El fútbol femenino no llena ni en unos cuartos olímpicos
¿Cuánta gente hay dispuesta a pagar una entrada para ver un partido de fútbol femenino? La respuesta, a la vista de lo que se vio en los cuartos de final de los Juegos Olímpicos, es incómoda: muy poca. La selección española, campeona del mundo, disputaba el pase a semifinales y las gradas ofrecían un espectáculo desolador. «Cuatro gatos, y tres eran familiares», resumía el planteamiento inicial del asunto. La propia organización hablaba de
15.000 espectadores; a ojo de quien miraba las imágenes, con suerte había la mitad.
El contraste con la maquinaria montada alrededor del evento es brutal. Entre jugadoras y cuerpo técnico de los dos bandos se acreditó a
más de 100 personas. Si a cada una le sumas diez familiares y amigos, ya tienes los mil que se ven en las gradas. La cuenta no es una exageración: es la aritmética que explica por qué un partido de cuartos de final olímpicos puede parecer un entrenamiento a puerta cerrada.
¿Por qué el fútbol femenino no llena los estadios?
La explicación más repetida apunta a la falta de interés real. Hay quien sostiene que el fútbol femenino es absolutamente marginal en todo el mundo, y que España sería la excepción: una especie de burbuja hinchada porque el país se ha convertido en zona cero del feminismo, con el añadido de que aquí el producto sigue necesitando subvención. Hay quien sostiene que si las jugadoras cobrasen lo mismo que los chicos, los estadios se llenarían; el argumento contrario es que el problema no es el sueldo, sino que nadie paga por verlo.
El precio de la entrada asoma como variable clave. Si el papel cuesta diez céntimos, el problema no es de bolsillo. Y si el producto no atrae ni regalado, la brecha salarial no se cierra subiendo sueldos, sino generando ingresos. La comparación con el fútbol masculino, incluso con un partido intrascendente, deja al femenino en evidencia: el madridismo llena estadios sin necesidad de ser un pase de modelos.
La paradoja de las entradas olímpicas
Hay un factor logístico que complica la lectura. En los Juegos de París, según un usuario, quien compraba entradas no podía adquirir para un solo evento: se vendían de tres en tres. Si querías ir a ver la maratón masculina, tenías que comprar también balonmano y florete, aunque no te interesaran. Luego podías revenderlas en la reventa oficial. Es decir, parte del público de las gradas no había elegido estar allí.
Aun así, la imagen del estadio vacío trasciende la anécdota. Los testimonios de quienes han seguido la competición insisten en lo mismo: en un hotel de Sevilla con vistas al estadio olímpico, durante un partido de la selección femenina contra Escocia, no se contaban más de doscientos espectadores. La megafonía hacía parecer que había veinte mil. El efecto acústico no engaña a la vista.
El relato oficial y la realidad de las gradas
La brecha entre lo que cuentan los medios y lo que muestran las imágenes es el corazón del asunto. Hay quien sostiene que en España el fútbol femenino es igual de marginal que en el resto del mundo, pero los medios lo meten con calzador en prensa. Luego vas a un estadio y no hay ni dios. La conclusión se impone: no es un problema de promoción, es un problema de demanda.
El debate sobre las subvenciones cruza todo el asunto. Una parte del análisis sostiene que no debería existir ninguna ayuda pública: el que quiera organizar un espectáculo que lo pague de su bolsillo, y si a final de mes no salen las cuentas, que baje la persiana. Otra parte defiende que sin dinero público el deporte femenino no arranca. Entre ambas posiciones, el dato incómodo: el fútbol femenino es el deporte más subvencionado y el que menos público genera.
¿Es el fútbol femenino un deporte marginal en todo el mundo?
Sí, con matices. En países como Estados Unidos el fútbol femenino tiene cierto seguimiento universitario, pero en el contexto global la asistencia a los estadios es residual. La excepción española se explica por la combinación de éxito deportivo reciente y un contexto político que ha convertido el deporte en bandera. Esa combinación ha inflado las expectativas, pero no ha creado una base de aficionados dispuesta a pagar una entrada.
La consecuencia económica es clara: sin taquilla, sin derechos de televisión relevantes y sin patrocinios sólidos, el modelo depende del dinero público. Y ese modelo, a la vista de los datos, no se sostiene por sí solo. La pregunta que queda en el aire es cuánto tiempo se puede mantener una burbuja cuando el producto no convence ni en unos cuartos de final olímpicos.
Al final, la historia se cuenta sola: cien acreditados, mil familiares en la grada y una organización empeñada en vender lo que nadie compra. Si esto es una burbuja, alguien debería explicar quién la está pagando. Y por qué sigue inflándose.