Doble moral sexual: ellas aplaudidas y ellos expedientados
Una cantante actúa con los pechos al aire y buena parte de la prensa lo lee como un gesto de valentía feminista. Unos estudiantes escriben comentarios soeces sobre mujeres en un chat privado y su universidad anuncia un expediente con sanciones que pueden llegar a tres años de expulsión. Los dos episodios circulan por los mismos medios en un margen de semanas. La discusión no va de si una conducta u otra merece reparo. Va de por qué el listón se mide con varas distintas según quién esté delante.
Amaral, Rubiales y dos varas de medir
En un caso, una artista actuó con el torso desnudo y la cobertura fue de celebración: libertad de las mujeres, gesto rompedor, valentía. En el otro, el que fuera presidente de la Real Federación Española de Fútbol aparece en imágenes llevándose la mano sobre la ropa, a la altura de los genitales, en un gesto que la prensa etiquetó como
exhibicionismo obsceno. El detalle que subrayan los análisis del debate: él no enseña nada, no se quita ninguna prenda. Ella sí se desnuda. Y aun así la etiqueta de liberador se la llevó la cantante y la de vergonzoso, el directivo, que quedó inhabilitado y denunciado ante la Audiencia Nacional, con un horizonte de hasta cuatro años de cárcel según las informaciones recogidas.
Hay un segundo elemento incómodo. Lo que hoy se vende como innovación escénica se hacía en España desde 1978, cuando Susana Estrada recogió un premio con el pecho al aire. Nueve años después, en 1987, TVE —entonces en monopolio estatal y con Gobierno socialista— ya había emitido el episodio del pecho que se le escapó a Sabrina. Nada de eso se presentaba entonces como feminismo, según el relato que recoge el debate.
Qué se castiga en el chat de La Rioja
El segundo frente es un grupo de mensajería cerrado. La Universidad de La Rioja anunció la apertura de un expediente informativo a los alumnos que escribieron frases soeces sobre mujeres. El anuncio recogido hablaba de sanciones de
entre dos meses y tres años de expulsión. Era una conversación privada entre estudiantes. En el mismo tramo temporal, una cadena anunciaba una serie que presenta como modelo a unas adolescentes y sus conductas sexuales, con un tono desenfadado. La contradicción no la resuelve nadie: se emite y se pasa página.
La RDA también dejaba enseñar los pechos
El argumento de que desnudarse es liberador tiene un contraejemplo en la propia historia europea. En la República Democrática Alemana estaba prohibido abandonar el país, escuchar emisoras occidentales o tener moneda occidental en el bolsillo. Y sin embargo no había problema alguno en que alguien se desnudara en la playa o sobre un escenario. Si la desnudez midiera el grado de libertad de una sociedad, el régimen que levantó el Muro habría sido un paraíso. La libertad de enseñar el cuerpo, sostiene esta lectura, no dice nada sobre la libertad de disentir, de salir o de callarse.
El adulterio franquista y el péndulo invertido
La moral dual por sexo no es nueva. Solo cambia de dueño. Durante el Franquismo el adulterio era delito, pero en el caso de los hombres debía consumarse en el domicilio conyugal para ser penado; en el de las mujeres, en cualquier parte. Hace un siglo se exigía a la mujer llegar virgen al matrimonio, mientras se comprendía que el hombre acudiera a casas de tolerancia a desfogarse. El esquema actual, según esta corriente de análisis, es un espejo de aquel: manga ancha para ellas, formalidad de los años sesenta para ellos. Un péndulo que ha cruzado al otro extremo sin dejar de ser un péndulo.
El marco opresor/oprimido que explica la incoherencia
La aparente contradicción tiene lógica interna si se acepta su premisa. Desde el marco que divide la sociedad entre grupos oprimidos y opresores, toda acción del grupo considerado oprimido se lee como desafío legítimo, como rebeldía justificada. Y toda acción del grupo considerado opresor se lee como un acto más de dominación, haga lo que haga y esté donde esté. El mismo comportamiento cambia de signo según quién lo ejecute. Con ese criterio, según la cifra que se baraja en el debate, el 20% de los homicidios calificados como violencia de género pasa a ser el problema central del país, mientras el 80% restante queda fuera del foco por no encajar en la estructura.
Con normas que se invierten según el sujeto, cualquier conducta puede ser virtud o falta, y ninguna discusión pública llega a cerrarse. La pregunta ya no es quién tiene razón en cada caso concreto. Es cuánto tiempo aguanta un sistema de reglas que cambia de sentido según quién lo incumpla.