México: del edén expat a las rutas que exigen escolta
México tiene 127 millones de habitantes y, según quienes lo han vivido desde dentro, caben la peor pesadilla y la mejor rutina. La pregunta que abre la conversación —si es el país más horrible del mundo— se responde con una paradoja incómoda: el mismo territorio donde se compra por
200.000 euros una casa que en Europa costaría un millón es el que obliga a algunos trabajadores extranjeros a moverse escoltados por el ejército. Entre esos dos extremos se mueve un país que divide incluso a quienes lo conocen de primera mano. No es la impresión de un turista de paso: es el relato de gente que fijó allí su residencia.
Un país, dos relatos: del barrio tranquilo a la carretera vigilada
Una parte del intercambio parte de la experiencia directa. Hay quien vivió cuatro años en el país y asegura que volvería, aunque matiza que su día a día transcurría en una colonia acomodada de la capital. Frente a ese relato, otro bloque describe una realidad mucho más áspera: compañeros a los que robaron al entrar en las casas, que fueron seguidos y asaltados en la carretera, a los que vaciaron la cuenta tras sacar dinero de un cajero.
Tres robos seguidos en tres escenarios distintos. Algunos tenían que dormir en recintos vigilados las 24 horas y desplazarse con protección militar, y en un caso se relata un secuestro resuelto tras el pago de un rescate. El tipo de estancia cambia el diagnóstico: quien se mueve entre hoteles y barrios cerrados vuelve encantado; quien trabaja en planta vive otra película.
¿Qué estados conviene evitar en México?
Según los testimonios más detallados, hay estados que un viajero haría bien en esquivar: Zacatecas —salvo su capital y llegando en avión—, Sinaloa, Coahuila, Guerrero, Michoacán y Tamaulipas. Veracruz tampoco sale bien parado, y de Guanajuato se salvan San Miguel de Allende y su capital, siempre por vía aérea. Jalisco se describe como un foco de violencia salvo Guadalajara, y la Ciudad de México se considera transitable con precauciones. Varios intervinientes insisten en que no es un problema de todo el país, sino de
bolsas muy localizadas. El criterio que se repite: evitar carreteras secundarias y enlazar capitales en avión.
El coste de vivir bien: vivienda, privilegio y dos Méxicos
El desfase de precios es el argumento que más pesa en el lado optimista. Las cifras que se manejan resultan difíciles de creer desde España: una casa que en Europa costaría alrededor de un millón de euros se adquiere allí por unos 200.000. Se describen viviendas con varias recámaras, cochera para tres coches y un jardín más grande que el de una comunidad entera. Ese nivel de vida no es, ni de lejos, el del mexicano medio. Otro de los relatos apunta a horarios laborales duros, salarios bajos y una vivienda encarecida de forma artificial, con una natalidad que cae porque el sueldo no da para criar hijos. La comparación con España reaparece aquí: hay quien sostiene que una familia acomodada mexicana vive mejor que la media española, y quien responde que eso solo retrata a una minoría.
La política mexicana y el desvío identitario
La conversación deriva hacia la política. En el momento de esta discusión se especulaba con una posible candidata de izquierda a la presidencia, y una parte del intercambio centró su rechazo en que fuera mujer más que en su programa. Uno de los intervinientes cita medidas como policías de género, monederos electrónicos de ayuda exclusiva para mujeres o vagones reservados en el transporte público. El perfil religioso de la candidata también aparece, sin ningún dato que sostenga las suspicacias. Otra corriente se desliza hacia tesis raciales y eugenésicas sobre la población que no cuentan con respaldo científico alguno y que contaminan cualquier análisis serio.
¿De quién es la culpa: de México o de Estados Unidos?
El reproche externo tiene su hueco. Una de las voces sostiene que si durante décadas han entrado remesas de emigrantes, el país debería llevar tiempo en el club de las economías desarrolladas, y que culpar a Washington es una excusa cómoda, porque existen muchos países vecinos de otros más ricos que no viven ese nivel de conflicto. El fondo del asunto, añade, es que si décadas de dinero enviado desde fuera no han cerrado la brecha, el problema es interno.
Al final queda la duda razonable. ¿Es México el país más horrible del mundo, o solo el que muestra con más crudeza la brecha que atraviesa a todo un continente? Nadie se pone de acuerdo. Y quizá ahí esté la respuesta.