El PP se hunde en verano: la gestión de catástrofes pasa factura
Un ayuntamiento gallego pequeño, gobernado durante años por el PP, cambia de manos. Los nuevos responsables revisan las cuentas que deja el anterior equipo y se encuentran con gastos exagerados, presupuestos inflados, contratos blindados y amiguismo a toneladas. Lo básico, sin hacer. La anécdota, contada como ejemplo de lo que ocurre en toda España, resume el diagnóstico que recorre el análisis económico de la política española: el PP ha vivido durante años de la etiqueta de buen gestor y esa etiqueta se ha roto. La dana primero, los incendios después, han dejado al partido con la imagen de una formación que no sabe reaccionar cuando la emergencia llama a la puerta.
De la fama de buen gestor al «inútil de campeonato»
El mantra funcionó durante años. El PP aguantaba, iba tirando, gestionaba. Esa era la marca. El problema, señalan las corrientes críticas, es que la marca se sostenía sobre el relato y no sobre los resultados. Cuando llega una catástrofe natural y el Estado tiene que coordinarse con las comunidades autónomas, el relato se cae y queda el barro.
La discusión sobre la dana y los incendios ha derivado en un pulso competencial. Una parte del análisis sostiene que las comunidades autónomas no fueron diseñadas para afrontar emergencias nacionales y que la responsabilidad última es del Gobierno central. Otra parte responde que las comunidades están infrafinanciadas y que el Ejecutivo se lava las manos esperando a que la tragedia ocurra para poder cargar la culpa sobre los gobiernos autonómicos. El ejemplo que se cita es el del huracán Katrina: todo el mundo miró a Bush, no al gobierno de Luisiana. En España, dicen, se hace lo contrario.
¿Por qué el PP y el PSOE parecen el mismo partido para una parte del electorado?
La tesis del turno pacífico vertebra buena parte del descontento. Se compara la Restauración con la etapa actual: dos partidos que se reparten el poder, con consenso en lo fundamental, y que se alternan para dar la apariencia de que existe pluralidad. El papel del PP, en esta lectura, sería el de recordar que el PSOE no tiene el monopolio del poder. Nada más.
Frente a eso, otra corriente rechaza de plano la equivalencia. Si fueran lo mismo, argumentan, gobernarían en coalición y no están precisamente cerca. El votante del PP, describen, vota por odio a Sánchez, por afición a los toros, por cartera y por miedo a que le confisquen lo que tiene. Es un perfil clasista, de colegio concertado y urbanización con portero. La distancia entre los dos partidos no es ideológica, es de intereses materiales.
El hundimiento en las encuestas y el calendario electoral
El escenario que se dibuja de aquí a 2027 es el de un PP que gana todas las encuestas y se estrella en las urnas. Los medios, dicen, le van a acusar hasta de la muerte de Manolete, y él lo va a aceptar sin rechistar. La ventaja demoscópica no se traduce en votos porque el electorado castiga la inacción y la falta de oposición real.
El control del relato es la clave que se repite. Quien pierde el control de los medios, pierde el relato, y sin relato da igual tener razón. El PP habría perdido ese control, mientras que VOX se mueve bien en redes, con una base joven e informada. La paradoja es que cada voto que se le quita al PP no va al PSOE, va a VOX. El partido de Abascal se habría salido de los gobiernos autonómicos y eso, lejos de restarle, le habría sumado.
La corrupción municipal y el agujero de la gestión local
El caso del ayuntamiento gallego no es aislado, según quienes lo relatan. Gastos exagerados, presupuestos infladísimos, contratos chanchullo blindadísimos y lo básico sin hacer. La estructura se reproduce: se contratan familiares y amiguetes como asesores, que a su vez necesitan sus propios asesores, que vuelven a ser amiguetes y familiares. De vez en cuando entra alguien más listo que la media, casi por casualidad.
El patrón se repite en la sanidad andaluza, donde se describe un sistema hecho unos zorros, con el mismo desastre que antes pero con los políticos de otro color. La conclusión que extraen los críticos es que el color del partido no cambia la calidad de la gestión: cambia el relato que la justifica.
El voto por odio y el final de un ciclo
La gente no vota por lo bien o mal que lo hagan unos u otros, sino por el odio que le tenga a uno de los dos. Y el odio a Sánchez es tan descomunal que ya da igual lo que hagan los demás. Es lo que se ha llamado los minutos basura del partido: el tramo final en el que ya no importa el argumento, solo la animadversión.
El pronóstico más repetido es que tanto el PP como el PSOE acabarán desapareciendo cuando muera la generación que los sostiene. Para entonces, advierten, si queda algo de España estará arruinada y destruida. La hostia que se van a pegar, resume una de las voces más citadas, va a ser colosal.
Queda el dato que descoloca: en un país donde la gestión de catástrofes debería ser el examen final de cualquier gobierno, el debate ya no es sobre quién lo hizo mejor, sino sobre quién tiene la culpa de que el otro lo hiciera mal. Y mientras tanto, lo básico, sin hacer.