México: ¿racismo o clasismo? La grieta del mestizaje en Hispanoamérica
¿Es México un país racista o solo clasista? La pregunta se cierra en falso cada vez que alguien responde con un «aquí no hay racismo», y vuelve a abrirse cada vez que una obra de ficción pone el espejo delante. Pasó con
Nuevo orden, la película que imagina una insurrección de las clases populares contra unas élites de rasgos europeos, y el reflejo incomodó: buena parte de la crítica mexicana la rechazó por exagerada, mientras fuera del país se leía como una radiografía certera. El asunto de fondo no es cinematográfico. Es la vieja pregunta de si una sociedad construida sobre el mestizaje puede funcionar como nación o si, por debajo, late una jerarquía de fenotipos que nadie quiere nombrar.
Qué es un «whitexican» y por qué incomoda el término
El término «whitexican» designa a los mexicanos de rasgos europeos y posición acomodada, y su acuñación es reciente y de origen anglófono. La discusión sobre si describe una realidad o importa un problema ajeno es, en sí misma, el debate.
Hay quien sostiene que esa etiqueta es un trasplante de la retórica racial estadounidense a un país donde la cosa nunca giró en torno a la raza. Según esta lectura, en México no se discrimina por color de piel, sino por cartera: lo que hay es
clasismo, no racismo. Los rasgos claros coinciden con la élite por pura deriva demográfica histórica, no porque nadie los haya elevado a categoría social.
Enfrente pesa un argumento difícil de esquivar. El propio término nació fuera, pero la realidad que describe se reconoce dentro: en el reparto, en la publicidad y en los culebrones, el fenotipo claro sigue asociándose a lo deseable. Y el que niega esa asociación suele ser el que no la sufre.
Racismo o clasismo: el argumento que divide a México
La tesis del clasismo puro tiene defensores con experiencia de campo. «En el que vivo yo desde hace unos años, y a pesar de la leyenda negra institucionalizada y la colonización cultural gringa, no hay racismo, hay clasismo», resume uno de los que sostienen esta posición. Otro añade que en la escuela, en la calle y en cualquier sitio donde ha estado se cruza gente «de casi todos los fenotipos imaginables» unida por un idioma, una bandera, un territorio, un himno y una religión.
Frente a eso está la constatación más incómoda: la mayoría de los propios mexicanos se define como
mestiza, no como indígena ni como blanca. Y esa mayoría se reparte en una escala social donde el fenotipo pesa. El que sube, sube también porque «pasa» por más claro.
La propia película lo ilustra sin querer. Uno de sus protagonistas de rasgos europeos hizo el papel de un cantante hijo de español e italiana, y aun así el público anglosajón no lo leería como blanco por el simple hecho de haber nacido en un país mayoritariamente no blanco. La frontera racial no la fija el espejo, la fija quien mira.
Mejorar la raza: el mestizaje como ascensor social
Hay un fenómeno que ningún sociólogo mexicano puede ignorar y que la ficción ha retratado mil veces: la idea de que casarse con alguien más claro «mejora la raza». El término, heredado del vocabulario colonial, sigue vivo en conversaciones privadas y explica por qué en ciertos círculos se presume de abuelo europeo y por qué un apellido extranjero abre puertas.
El fenómeno no es exclusivamente mexicano. En Cuba, país que se vende como crisol étnico, varios sondeos que circulan muestran una preferencia transversal por la pareja de piel clara —incluidas mujeres de todos los fenotipos—, un patrón que algunos leen como la huella larga de siglos de jerarquía colonial.
Añádase el factor migratorio. Desde el siglo XIX, y sobre todo en el Cono Sur, oleadas de inmigración europea se sumaron a una población ya mestiza, y con ellas llegó también un contingente de esclavizados africanos que la leyenda oficial prefiere olvidar.
De los virreinatos a las repúblicas: por qué la grieta viene de lejos
El conflicto identitario tiene siglos. Durante las independencias de los virreinatos, la aristocracia criolla —blanca y descendiente de los colonos— apoyó mayoritariamente la secesión, mientras buena parte de la población indígena permaneció fiel a la Corona. En ese clima surgieron caudillos realistas que armaron ejércitos de mestizos, negros y mulatos contra los independentistas blancos, y la represalia mató por igual en todas direcciones.
Sobre ese terreno se levantaron después naciones que necesitaban un mito fundacional. Y el mito elegido fue el del gran pasado indígena —azteca, maya, inca— reivindicado por unas élites que no descendían de él sino de quien lo aplastó. De ahí la paradoja que señalan los propios analistas: colombianos y venezolanos se rechazan siendo culturalmente idénticos; argentinos y uruguayos, igual. La identidad nacional se construyó por oposición al vecino, no por cohesión interna.
El elefante que nadie quiere mirar
La pregunta que recorre todo el asunto no tiene respuesta cómoda. Si una sociedad mestiza necesita siglos para digerir su propio origen, tal vez el problema no sea suyo, sino de cualquiera que crea que la homogeneidad es el único camino a la estabilidad. México funciona. Nadie sabe muy bien por qué, y eso descoloca a quien esperaba verlo estallar en cualquier momento.
Con estas tensiones, lo razonable sería que el conflicto identitario fuera lo dominante en el debate público. Lo dominante es la selección de fútbol.