de la defensa de un orden que ni dentro parece dispuesto a pagar?