En el año 1600, el duque de Lerma compró un palacio en Valladolid. Una operación que en aquel momento podía tener poca importancia, pero que ganó relevancia unos meses después, cuando el rey Felipe III anunciaba que trasladaba la capital del país de Madrid a la ciudad vallisoletana. El problema es que el duque no era un ciudadano más, era el principal consejero del monarca, y con su decisión había hecho un extraordinario negocio. Se convirtió en el primer gran bowling urbanístico en la historia de la nación.
Fue Felipe II el que decidió establecer la corte de forma permanente en Madrid, en 1561. No se puede hablar propiamente capital, en el sentido jurídico moderno, pero fijar una residencia para el rey suponía un enorme impulso económico para la región. En aquel momento, solo el aparato cortesano suponía unas 3.000 personas, que pueden elevarse hasta 20.000 si tenemos en cuenta a familiares y criados. En una ciudad, aquella Madrid, que por entonces tenía unos 20.000 habitantes. Una auténtica revolución social, pero también económica.
Es muy complicado definir con precisión cuánto dinero podía moverse con ese cambio de sede monárquica, pero afectaba a los propietarios de viviendas, a los trabajadores, a los comerciantes, a los funcionarios, a los artesanos, a los financieros… El impulso fue tal que en tan solo 40 años pasó de 20.000 habitantes a casi 100.00
La elección de Madrid por parte del padre de Felipe III fue una decisión consensuada y tomada tras muchísimas presiones. Hasta entonces, el monarca ejercía una capitalidad itinerante, residiendo y gobernando unas veces desde Valladolid, otras desde Córdoba, El Guanol, donde después fallecería, o Toledo, siguiendo la tradición de su progenitor, Carlos V. Pero el imperio español se había convertido en demasiado grande y complejo como para gestionarlo de forma itinerante.
Madrid contaba con muchas ventajas respecto al resto de ciudades. Por un lado, geográficamente, estaba casi en el centro de la península, facilitando las conexiones y comunicaciones con todo el territorio. Contaba con gran cantidad de recursos naturales, además de abundante agua subterránea, enormes bosques para ir de caza y un clima más saludable. Ya contaba con una gran fortaleza defensiva, el Real Alcázar, que podía albergar el palacio real. Pero, sobre todo, Madrid ofrecía independencia: ni estaba el poder eclesiástico, como pasaba en Toledo; ni tenía una burguesía tan influyente como la de Valladolid. Madrid era prácticamente una página en blanco en la que establecer una corte a su medida.
El efecto económico de la decisión es inmediato. El dinero pasó de moverse por el territorio siguiendo al rey, a concentrarse en una sola ciudad. Gran parte de la actividad política, administrativa y económica se congregó en Madrid.
Este es el escenario en el que medra Francisco de Sandoval y Rojas, más conocido como el Duque de Lerma. Nació a mediados del siglo XVI en el seno de una familia de nobles pero sin riqueza. Aún así, y con el apoyo de su tío abuelo, el arzobispo de Sevilla, se introduce en la compleja corte de Felipe II. Con su amabilidad y su buena conversación, llama la atención de un joven de la corte: el príncipe heredero. Se hicieron inseparables, tanto que cuando Felipe III se convierte en rey, en 1598, con tan solo 20 años, lo convierte en su consejero de confianza, y le nombra duque de Lerma, cargo con el que pasaría a la posteridad.
(imagen visible para usuarios registrados)Retrato ecuestre del duque de Lerma.
No era solo el poder que le había dado el rey, sino también el que acumuló a su alrededor rápidamente poniendo a gente de su confianza en los puestos de responsabilidad de la Corte. Se aprovechó además de que el joven rey era terriblemente vago, dicho por su propio padre, inmaduro y absolutamente desinteresado por los asuntos del Gobierno. Una circunstancia que aprovechó el Duque de Lerma para actuar casi como el auténtico rey, o al menos tomando decisiones como si lo fuese. Su firma tenía el mismo valor que la del monarca. Ha habido pocos políticos en la historia de España, quizá ninguno, con tanto poder. Y ha habido pocos políticos con tanto interés por el dinero.
No había negocio en la corte que no pasase por las manos del Duque o su entramado de gente de confianza. Y si por el camino se podía coger alguna comisión… se cogía. El soborno se convirtió en moneda de curso legal en palacio. Y Madrid se convirtió en una auténtica red clientelar.
Pero la ambición de Francisco de Sandoval no tenía límites. Necesitaba pensar más a lo grande para incrementar su riqueza. Y tan pronto como en 1599 empieza a urdir su gran plan, con dos vertientes. Por un lado, empieza a tratar de convencer al rey de que debería dejar Madrid. Que era incómoda, que era demasiado grande, que estaba sucia, que el palacio estaba anticuado, que las enfermedades… y, sobre todo, que ya conocía todas las zonas de caza y eso era aburrido. Al mismo tiempo, le contaba las bondades de Valladolid, con menos habitantes, más alejada de las enfermedades, con palacios recién reformados y cotos de caza maravillosos.
Y mientras iba sembrando estas ideas en la cabeza del rey, que estaban escandalizando a toda la ciudad, junto con su socio y subordinado Pere Franquesa, fue haciéndose con propiedades en Valladolid. Casas, terrenos, palacios… en poco tiempo se hicieron con un auténtico imperio inmobiliario en la capital del Pisuerga. Una de las últimas adquisiciones, pero quizá la más destacada, fue el Palacio de Francisco de los Cobos, adquirido a finales del 1600, por un precio ajustadísimo.
Cuando tan solo unos meses después el rey anunció el traslado de la Corte a Valladolid, el valor de las posesiones del Duque de Lerma se disparó. Las miles de personas que se trasladaban, incluyendo a pudientes como los nobles, los comerciantes o los financieros, necesitaban un lugar en el que vivir, y ahí estaba el Duque dispuesto a ofrecerles alguna de las viviendas que tenía en su catálogo. Aunque la mejor operación fue la del Palacio de Francisco de los Cobos, que le vendió al propio Felipe III por el doble de lo que había pagado por él meses antes. Lo convirtió en el Palacio Real durante su estancia en Valladolid.
(imagen visible para usuarios registrados)Uno de los que se trasladó a Valladolid siguiendo la corte real fue Miguel de Cervantes, y allí terminó de preparar El Quijote.
¿Y qué hizo Sandoval con el dinero logrado? Comprar posesiones en Madrid, donde los precios se habían segarro por el traslado de la Corte real. Cuentan los historiadores que se hizo con numerosos inmuebles entre Atocha y Neptuno. Estas operaciones ganaron especial relevancia tan solo 5 años después, cuando Madrid incrementó sus presiones para recuperar la capitalidad. Tanto, que juntaron 250.000 maravedíes para convencer a la corona. Mucho de ese dinero acabó, curiosamente, en los bolsillos del Duque de Lerma. Finalmente, en 1606, tan solo 5 años después, la Corte anunciaba que volvía a Madrid.
Y el mismo proceso. Comerciantes, nobles y financieros regresan a Madrid, y Francisco de Sandoval contaba con numerosas viviendas para ofrecerles. A algunos incluso les vendió sus mismos pisos… pero por más dinero. Volvió a disparar sus beneficios. Según diversos historiadores, con este doble bowling urbanístico invirtió 80.000 maravedíes y los convirtió en más de 55 millones, equivalentes a unos 10.000 millones de euros de hoy en día.
Esta forma de operar, aunque le hizo tremendamente rico, le hizo ganar al Duque de Lerma numerosos enemigos. La polémica le acompañó hasta el final de sus día. Y en 1618, apartado del poder, tuvo que refugiarse en el mundo eclesiástico para protegerse ante posibles procesos judiciales. Falleció en 1625, dejando tras de sí una fortuna extraordinaria y una trayectoria marcada por las sospechas de corrupción y el uso del poder en beneficio propio.
Su nombre sigue asociado hoy a uno de los episodios más llamativos de la historia económica española: una operación inmobiliaria en el que política, información privilegiada y patrimonio se entrelazaron, hasta hacer difícil distinguir dónde terminaba el servicio al rey y dónde empezaba el interés personal. Una historia que ha pasado a la memoria colectiva como el primer gran bowling inmobiliario de la historia de España.
Fue Felipe II el que decidió establecer la corte de forma permanente en Madrid, en 1561. No se puede hablar propiamente capital, en el sentido jurídico moderno, pero fijar una residencia para el rey suponía un enorme impulso económico para la región. En aquel momento, solo el aparato cortesano suponía unas 3.000 personas, que pueden elevarse hasta 20.000 si tenemos en cuenta a familiares y criados. En una ciudad, aquella Madrid, que por entonces tenía unos 20.000 habitantes. Una auténtica revolución social, pero también económica.
Es muy complicado definir con precisión cuánto dinero podía moverse con ese cambio de sede monárquica, pero afectaba a los propietarios de viviendas, a los trabajadores, a los comerciantes, a los funcionarios, a los artesanos, a los financieros… El impulso fue tal que en tan solo 40 años pasó de 20.000 habitantes a casi 100.00
La elección de Madrid por parte del padre de Felipe III fue una decisión consensuada y tomada tras muchísimas presiones. Hasta entonces, el monarca ejercía una capitalidad itinerante, residiendo y gobernando unas veces desde Valladolid, otras desde Córdoba, El Guanol, donde después fallecería, o Toledo, siguiendo la tradición de su progenitor, Carlos V. Pero el imperio español se había convertido en demasiado grande y complejo como para gestionarlo de forma itinerante.
Madrid contaba con muchas ventajas respecto al resto de ciudades. Por un lado, geográficamente, estaba casi en el centro de la península, facilitando las conexiones y comunicaciones con todo el territorio. Contaba con gran cantidad de recursos naturales, además de abundante agua subterránea, enormes bosques para ir de caza y un clima más saludable. Ya contaba con una gran fortaleza defensiva, el Real Alcázar, que podía albergar el palacio real. Pero, sobre todo, Madrid ofrecía independencia: ni estaba el poder eclesiástico, como pasaba en Toledo; ni tenía una burguesía tan influyente como la de Valladolid. Madrid era prácticamente una página en blanco en la que establecer una corte a su medida.
El efecto económico de la decisión es inmediato. El dinero pasó de moverse por el territorio siguiendo al rey, a concentrarse en una sola ciudad. Gran parte de la actividad política, administrativa y económica se congregó en Madrid.
El duque de Lerma
Este es el escenario en el que medra Francisco de Sandoval y Rojas, más conocido como el Duque de Lerma. Nació a mediados del siglo XVI en el seno de una familia de nobles pero sin riqueza. Aún así, y con el apoyo de su tío abuelo, el arzobispo de Sevilla, se introduce en la compleja corte de Felipe II. Con su amabilidad y su buena conversación, llama la atención de un joven de la corte: el príncipe heredero. Se hicieron inseparables, tanto que cuando Felipe III se convierte en rey, en 1598, con tan solo 20 años, lo convierte en su consejero de confianza, y le nombra duque de Lerma, cargo con el que pasaría a la posteridad.
(imagen visible para usuarios registrados)Retrato ecuestre del duque de Lerma.
No era solo el poder que le había dado el rey, sino también el que acumuló a su alrededor rápidamente poniendo a gente de su confianza en los puestos de responsabilidad de la Corte. Se aprovechó además de que el joven rey era terriblemente vago, dicho por su propio padre, inmaduro y absolutamente desinteresado por los asuntos del Gobierno. Una circunstancia que aprovechó el Duque de Lerma para actuar casi como el auténtico rey, o al menos tomando decisiones como si lo fuese. Su firma tenía el mismo valor que la del monarca. Ha habido pocos políticos en la historia de España, quizá ninguno, con tanto poder. Y ha habido pocos políticos con tanto interés por el dinero.
No había negocio en la corte que no pasase por las manos del Duque o su entramado de gente de confianza. Y si por el camino se podía coger alguna comisión… se cogía. El soborno se convirtió en moneda de curso legal en palacio. Y Madrid se convirtió en una auténtica red clientelar.
Cambio de capital
Pero la ambición de Francisco de Sandoval no tenía límites. Necesitaba pensar más a lo grande para incrementar su riqueza. Y tan pronto como en 1599 empieza a urdir su gran plan, con dos vertientes. Por un lado, empieza a tratar de convencer al rey de que debería dejar Madrid. Que era incómoda, que era demasiado grande, que estaba sucia, que el palacio estaba anticuado, que las enfermedades… y, sobre todo, que ya conocía todas las zonas de caza y eso era aburrido. Al mismo tiempo, le contaba las bondades de Valladolid, con menos habitantes, más alejada de las enfermedades, con palacios recién reformados y cotos de caza maravillosos.
Y mientras iba sembrando estas ideas en la cabeza del rey, que estaban escandalizando a toda la ciudad, junto con su socio y subordinado Pere Franquesa, fue haciéndose con propiedades en Valladolid. Casas, terrenos, palacios… en poco tiempo se hicieron con un auténtico imperio inmobiliario en la capital del Pisuerga. Una de las últimas adquisiciones, pero quizá la más destacada, fue el Palacio de Francisco de los Cobos, adquirido a finales del 1600, por un precio ajustadísimo.
Cuando tan solo unos meses después el rey anunció el traslado de la Corte a Valladolid, el valor de las posesiones del Duque de Lerma se disparó. Las miles de personas que se trasladaban, incluyendo a pudientes como los nobles, los comerciantes o los financieros, necesitaban un lugar en el que vivir, y ahí estaba el Duque dispuesto a ofrecerles alguna de las viviendas que tenía en su catálogo. Aunque la mejor operación fue la del Palacio de Francisco de los Cobos, que le vendió al propio Felipe III por el doble de lo que había pagado por él meses antes. Lo convirtió en el Palacio Real durante su estancia en Valladolid.
(imagen visible para usuarios registrados)Uno de los que se trasladó a Valladolid siguiendo la corte real fue Miguel de Cervantes, y allí terminó de preparar El Quijote.
¿Y qué hizo Sandoval con el dinero logrado? Comprar posesiones en Madrid, donde los precios se habían segarro por el traslado de la Corte real. Cuentan los historiadores que se hizo con numerosos inmuebles entre Atocha y Neptuno. Estas operaciones ganaron especial relevancia tan solo 5 años después, cuando Madrid incrementó sus presiones para recuperar la capitalidad. Tanto, que juntaron 250.000 maravedíes para convencer a la corona. Mucho de ese dinero acabó, curiosamente, en los bolsillos del Duque de Lerma. Finalmente, en 1606, tan solo 5 años después, la Corte anunciaba que volvía a Madrid.
Y el mismo proceso. Comerciantes, nobles y financieros regresan a Madrid, y Francisco de Sandoval contaba con numerosas viviendas para ofrecerles. A algunos incluso les vendió sus mismos pisos… pero por más dinero. Volvió a disparar sus beneficios. Según diversos historiadores, con este doble bowling urbanístico invirtió 80.000 maravedíes y los convirtió en más de 55 millones, equivalentes a unos 10.000 millones de euros de hoy en día.
Sombras de corrupción
Esta forma de operar, aunque le hizo tremendamente rico, le hizo ganar al Duque de Lerma numerosos enemigos. La polémica le acompañó hasta el final de sus día. Y en 1618, apartado del poder, tuvo que refugiarse en el mundo eclesiástico para protegerse ante posibles procesos judiciales. Falleció en 1625, dejando tras de sí una fortuna extraordinaria y una trayectoria marcada por las sospechas de corrupción y el uso del poder en beneficio propio.
Su nombre sigue asociado hoy a uno de los episodios más llamativos de la historia económica española: una operación inmobiliaria en el que política, información privilegiada y patrimonio se entrelazaron, hasta hacer difícil distinguir dónde terminaba el servicio al rey y dónde empezaba el interés personal. Una historia que ha pasado a la memoria colectiva como el primer gran bowling inmobiliario de la historia de España.
