El CEO que culpa a los jóvenes y ensalza a los de fuera
Dámaso Curto, consejero delegado de Grupo Billingham, lo dijo sin rodeos: «No hay cultura del esfuerzo entre los jóvenes de España y los de fuera llegan con más ganas». La frase, recogida por un medio digital, abrió un debate que en pocas horas pasó de la anécdota empresarial al retrato de un mercado laboral roto. Porque el diagnóstico del directivo tiene un problema de base: mezcla una queja moral con un fenómeno económico que lleva años documentado, y lo hace desde una posición que muchos leen como interesada.
Qué dijo exactamente el CEO de Grupo Billingham
Curto, de 52 años, no habló de productividad ni de costes laborales. Habló de ganas. Y esa palabra, en boca de un empresario que contrata, es la que encendió la mecha. La tesis es simple: los jóvenes nacidos aquí se acomodaron, los que llegan de fuera empujan más. El problema es que el propio debate desmonta esa lectura en cuanto se rasca un poco.
Hay quien responde con la evidencia que el empresario omite: la tasa de paro de la población extranjera supera la media nacional. Es decir, el colectivo que supuestamente viene con más hambre es también el que más dificultades encuentra para colocarse. Si vinieran con tanta ventaja competitiva, el dato no cuadraría.
El argumento del esfuerzo choca con la tasa de paro extranjera
Los datos que se manejan en el sector apuntan a una tasa de paro entre la población extranjera muy por encima de la media. La conclusión que extraen algunos analistas es incómoda para el relato del CEO: no hay un ejército de trabajadores predispuestos esperando entrar, sino un colectivo con más obstáculos administrativos, más precariedad y más rotación.
La otra cara del argumento es la que sostiene que el problema no son las ganas, sino el precio. Un joven con formación media mira la oferta disponible y hace cuentas: alquiler, transporte, comida. Si el salario no cubre eso, el esfuerzo no compensa. No es pereza, es aritmética.
Por qué los jóvenes no aceptan según qué empleos
Aquí el debate se vuelve más interesante. Varios participantes describen un cambio estructural en las expectativas: hace dos décadas, un joven sin estudios podía entrar en obra o hostelería y, con esfuerzo, aspirar a un coche, un alquiler o incluso una hipoteca. Hoy esa escalera se ha acortado por abajo y por arriba.
El resultado es una generación que ha aprendido a calcular el retorno de su esfuerzo antes de darlo. Y cuando el retorno es una habitación compartida y un patinete, la respuesta no es ideológica: es racional. El empresario llama a eso falta de cultura del esfuerzo. Otros lo llaman dignidad.
El empresario como parte interesada del relato
La crítica más repetida al diagnóstico de Curto no es que sea falso, sino que es conveniente. Un directivo que necesita mano de obra tiene incentivos para que exista un excedente de trabajadores dispuestos. Cuanta más oferta, menos presión al alza sobre los salarios. Señalar la falta de ganas de los locales y la abundancia de los de fuera no es neutral: es una posición en la negociación.
Eso no significa que mienta. Significa que su opinión no es un dato. Y en un mercado laboral donde la productividad y los salarios llevan años desacoplados, conviene distinguir entre el diagnóstico de un empresario y el diagnóstico de un economista.
Qué pasa cuando el esfuerzo no tiene recompensa
La parte más incómoda del debate es la que conecta esfuerzo y resultado. Si dos trabajos con exigencias radicalmente distintas pagan lo mismo, el incentivo desaparece. No por falta de valores, sino porque el sistema deja de premiar la diferencia. Esa es la queja que recorre el fondo del asunto y que el CEO, paradójicamente, no aborda.
La cultura del esfuerzo no se decreta. Se construye cuando el que se esfuerza ve que le sirve de algo. Y ahí, el empresario que denuncia la falta de ganas tendría que explicar por qué su sector paga lo que paga.
El cierre que nadie esperaba: la calificación de España
Mientras el debate se enredaba en ganas y culturas, una agencia de calificación elevó la nota de España. El dato descoloca a quienes describían un país al borde del colapso. No resuelve la discusión sobre el esfuerzo, pero la enmarca: la economía aguanta mejor de lo que algunos relatos sugieren. Lo que no aguanta es la pregunta de fondo. Si el esfuerzo no paga, ¿de quién es la culpa?