La DANA de Valencia: 211 muertos oficiales y la sombra de los 5.000
¿Cuántos muertos dejó realmente la DANA que arrasó Valencia el 29 de octubre de 2024? La cifra oficial se quedó en 211 fallecidos, pero en los días posteriores al desastre empezó a circular por redes y mensajes una cifra muy superior: 5.000. Un número que nunca ha tenido respaldo documental, que se difundió sobre todo por audios y vídeos sin verificar y que, sin embargo, ha envenenado la conversación pública sobre la gestión de la catástrofe. La pregunta no es baladí: si el recuento oficial miente, todo lo demás que contaron también miente.
De dónde salen los 5.000 muertos
El origen de la cifra es tan frágil como su recorrido. Un mensaje anónimo atribuido a un supuesto policía decía haber visto «con sus propios ojos» los cadáveres, y a partir de ahí el número creció solo. Primero 1.000, luego 2.000, después 5.000. En paralelo, testimonios de vecinos hablaban de «medio pueblo muerto» en localidades de 10.000 habitantes donde se había dado de comer a 7.000 personas. La aritmética no cuadra: si Algemesí y Paiporta rondan los 27.000 habitantes cada uno, 5.000 muertos solo en esas dos localidades sería una hecatombe de proporciones bélicas.
Hay quien sostiene que el Gobierno ocultó cadáveres para no dañar su imagen. En contra pesa un detalle incómodo: el operativo forense. Según la información publicada, había 100 forenses trabajando en la identificación de víctimas. Para 200 muertos, ese despliegue resulta desproporcionado; para 5.000, ridículo. La cuenta no sale por ningún lado.
El relato del ocultamiento: camiones frigoríficos y cifras que no suben
El argumento más repetido es que el recuento oficial se congeló. Durante días, el número de fallecidos apenas se movió, y hubo quien vio ahí la prueba del encubrimiento: «Hemos visto sacar 16 cadáveres con nuestros propios ojos a lo largo del fin de semana, pero los muertos solo han subido en 2», decía un mensaje difundido en redes. A eso se sumaban vídeos de camiones frigoríficos entrando y saliendo de instalaciones, presentados como prueba de que se estaban almacenando cuerpos fuera de los registros oficiales.
La explicación menos conspirativa es también la más aburrida: el baile de cifras. Unos contaban solo los fallecidos de la Comunidad Valenciana, otros sumaban los de Castilla-La Mancha y Andalucía, y otros manejaban las cifras ya trasladadas al Palacio de Justicia. Cuando cada fuente cuenta una cosa distinta, el resultado parece un ocultamiento. Es el precio de la descoordinación, no de la conspiración.
La IA, los audios y el problema de creer lo que no se ve
La
DANA de Valencia fue la primera gran catástrofe española en la era de la inteligencia artificial generativa. Cualquier vídeo podía ser falso, cualquier audio podía estar fabricado, y aun así circulaban como pruebas irrefutables. «Los audios todos descartados y encima hoy con la IA de vídeos tampoco», advertía un mensaje. La advertencia cayó en saco roto: el material sin verificar se compartió más rápido que cualquier desmentido.
El patrón se repite. En el apuñalamiento del niño de Mocejón, los primeros días circularon descripciones falsas del sospechoso —un supuesto hombre con la mano tatuada conduciendo un Ford Mondeo gris— que luego resultaron no coincidir con la realidad. La información en caliente es basura, y la DANA no fue una excepción.
Por qué la cifra oficial no se sostiene como mentira sistemática
Si el Gobierno hubiera querido ocultar 5.000 muertos, habría necesitado la complicidad de forenses, jueces, policías, sanitarios, funerarias y familias. Miles de personas calladas durante meses. Es el tipo de conspiración que no resiste el paso del tiempo, y han pasado casi dos años desde la catástrofe.
Lo que sí resiste es la sospecha sobre la gestión. La apertura de compuertas del pantano de Forata, la hora del aviso masivo, la tardanza en la respuesta: ahí hay material sobrado para criticar al Gobierno y a la Generalitat sin necesidad de inventar cadáveres. Mezclar lo uno con lo otro es un favor a los que quieren enterrar las críticas reales bajo el ruido de las teorías.
Al final, la cifra que nadie discute es la que duele: 211 familias rotas. Las demás son una guerra cultural que se libra sobre sus tumbas. Y los muertos, como siempre, callan.