Ajmétov paga 471 millones por el piso más caro de la historia
Un oligarca ucraniano se ha hecho con un inmueble de 2.500 metros cuadrados en Mónaco por 471 millones de euros. Es, según la información difundida, la operación residencial más cara jamás registrada. El nombre que aparece en la operación es el de Rinat Ajmétov, el magnate del acero y del carbón, dueño del Shaktar Donetsk, una de las mayores fortunas del país desde el colapso soviético. La noticia llega en plena discusión europea sobre el dinero que se envía a Ucrania y sobre a dónde acaba.
A partir de ahí, el asunto deja de ser una curiosidad inmobiliaria y se convierte en otra cosa. Porque la pregunta no es cuánto cuesta un ático con vistas al Mediterráneo, sino de dónde sale el dinero que lo paga y qué dice ese dinero sobre la guerra que se libra a 2.000 kilómetros de allí.
Qué se sabe de la compra y quién es el comprador
El dato duro es este:
471 millones de euros por
2.500 metros cuadrados en Mónaco. Traducido, casi 190.000 euros el metro. No hay muchas ciudades en el mundo donde ese precio tenga sentido, y Mónaco es una de ellas por una razón muy concreta: la residencia fiscal. El principado no cobra impuesto sobre la renta a sus residentes, lo que convierte cualquier compra allí en algo más que una compra.
Sobre el comprador, los datos que maneja la conversación son los de un hombre que ya era milmillonario antes de la guerra.
Rinat Ajmétov construyó su fortuna al calor del desmembramiento de la Unión Soviética: siderurgia, carbón, inmobiliaria, el Shaktar Donetsk. Hay quien recuerda que llegó a ser el hombre más rico de Ucrania, con una fortuna estimada por encima de los
10.000 millones. Y hay quien añade un matiz incómodo: buena parte de sus fábricas quedaron en el lado del país golpeado por la invasión, lo que habría deteriorado su patrimonio.
Ese detalle importa. Porque si el hombre ya era rico antes, la pregunta cambia de forma: no es si se ha forrado con la guerra, sino si la guerra le ha salido gratis.
¿De dónde sale el dinero para un piso de 471 millones en Mónaco?
Aquí es donde el asunto se enreda y donde conviene separar lo que se sabe de lo que se sospecha. La sospecha dominante es que el dinero de la ayuda occidental acaba, por vías opacas, en manos privadas. La formulación más repetida es la de que los fondos enviados a Ucrania se pierden en un agujero negro de corrupción. Ucrania era, antes de la guerra, el país más corrupto de Europa según los índices habituales; el segundo era Rusia. Ese dato se cita mucho, y se cita con retintín.
La hipótesis alternativa que circula es más sofisticada y menos conspiranoica: el piso no valdría eso, y la operación sería en realidad un mecanismo para sacar dinero del país y lavarlo. Se paga de más por un activo, ese sobreprecio vuelve por otra vía al comprador, y el inmueble queda como fachada. Es una forma cantosa, sí, pero es una forma.
Lo que no sostiene nadie con datos es que los 471 millones salgan directamente de un presupuesto público europeo. Eso es una inferencia, no un hecho. Y conviene decirlo antes de que alguien lo convierta en titular.
La guerra como negocio y el reclutamiento como peaje
El segundo hilo de la conversación es más amargo. Mientras un oligarca compra un ático de 2.500 metros en Mónaco, en Ucrania los hombres son obligados a ir al frente. La asimetría es el corazón del asunto: unos ponen el cuerpo y otros ponen la cuenta corriente. Hay quien lo resume con una frase que circula: que llevar a los jóvenes a morir en una guerra nunca deja de ser un negocio para alguien.
En ese contexto se han difundido informaciones sobre deportaciones de ucranianos desde Estados Unidos, algunos enviados directamente al servicio militar, sobre empresas de drones vinculadas a familiares del entorno presidencial estadounidense que quieren cotizar en el Nasdaq, y sobre la presión para bajar la edad de reclutamiento. Todo eso forma parte del mismo relato: la guerra como industria, con beneficiarios identificables.
La conclusión que saca una parte del análisis es que el ciudadano de a pie ucraniano creyó que las revoluciones de colores le traerían prosperidad y acabó en el frente o en casa, mientras los de arriba hacían caja.
El oligarca que ya era rico antes de la guerra
Conviene no perder de vista un dato que desmonta la versión más simple. Ajmétov no es un don nadie enriquecido de la noche a la mañana con fondos occidentales. Es un producto del
wild west postsoviético, de la misma cosecha que los demás magnates del Este. Su fortuna se construyó en los noventa, cuando las privatizaciones repartieron el país entre unos pocos.
Eso no le exime de nada. Simplemente cambia la acusación: no es que la ayuda occidental le haya hecho rico, es que la ayuda occidental no ha impedido que siguiera siéndolo. Y esa es, quizá, la crítica más incómoda para todos los que han vendido la guerra como una cruzada democrática.
El análisis se atasca exactamente aquí: en la frontera entre lo que se puede probar y lo que solo se puede intuir. Se sabe el precio, se sabe el comprador, se sabe el país y se sabe el contexto. Lo que no hay es una trazabilidad del dinero. Y sin trazabilidad, cada cual coloca el piso de Mónaco donde le conviene: en el debe de Europa, en el haber de un oligarca o en el bolsillo de nadie.