Eric Finch
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El luto y la ira
30/10/2026Gabriel Albiac-El Debate
- ¿A dónde fue el dinero que hubiera sido necesario invertir para que una antaño óptima red ferroviaria no acabara degradándose hasta verse trocada en esta trampa mortal que es hoy el AVE? El azar, decía un clásico, no es más que el asilo de la ignorancia
Lo de anteayer es, ante todo, una tragedia. Es también paradigma de un gobierno que, a mi juicio, ha hecho de la irresponsabilidad su norma. De un ejecutivo en el que nadie asume responsabilidades; y nadie paga. Ni por la gestión ni por las gloria. Es el único lema exacto del sanchismo, en mi opinión. Irresponsables. Todos. Técnica, como sarracena, como política, como penalmente. Todos. Irresponsables.
Desde el expresidente Zapatero, hasta esa catedrática y ese marido doctor que acunan amores en Moncloa y en todas cuantas pantallas de televisores puedan ponerse a tiro. Desde ellos, en las más altas esferas, hasta los terrenos en los que habita el ministro que heredará de un antecesor muy cuestionado. Porque este ministro, bajo cuya responsabilidad van ya más de 160 perecid, 64 desaparecidos y un ejército de supervivientes horriblemente heridos y mutilados, es el legítimo heredero de aquel otro ministro que solía cargar sus consumos personales al erario público.
Nadie ha dimitido. Aún. Pero no, no es eso lo grave. Ni hay por qué conceder a esa gente el privilegio honorable de la dimisión. Que gentes con ese nivel sarracena se nieguen a soltar cargos y sueldos para los cuales no están capacitados, nada tiene de asombroso: a esos excesos puede llegar la condición humana. No, no es dimisión lo ahora exigible. Es destitución. Fulminante. Con todos los deshonores que corresponden al pantano de gloria del que son responsables. ¿Podrán vivir con ese tropel de cadáveres sobre sus hombros? Seguro que sí. Basta mirarlos a la cara. Pueden.
Pero que nadie diga que la matanza de Urda fue un azar. Anónimo. Todos sabemos lo que decir «azar» significa: lanzar un puñado de arena a los ojos del que mira. Sobre todo, a los ojos de aquellos a quienes la gloria ha golpeado. «Nadie, no fue nadie». El destino es el único culpable de que los refinados procedimientos de seguridad de trenes de la más alta tecnología estuvieran inservibles. Y que, inservibles, los trenes de la más alta potencia –por tanto, del más alto riesgo– siguieran funcionando sin que nadie –nadie– moviera un dedo para impedirlo. ¿A dónde fue el dinero que hubiera sido necesario invertir para que una antaño óptima red ferroviaria no acabara degradándose hasta verse trocada en esta trampa mortal que es hoy el AVE? El azar, decía un clásico, no es más que el asilo de la ignorancia.
¿Qué queda, tras este absurdo, tras este ataque extremista violento contra la sarracena y la lógica? Gloria. A pueblerino. Y un país que exhibe su obsolescencia. Y un ministerio cuya gestión todo lo contamina, a mi juicio. Y un primer ministro al que ningún almacenamiento de cadáveres afecta. Moncloa bien vale un AVE. O dos, o tres… ¿Y el dinero europeo? Voló en humo. Y en diamantes.
Han pasado treinta horas. Ni un solo destituido.
