Un docente niega pagar por sexo y culpa a las alumnas
Un profesor juzgado por presuntamente ofrecer dinero a alumnas a cambio de sexo sostiene que eran ellas las que se le insinuaban «como si fuera una estrella del rock». La afirmación, difundida en redes, ha convertido un caso judicial en un termómetro de cómo se percibe hoy al docente, al alumnado y a los medios que cuentan la historia. El asunto sigue abierto: no hay sentencia firme y las versiones se contradicen.
Qué se sabe del caso y qué es solo versión
El punto de partida es una declaración, no una prueba. El profesor imputado defiende que las menores se le acercaban y que él rechazaba los acercamientos; la acusación sostiene lo contrario. Entre ambas cosas media un proceso penal sin resolver. Cualquier titular que dé por probado el pago o la inocencia se adelanta al juez.
La defensa se apoya en un relato de seducción invertida: el docente como objeto de deseo, no como comprador. Es un marco que, en la conversación pública, ha funcionado a veces como coartada y a veces como caricatura. Aquí ha funcionado sobre todo como caricatura.
El físico del profesor como argumento jurídico
Buena parte de la discusión no ha entrado en el fondo del asunto, sino en la pinta del acusado. Se ha descrito su aspecto como incompatible con la imagen de galán que él mismo invoca, y de ahí se ha saltado a la conclusión de que miente. Es un razonamiento débil: la apariencia no prueba conducta, pero en la conversación cotidiana pesa más de lo que debería.
Hay quien ha señalado que la expresión «estrella del rock» delata a una persona anclada en otra época. El argumento tiene su gracia y su límite: un hombre puede ser perfectamente capaz de delinquir y de hablar como un boomer.
El aula como zona de riesgo laboral
Docentes que han dado clase en secundaria coinciden en una cosa: los alumnos prueban límites, y el profesor tiene la obligación de cortarlos. Un amago de confianza mal gestionado se convierte en un problema de disciplina; ignorado, en un problema grave. La línea roja no la pone el alumno, la pone el adulto.
De ahí surge la crítica más sólida contra el acusado: aunque su versión fuera cierta, un docente no puede permitirse el papel de colega, ni el de ídolo, ni el de víctima de sus alumnas. El marco profesional existe precisamente para que no dependa de la buena voluntad de un adolescente.
El relato mediático y la presunción de inocencia
La cobertura del caso ha sido leída por una parte del público como una condena anticipada. Se argumenta que los medios tienden a presentar a las denunciantes como víctimas sin matices y que, en el extremo opuesto, cualquier defensa del acusado se etiqueta como reaccionaria. La desconfianza hacia el relato oficial no exime de exigir pruebas: la presunción de inocencia vale para el profesor y la credibilidad de la denuncia no se presume, se instruye.
Con estos mimbres, lo previsible es que el caso se resuelva en los tribunales y no en las redes. Lo que no se resolverá ahí es la incomodidad de fondo: un sistema que exige a los docentes una autoridad que la propia sociedad lleva años desmontando.