Un vídeo pide a los jóvenes dejar las redes y volver a los medios clásicos
Un vídeo en el que una creadora joven recomienda a la chavalada dejar las redes sociales y volver a los medios tradicionales ha desatado la polémica. El mensaje, difundido con tono desenfadado, pide a los menores que se informen en la prensa de siempre, en la radio de siempre y en los telediarios de siempre, y que abandonen unas plataformas que, según el propio vídeo, están llenas de bulos. La pieza se presenta como una recomendación objetiva y neutral, y ahí es donde empieza el problema.
El asunto llega en un momento en el que se discute públicamente la relación de los menores con las redes sociales. En ese contexto, el vídeo se lee como un intento de recuperar para los medios clásicos a un público que hace años que dejó de mirarlos. La pregunta que sobrevuela todo es sencilla: ¿se puede pedir imparcialidad desde un altavoz que no lo es?
Qué dice exactamente el vídeo y quién lo difunde
El texto que acompaña a la pieza lo deja claro: se presenta como una recomendación objetiva y neutral sobre cómo informarse, se pide dejar las redes sociales porque están llenas de bulos y se anima a hacer caso a esta compañera. El remate es una ironía sobre la imparcialidad y un premio de cine. La creadora aparece como la voz joven que traduce el mensaje oficial a un lenguaje que los chavales entiendan.
Hay quien sostiene que el vídeo no vende ideas, sino acceso. El mensaje subliminal sería: si piensas como nosotros, estarás en el lado correcto de la historia, tendrás razón moral y quizá hasta ligues. Es el mismo mecanismo que usan las sectas o las marcas de lujo para adolescentes. No se argumenta, se seduce con pertenencia.
En contra pesa un dato incómodo para los promotores: la pieza acumulaba unos 300 me gusta. Para un vídeo pensado para captar a la chavalada, el alcance es más bien modesto. Si el objetivo era conectar con los jóvenes, los números no acompañan.
El problema de fondo: los jóvenes ya no escuchan la radio de siempre
Hay quien sostiene que el PSOE añora la televisión pública y las emisoras musicales de los años ochenta, cuando le dictaban a la juventud cómo vestir, cómo hablar y cómo pensar. La llamada movida madrileña fue, en esa lectura, una operación de imagen más que un movimiento espontáneo.
En aquella época había una sola televisión y un grupo editorial dominante. Hoy hay miles de canales y nadie con el mando único. Eso explica, según esta línea, por qué el mensaje no cala: ya no existe el monopolio que lo amplificaba.
Hay un detalle que se repite en el análisis: los mismos que piden a los menores dejar las redes son los que quieren regular su acceso. La contradicción es evidente. Se plantea prohibir a los menores de dieciséis años usar las plataformas y, a la vez, se les hace un vídeo para que las usen y migren a los medios clásicos. Sorber y soplar.
La paradoja de la prohibición y el vídeo
Si se prohíbe el acceso a los menores, el vídeo no puede llegar a su destinatario natural. Si se permite, la prohibición no tiene sentido. Ese nudo es el que más comentarios ha generado: la política de comunicación choca con la política regulatoria.
El argumento de que las redes están llenas de bulos se vuelve contra quien lo usa. Los medios tradicionales también han publicado información falsa y han tenido que rectificar. La diferencia no es la veracidad, sino el control del relato.
La pieza se apoya en una creadora joven para dar credibilidad. El problema es que el público objetivo detecta el envoltorio institucional a la primera. Los chavales no son tontos, y menos cuando alguien les habla como si lo fueran.
El contexto económico: menos pantallas, más nostalgia
Hay una corriente que enlaza este asunto con algo más profundo: la abundancia de información y las pantallas permanentes no nos han hecho más felices, sino más ansiosos. Se comparan los veranos sin información continua con el presente de gráficas y series infinitas. El argumento tiene gancho, aunque idealiza un pasado con menos opciones y más precariedad.
La nostalgia del piso comprado por trescientas mil pesetas y del trabajo fijo a los veinte años es real, pero no vuelve. El vídeo, en el fondo, apela a esa nostalgia sin resolver el problema material que la alimenta.
La pieza no convence a su público y tampoco a los que ya estaban convencidos. Con estos números y esta contradicción regulatoria, lo previsible es que el formato se repita con otros rostros y el mismo guion. Si funcionará, es otra cosa. Los datos disponibles apuntan a que no.